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Por: Fabián Escalante Font

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“Se ha dicho, en numerosas ocasiones, cómo la lucha entre la revolución y el Imperialismo, la lucha entre la revolución y la contrarrevolución, constituye una ley del desarrollo social……existe esa ley, que se elevó a ley precisamente porque la práctica de todas las revoluciones sociales demostró que la lucha entre revolución y contrarrevolución es una lucha que se desata hasta sus últimas consecuencias, que vence la revolución o vence la contrarrevolución, pero que las dos no pueden coexistir, no pueden existir en el mismo sitio, sino en medio de una lucha tremenda, en que necesariamente una de ellas tiene que perecer”.

Así definía César Escalante este vital concepto durante la charla que ha servido de comentario y análisis de mis últimos artículos. Este tema, el conflicto entre revolución y contrarrevolución y su comprensión, es hoy quizás más importante que ayer, en tanto las formas y métodos del enemigo han cambiado radicalmente y el escenario político interno y externo es diametralmente diferente.

En nuestro caso, la contrarrevolución estuvo y está liderada por Estados Unidos y sus aliados, ella no surgió como resultado del enfrentamiento de un sector de la población contra otro. No se trató de un enfrentamiento entre clases sociales locales: los dueños, los verdaderos dueños del país eran los norteamericanos. Sus empresas poseían el control económico cubano, importaban y exportaban sus productos y los nuestros, eran dueños de las tierras más fértiles, de las minas de níquel, cobalto y cobre, centrales azucareros, emporios ganaderos, servicios tales como la electricidad y la telefonía, el transporte público, la refinación de petróleo, los bancos, el turismo, en fin controlaban totalmente la estructura económica del país. Además, habían diseminado el virus de la corrupción generalizada por medio del juego, la prostitución, el tráfico de drogas y el blanqueo de capitales. Ellos fueron los principales afectados.

Esa fue la razón por la cual se creó y formó la contrarrevolución, primero en Miami, que hablaba y pensaba en inglés. Esa la causa por la cual 62 años después del triunfo revolucionario de enero de 1959, Estados Unidos aún mantiene su política agresiva e incluso la incrementa hasta niveles jamás conocidos. No perdonan a la Revolución su ejemplo, dignidad, independencia, solidaridad y constituir un faro que alumbra a los pueblos del continente.

Por tanto, la contradicción entre revolución y contrarrevolución en Cuba ha devenido en confrontación antagónica con el país más poderoso del planeta, que no está dispuesto -como así lo ha declarado- a realizar modificaciones en sus políticas agresivas, si antes los cubanos no se rinden y abjuran del Socialismo.

La ultima administración norteamericana (Trump) dictó 242 medidas anticubanas; entre ellas activó el título III de la Ley Helms Burton e incluyó nuevamente a Cuba en el listado de países promotores del terrorismo, para lograr su aislamiento y frustrar las relaciones económicas y financieras con empresas y países del Mundo, que temen represalias por parte del todopoderoso Imperio.

Despejado conceptualmente el asunto, deseo profundizar en las formas que el enemigo emplea en su actuar. Como ya mencioné la contrarrevolución suele presentarse o manifestarse de diferentes maneras, unas abiertas o directas, otras encubiertas o indirectamente. Las primeras, fáciles de descubrir y enfrentar; las segundas, más complicadas, pues a veces, sus representantes tratan presentarse bajo diferentes ropajes, desde defensores de los derechos humanos, ideas religiosas, ejecutores de manifestaciones culturales de dudoso origen, hasta aparentar ser aliados o combatientes de la misma trinchera con criterios y puntos de vista divergentes. El fin y los objetivos los une. Son zorros de la misma camada.

Además, para la realización de su agresión multilateral han incorporado las campañas de guerra sicológica que sistemáticamente realizan con el objetivo de manipular los sentimientos, conductas y conceptos del pueblo cubano y conducirlo en la dirección por ellos diseñada. Para tales fines, cuentan no solo con el aparato de propaganda estatal, el monopolio del cine, la televisión y la radio, sino con decenas o quizás cientos de organizaciones no gubernamentales las cuales financian y que constantemente pretenden entrometerse en los asuntos internos del país con “programas” de colaboración, intercambios de estudiantes, artistas, científicos etc., y “ayudas” desinteresadas.

