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Obreros franceses que cumpliendo el deber también murieron mientras transportaban esas mercancías que servirán para defender nuestra soberanía, y por lo cual no los hemos olvidado a la hora de ayudar a los nuestros; a la hora de ayudar a los familiares de los cubanos que cayeron, no hemos olvidado a esos obreros de Francia que cayeron en ese hecho vandálico producido por las manos asesinas enemigas de los obreros aquí y en cualquier parte del mundo que en el acto de ayer hermanaron la sangre francesa, de donde surgieron aquellos gritos de libertad en la primera revolución grande de la historia moderna de la humanidad; hermanaron la sangre de los obreros franceses y la sangre de los obreros cubanos.

Y por eso nosotros, que en ellos vemos a hermanos, hemos también atendido con pareja generosidad la ayuda a sus familiares, porque ellos también tienen esposas y tienen madres y tienen hijos; y esto constituía para nosotros, para un pueblo generoso como el nuestro, un acto de elemental solidaridad que sentimos todos hacia los pueblos de todo el mundo.

Hoy he visto —como decía— más gloriosa y más heroica a nuestra patria, más admirable a nuestro pueblo digno de admirarse como se admira a una columna que regresa del combate, digno de identificarse y

solidarizarse con él como se solidarizan los hombres de un ejército después de una batalla.

Lo que importa no son los claros en las filas; lo que importa es la presencia de ánimo de los que permanecen en pie. Y no una, sino muchas veces, vimos claros en nuestras filas, en las filas de nuestro ejército; vimos claros dolorosos, como hoy vemos claros en las filas del pueblo, pero lo que importa sobre todo es la entereza del pueblo que se mantiene en pie.

Y así, al despedir a los caídos de hoy, a esos soldados y a esos obreros, no tengo otra idea, para decirles adiós, sino la idea que simboliza esta lucha y simboliza lo que es hoy nuestro pueblo:

¡Descansen juntos en paz!

Juntos obreros y soldados, juntos en sus tumbas, como juntos lucharon, como juntos murieron y como juntos estamos dispuestos a morir.

Y al despedirlos, en el umbral del cementerio, una promesa, que más que promesa de hoy es promesa de ayer y de siempre: ¡Cuba no se acobardará, Cuba no retrocederá; la Revolución no se detendrá, la Revolución no retrocederá, la Revolución seguirá adelante victoriosamente, la Revolución continuará inquebrantable su marcha!

Y esa es nuestra promesa no a los que han muerto, porque morir por la patria es vivir, sino a los compañeros que llevaremos siempre en el recuerdo como algo nuestro;

y no en el recuerdo en el corazón de un hombre, o de hombres, sino en el recuerdo único que no puede borrarse nunca: el recuerdo en el corazón de un pueblo.

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