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La presentación de los datos sobre la efectividad contra la COVID-19 de los candidatos vacunales Abdala y Soberana ha sido celebrada lo mismo en los medios nacionales (espacios de alcance y resonancia mayor) que en los hogares más humildes del país. Luego de vivir durante meses la nueva realidad derivada de la pandemia, de rehacer nuestros comportamientos habituales, de integrar a las conversaciones cotidianas cualquier nueva información acerca de la enfermedad y las batallas contra ella, la consecución en el país de una vacuna efectiva es un acontecimiento hermoso y descomunal.

¿Cómo entender esta fusión entre belleza y sacrificio, entre la intensidad del pensamiento (concentrado, como nunca antes quizá, en ofrecer solución a una situación de crisis en el país) y las habituales dificultades de nuestra cotidianidad? También puede ser planteado al revés: ¿Cómo separar el lazo tan profundo entre voluntad política, dedicación sin límites, espíritu de lucha, confianza popular y esperanza realizada? ¿Cuántas historias tuvieron que unirse para que esta historia –de la creación de una vacuna nuestra– haya sido posible?

Para llegar al sentido último de las preguntas anteriores se hace necesario mencionar la escasa cantidad de países que hasta el presente ha conseguido un éxito semejante –cosa que habla del alto desempeño de que ha sido capaz nuestra comunidad científica–.

Lo segundo, que nos referimos a un país pequeño, con una economía subdesarrollada (el único que, en estas condiciones, ha creado vacuna contra la COVID-19).

Lo tercero, que en el país no solo fueron creados varios candidatos vacunales, sino también tratamientos y protocolos que han atenuado los daños para las personas enfermas, además de la habilitación de unidades para el cuidado de los pacientes y de laboratorios de biología molecular (hasta poder procesar pruebas en cada una de las provincias del país). Es decir, las estructuras del Estado cubano han hecho un esfuerzo épico para proteger a la población.

En cuarto lugar, destacaría que la posibilidad del acontecimiento es algo directamente derivado de la política de fomento de la ciencia que –desarrollada por las instituciones de la Revolución Cubana– tuvo en Fidel Castro su principal figura.

Y para última posición en esta rápida lista dejo el sitio que, en esta historia de un logro científico extraordinario, corresponden a la maldad y la frialdad imperial, verdadera demostración planetaria (como para ser estudiada en la escuela) de lo que es una «sociopatía de Estado».

Mientras que, en una suerte de fiesta transnacional, los cubanos de la Isla celebramos por igual que todos aquellos que en estos tiempos nos han ofrecido solidaridad y, en general, las personas de buena voluntad que habitan el planeta, ¿cómo olvidar la indiferencia, la mentira articulada, los silencios interesados, las manipulaciones, el chantaje, las presiones contra países igual de pequeños que nosotros, contra las economías frágiles, la hostilidad, las persecuciones a empresarios, bancos y a cualquiera que signifique una diminuta posibilidad de paz, prosperidad, crecimiento o mejoramiento de las condiciones de vida para la población de la Isla?

¿De qué manera separan el odio (contra la Revolución y el sistema socialista) de los efectos a favor de la muerte de personas (no en sentido metafórico, sino real, efectivo y concreto) que ocurre gracias a ese sistema de acciones que unos llaman «embargo» y nosotros «bloqueo»?

¿Realmente alguien creyó que impedir movimientos de dinero, compras o transportación de combustible, adquisiciones de materia prima son acciones desconectadas del desarrollo de la industria médica o a la atención hospitalaria a los pacientes de la actual pandemia (o a cualquier otra enfermedad)?

Ser parte de un país extraordinario significa que, uniendo el presente y el futuro, puedo celebrar dos veces: la primera, por la grandeza épica del logro que recién acaba de ser conseguido, y la segunda porque sé dónde estoy, de dónde vengo, quiénes somos y qué tipo de mundo queremos/hacemos/soñamos para la humanidad.

Las vacunas desarrolladas por los científicos de mi país son –mucho más allá de sus fronteras–, además de una esperanza para millones que lo necesitan, un mensaje enviado desde la amistad y el amor.

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