Las redes sociales y el internet han resultado los vehículos por excelencia para esta labor, por medio de la cual intentan confundir, intoxicar y manipular la conciencia de sectores sociales antes seleccionados y estudiados; además le facilita la orientación de tareas, campañas subversivas y mediáticas a un público ya atraído a su esfera de influencia. Para tales actividades, el enemigo, llámese la CIA, la USAID o la NED u otro engendro, utiliza cuantiosos recursos facilitados oficialmente por el gobierno de Estados Unidos.

Para participar en este operativo subversivo, los contrarrevolucionarios del patio, además de los “méritos” que deberán adquirir, mediantes “huelgas” de hambre, manifestaciones plásticas indecentes, conatos de protestas en organismos oficiales etc., deberán presentar a sus “sponsor”, un proyecto subversivo, -que requerirá una generosa asignación monetaria- que puede transitar desde el lanzamiento de cocteles Molotov contra tiendas de MLC, estaciones de policía u otros objetivos. Otra alternativa sería la realización de protestas públicas o el muy difundido “periodismo independiente”, que no solo debe dar fe de las acciones contrarrevolucionarias realizadas, sino elaborar noticias falsas, difundir calumnias y fomentar la imagen externa de una disidencia organizada dentro del país.

Ese es el escenario actual. Conocerlo y estudiarlo, es tarea de todos. Pero además, debemos buscar las fórmulas para su enfrentamiento exitoso. Como se ha demostrado, el enemigo nos ataca en el terreno de las ideas, de la política, la cultura y de la ideología en general porque su objetivo es como ya se ha dejado establecido, romper la unidad nacional, debilitar la conciencia revolucionaria del pueblo cubano, desmontar el socialismo y retrotraer al país a la categoría de neocolonia, que ya antes tuvo, solo que en este caso, tendría adicionalmente la condición por ellos establecida1, de una gobernación norteamericana transitoria que fiscalice el desmontaje de las estructuras socialistas y la devolución a sus antiguos propietarios, -es decir sus empresas-, de todas las riquezas del país.

Una nueva administración, la de Joe Biden, accedió al poder en Estados Unidos. Antes, durante su campaña política, dejó entrever que una de sus primeras medidas sería reencaminar las relaciones con Cuba al sendero emprendido en el 2014 por el presidente Barack Obama, lo que no ha sucedido, todo lo contrario. Personajes y voceros de su gobierno han puntualizado que las relaciones con Cuba no constituyen prioridad de la administración.

Más recientemente, el senador de origen cubano Bob Menéndez, presidente del Comité de Relaciones Exteriores del Senado, obtuvo del pleno de ese organismo el apoyo al denominado “movimiento San Isidro”, exigiendo la liberación de uno de los delincuentes que lo integra, condenado por delitos cometidos.

A ello se suman declaraciones realizadas por voceros de la “mafia anticubana de Miami”, artículos de opinión de los medios de difusión locales, encuestas realizadas para “demostrar” que la comunidad cubana está en contra de la normalización de las relaciones, etc. En otras palabras, la contrarrevolución ha preparado un escenario político que frustre o justifique la negativa de cualquier iniciativa para que las autoridades norteamericanas regresen al camino del diálogo emprendido por Obama.

En política nada se puede considerar definitivo y pudieran variar las proyecciones del actual gobierno norteamericano, no en la dirección de liquidar el bloqueo, pero al menos, de restablecer las remesas y los viajes de los emigrados y sus familias. Ojalá así sea, pero debemos también tener en cuenta la agresividad que el gobierno de Biden ha asumido en el campo internacional -con Venezuela, Nicaragua, y particularmente con Rusia y China a las cuales considera enemigos jurados y declarados-, repartiendo sanciones a diestra y siniestra o enrareciendo el ambiente, al enviar sus fuerzas militares al mar de China meridional, o a las fronteras ruso-ucranianas

Por tales razones debemos y tenemos que prepararnos para continuar la lucha, ahora en un nuevo escenario nacional, en el cual la dirección histórica de la Revolución ha sido relevada por una nueva generación de dirigentes nacidos después del triunfo del Primero de enero de 1959.

Sobre el trabajo político ideológico, el General de Ejército Raúl Castro en su informe al VIII Congreso del Partido, esclareció que “no es suficiente hacer más de lo mismo, se requiere creatividad, ajustarnos con efectividad al escenario que vivimos, potenciar el estudio de la historia del país…. En resumen, se precisa de una profunda TRANSFORMACIÓN dirigida a potenciar las esencias y valores que emanan de la obra revolucionaria…” .

