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Lezama Lima retoca por última vez el nudo de la corbata, toma la carpeta de documentos que descansa sobre la repisa de la sala, y sale a la calle Trocadero, donde un Chevrolet del año 57 lo espera. Antes de subir al vehículo ha respondido al «Buenas tardes» de dos milicianos que, armados de fusiles checos M-52, conversan en la acera, y luego también compra un periódico a un voceador vespertino que pasa.  

Es martes 22 de agosto de 1961, y lo imagino rumbo al Teatro Chaplin, en Miramar, donde Fidel ha prometido clausurar el Primer Congreso de Escritores y Artistas de Cuba. Por el camino, va leyendo el periódico y una discordancia editorial llama su atención. Noticia destacada es que, durante dos días –y bajo la dirección de Nicolás Guillén–, el Congreso ha estado sesionando en el Salón de los Embajadores, del hotel Habana Libre; pero, junto a esa nota de carácter cultural, hay otras que paradójicamente expresan barbarie.

No es, sin embargo, algo extraño en esos tiempos. Cuando se habla de un evento cultural, a la mente quizá acudan imágenes de largos corredores ajedrezados, techos donde cuelgan opulentas arañas de cristal, paredes tapizadas con óleos clásicos, pero últimamente en ellos se ven más personas vestidas de miliciano que de cuello y corbata.

En la esquina superior izquierda del periódico se reseña la captura de otro más de los terroristas que, dos meses atrás, incendiaron el cine Riesgo, en Pinar del Río, y causaron quemaduras a 26 niños. Debajo, aparece una crónica que relata lo ocurrido el viernes anterior, en Camagüey, cuando una banda terrorista tiroteó un círculo social, dejando ocho civiles heridos. En primera plana, destaca un titular en letras grandes: Ocupan fábricas de bombas. Y otro: Exigen a Estados Unidos pagar indemnización por mercenarios capturados en Playa Girón.

En el semáforo de Línea ven pasar una caravana de camiones, donde viajan milicianos armados. Van hacia la limpia del Escambray, le comenta el chofer. Dicen que hay miles de alzados, y matan campesinos y jóvenes maestros. Lezama lo mira de reojo y murmura: «Ángel de la jiribilla, ruega por nosotros; realízate, cúmplete, sé anterior a la muerte». Dígamelo a mí, exclama el chofer de repente animado: hace dos semanas estuve cerca de la pelona. Salía de la tienda Fin de Siglo, cuando adentro ocurrió una explosión. Luego vi que a un hombre lo sacaron tinto en sangre.

Pero ya no sorprende esa perseverancia de quienes hacen por la cultura ante quienes tratan de destruirla. Recuerda que, por esos días, pusieron una bomba en el salón de baile del hotel Habana-Riviera, y luego habían provocado un incendio en el cine Negrete. Sin embargo, se siguen inaugurando instituciones y escuelas por todo el país.

Por instinto palpa la carpeta que mantiene cerca. Dicen que el Primer Ministro Fidel es un huracán haciendo preguntas, y en la carpeta lleva los datos relativos al plan editorial. Desde el año anterior ocupa el cargo de director del Departamento de Literatura y Publicaciones del Consejo Nacional de Cultura, y no es cosa que el Comandante le pregunte y no sepa contestarle.

Recordó una anécdota cuando Fidel decidió fundar la Imprenta Nacional de Cuba en 1959. Con ojo chusco un amigo escritor le dijo: Será para publicar manuales de milicianos y folletos de propaganda ideológica. Y ciertamente, esto hubiera sido lo natural, dadas las circunstancias. Desde el momento en que triunfó la Revolución no pasaba un día sin que hubiese un atentado terrorista, incluyendo decenas de bombardeos con fósforo vivo.

Sin embargo, la Imprenta no fue creada para el adoctrinamiento o la instrucción militar, y el primer libro publicado fue la edición masiva de El Quijote. Luego se publicaron libros de Rubén Darío, César Vallejo, Pablo Neruda, Nicolás Guillén, y hasta el propio Lezama tuvo a su cargo la selección y edición de tres tomos de la Antología de Poesía Cubana.

Poesía contra bombas, se dijo, aunque, naturalmente, también en esa Editora se imprimieron los miles de cartillas necesarias para emprender la Campaña de Alfabetización que se hallaba en curso. Sin duda alguna, esa Campaña era el más grande evento cultural emprendido por la nación en cualquier época, con un alcance de 250 000 educadores, para alfabetizar a más de 700 000 personas.  

Recordó Lezama las dificultades para publicar y distribuir los libros antes de 1959. Cierta vez se le acercó Eliseo Diego muy deprimido. No sabía qué hacer con los 300 ejemplares de ese gran poemario que es En la calzada de Jesús del Monte. Lezama, que ya tenía bastante experiencia en materia de bancarrota literaria, lo aconsejó: «Divide los ejemplares en tres grupos: en el primero estarán los libros para los amigos y los poetas que admiras. En el segundo, los de quienes te interesa los tengan. Y en el tercero, los de quienes no te interesan, pero conveniente sepan que publicaste un nuevo título».

Pero el intenso trabajo por la cultura no solo estaba abarcando el mundillo literario. En esos primeros años de Revolución se fortalecían instituciones como el Ballet Nacional de Cuba, la Biblioteca Nacional y la Academia de Artes Plásticas de San Alejandro. Se retoma la construcción del Teatro Nacional y se fundan la Orquesta Sinfónica, la Casa de las Américas, el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (Icaic), y el Instituto de Etnología y Folklore, entre otras instituciones.

Fruto de los intensos debates que durante tres jornadas Fidel realizara con destacados artistas y escritores cubanos –los días 16, 23 y 30 de junio de 1961, en la Biblioteca Nacional– surgió el propósito de fundar la Uneac.

El carro enrumbó por la Avenida Primera, al encuentro del Teatro Chaplin. En el lobby, varios amigos se acercaron para felicitarle. Ya era un secreto a voces –secreto de Polichinela, diría Lezama– cómo quedaría conformada la primera directiva de la Uneac: Nicolás Guillén, presidente; Alejo Carpentier, primer vicepresidente, mientras él ocuparía una de las vicepresidencias.

El discurso de Fidel fue vibrante y anunciaba nuevos empeños. En voz alta parecía soñar con miles de instructores de arte que habrían de crear grupos de teatros, coros de canto, coreografías de danza por campos y pequeños pueblos de todo el país. «Es una utopía», murmuró alguien a su espalda, pero Lezama no lo miró. Muy lentamente se fue poniendo de pie, quizá recordando algo que había escrito en la mañana: «Cuando estás parado parece que estás creciendo, pero hacia adentro, hacia el sueño. Nadie se puede dar cuenta de ese crecimiento». 

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