Autor: Miguel Febles Hernández

Aunque no son pocas las evidencias publicadas sobre cómo desde Estados Unidos se gestaron, organizaron y financiaron los disturbios acontecidos en el archipiélago, nuevas pruebas siguen apareciendo, como las que presentó, recientemente, Las Razones de Cuba

De ello no habría que asombrarse si se conoce que, en las últimas dos décadas, los gobiernos estadounidenses destinaron cerca de 250 millones de dólares para programas de subversión en la Mayor de las Antillas, canalizados, en lo fundamental, a través de la Fundación Nacional para la Democracia (NED) y la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (Usaid).

Ante los flamantes «estrategas» de la guerra no convencional y del golpe blando se estableció, como nueva prioridad, financiar proyectos de cambio de régimen en Cuba, para lo cual era necesario conformar, previamente, un guion sobre un presunto estallido social.

De tales menesteres se encargaron Orlando Gutiérrez Boronat, cabecilla de la organización contrarrevolucionaria en el exterior, Directorio Democrático Cubano, y el congresista de origen cubano Lincoln Díaz Balart, quienes sostuvieron un encuentro para evaluar las acciones hasta diciembre, a fin de desestabilizar al Gobierno de la Isla.

Tampoco podía faltar, en el convite anticubano, la tristemente célebre Brigada 2506, bajo la dirección de Johnny López de la Cruz, quien suscribió un memorándum de entendimiento con Gutiérrez Boronat, uno de cuyos objetivos prevé «acciones de rescate de países bajo regímenes comunistas en América Latina».

Ambas organizaciones vinculadas con el terrorismo enviaron a sus seguidores un diseño de movimiento de desobediencia civil, en el cual se exponen los pasos para derrocar la Revolución, a partir de estudios realizados en Rumanía, Yugoslavia y en otros países europeos.

El «manual» elaborado contra Cuba concibe, en varias etapas, acciones dirigidas a generar un clima de malestar, realizar campañas por los derechos humanos, acusar al Gobierno de totalitarismo, promover las protestas violentas e intensificar la guerra sicológica, hasta llegar a solicitar una intervención militar.

En tales «estudios sobre los procesos de cambio social», participó también Luis Zúñiga Rey, de larga data en organizaciones terroristas.

Los disturbios y hechos vandálicos ocurridos el 11 de julio pasado evidencian un minucioso análisis del contexto socio-económico local, marcado por elevadas cifras de casos de COVID-19, las interrupciones del servicio eléctrico provocadas por fallas en los sistemas de generación y los efectos del recrudecimiento de la guerra económica contra el país.

En pocas horas, la matriz de opinión de crisis humanitaria fue suplantada por el reclamo de libertades, el fin del comunismo y las denuncias de represión, elementos que amplificaron grandes medios de comunicación, como cnn, televisoras de la Florida en articulación con plataformas digitales financiadas por Washington, la prensa española de derecha y la compañía Twitter.

Respaldado por escenas construidas de un levantamiento popular en Cuba, el alcalde de Miami, Francis Suárez, no demoró en anunciar: «Pedimos una intervención internacional liderada por Estados Unidos para proteger al pueblo cubano de un baño de sangre. He estado en contacto con el Departamento de Estado y ellos están monitoreando las protestas pacíficas en Cuba».

Casi de manera simultánea, Rosa María Payá Acevedo y Liudmila Santiesteban Cruz, integrantes del proyecto enemigo Cuba Decide, siempre a la orden si de actuar contra el país que las vio nacer se trata, emitieron indicaciones a su base operativa en territorio cubano para unirse a la supuesta rebelión popular.

Las razones de Cuba refiere que la convocatoria a sumarse a las manifestaciones y la incitación a los disturbios, con el empleo de la coartada de la sociedad civil local, centró el discurso de elementos contrarrevolucionarios, como Yamila Betancourt García.

Al dispositivo mediático se incorporaron igualmente el youtuber Alexander Otaola Casal; el líder del proyecto Somos más, Eliécer Ávila Sicilia, y los influencers Manuel Milanés Pisonero y Alain Lamber Sánchez, conocido como Paparazzi cubano, todos radicados fuera de la Isla.

El propio 11 de julio, William Cabrera González (Willy), cabecilla de La nueva nación cubana en armas, y Jorge Luis Fernández Figueras, al frente del proyecto Lobos solitarios, realizaron una transmisión en vivo, a través de internet, en la cual anunciaban una supuesta infiltración militar por la zona occidental de Cuba.

Con ese propósito, en una operación asegurada por el Directorio Democrático Cubano y la Brigada 2506, desde inicios del presente año La nueva nación cubana en armas inició el reclutamiento de hombres mediante las redes sociales, todo ello promovido desde territorio estadounidense, con total impunidad. 

Vestido con uniforme militar, a todas luces desde la sala de su hogar, se vio a Willy, junto a Fernández Figueras, asegurar con total desfachatez: «Estamos bajando rumbo sul, como dijimos, vamos pa´rriba de nuestra tierra, y el que tenga su hierro ya, el que tenga su maquinón, estamos listos, mi hermano».

De lo dicho al hecho… Algo parecido le sucedió a Karel Fernández Sánchez, autotitulado presidente del proyecto enemigo Partido Martiano Cubano, quien comunicó a sus seguidores que se dirigía a abordar una embarcación con destino a La Habana, promesa que jamás cumplió.

En indicaciones precisas a sus «comandos» en diferentes provincias, estos personajes incitan a atacar a los agentes del orden público, destruir carros patrulleros, incendiar estaciones de la Policía y lanzar cocteles molotov contra círculos infantiles, escuelas y policlínicos, entre otras instituciones sociales.

Las «órdenes» han llegado hasta sugerir el asesinato de los principales dirigentes cubanos: «Eso sería una cuestión que ya el propio desarrollo de la lucha irá diciendo todo lo que hay que hacer. Eso es lo que se llama sobre la marcha. Iremos conociendo cuál es la oportunidad y el método para eliminar a fulano o mengano».

Tales declaraciones ponen al descubierto los verdaderos intereses del imperio, que a través de la manipulación de imágenes e información con fines políticos, la adulteración de contenidos de los medios de prensa cubanos, el ciberataque a varios de ellos y el empleo de sistemas de inteligencia artificial y Big Data, da cuenta de las burdas acciones de injerencia.

En su condición de ministro de Relaciones Exteriores de Cuba, Bruno Rodríguez Parrilla se encargó de acusar al Gobierno de Estados Unidos de estar implicado directamente, y de tener grave responsabilidad en los incidentes ocurridos. Hasta ahora, el más rotundo silencio ha sido la respuesta.

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