Precisamente por ello esta actividad constituye el centro del trabajo partidista: no existe otra tarea más importante. Ella es la labor que cada militante debe realizar, a partir de la estrategia elaborada por el Partido, de manera cotidiana. No puede reducirse a comentarios del círculo de estudios realizado una vez al mes. El trabajo de la organización de base, debe orientarse a la realidad que enfrenta, previo análisis de esta, determinando cuáles son los ejes del ataque enemigo, nuestras debilidades y las posibilidades existentes de influir en el entorno en el cual cada uno se desenvuelve.

Cada militante debe y tiene que realizar tareas políticas, que transitan desde el análisis en su organización de base de los conflictos socio-políticos que se desarrollan en el país, el entorno político social internacional y particularmente latinoamericano, los vitales temas de la construcción económica, la actividad subversiva que se realiza a través de las redes sociales y su respuesta oportuna, el papel y actuar del organismo del cual forman parte, la posibilidades de influir en el barrio, la comunidad o incluso la sociedad, mediante artículos, charlas conferencias sobre temas actuales, buscando todas las trincheras.

Se trata de discutir, debatir, persuadir; incluso disentir con argumentos, desterrar el formalismo, criticar y ser autocrítico, no esperar la orientación superior o el documento que “baja” o el discurso, -a veces esporádico u orientado tardíamente-en dos palabras HACER TRABAJO POLITICO, con la premisa de que no siempre hay que llegar a la unanimidad y que las opiniones diversas son útiles y nos hacen pensar, meditar y reflexionar.

En la base de la sociedad, es decir en los barrios, poblados y comunidades existen organizaciones del partido integradas en su inmensa mayoría por jubilados o adultos mayores, testigos y participantes directos, de los más importantes sucesos revolucionarios de los últimos años. Es precisamente en ese entorno social donde se hace necesario explicar la política del Partido y del gobierno y hacerla comprender. Es allí donde se mueve la marginalidad, el mercado negro, los revendedores y a donde la orientación política llega con escasa nitidez.

Sobre eso hay que reflexionar. Habrá que estudiar, por los órganos competentes, la responsabilidad del núcleo zonal, integrado por veteranos combatientes, muchos enfermos o con edades avanzadas, para analizar cómo se podrían realizar estas importantes actividades en el territorio, -apoyarlos, reforzarlos- precisamente en el lugar donde se concentra la población y en el cual el trabajo  ideológico deberá tener mayor preponderancia, pues es en la calle donde se decide la lucha política y la defensa de la revolución, como lo previó hace más de 60 años Fidel.

Raúl abundando sobre este importante asunto, destacó: “en cuanto a las organizaciones de masas hemos llegado a la conclusión de que se requiere revitalizar su accionar en todas las esferas de la sociedad y ACTUALIZAR su funcionamiento en correspondencia con los tiempos en que vivimos muy diferente  a aquellos de los primeros años de la revolución, cuando nacieron.”

La orientación es clara y meridiana, esas organizaciones nacieron en un momento histórico concreto, superado por la labor misma de la Revolución, tareas como la vigilancia revolucionaria son de permanente vigencia para todos, incluidas las organizaciones del Partido, pero es necesario activarlas con nuevas misiones, que a juicio de este comentarista, no pueden ser solamente locales o fraternales. La misión fundamental de ellas es la defensa de la Revolución desde trincheras específicas y es necesario reflexionar cómo ello se puede instrumentar, sin dejar tareas útiles que en la comunidad se realizan y son necesarias. Por ejemplo, la pandemia del COVID es una tarea de primer orden para todas aquellas organizaciones sociales y de masas, su activación en torno a este importante frente es decisivo, no se puede dejar solo a las fuerzas de la salud pública y su denodado esfuerzo.

A la ofensiva contrarrevolucionaria en marcha, liderada por el imperio norteamericano, sus aliados y cipayos del patio, debemos enfrentarlos con las poderosas armas que poseemos que son las ideas, los conceptos que Fidel nos legó. A la conceptualización de la Revolución, sus intervenciones y análisis sistemáticos sobre los más variados asuntos y conflictos a lo largo de más de medio siglo, se suman, como orientó Raúl, la utilización de la obra revolucionaria como arma y escudo de combate. Utilicémoslos. Tenemos, además, – ¡cómo si fuera poco! -el ideario de José Martí, vigente siempre, presto al combate, a explicarnos hoy, un siglo después, los más actuales conflictos por los cuales transita la humanidad.

Defender la Revolución es la palabra de orden. Cada cual tiene sus ideas, formadas por la revolución cultural que ha significado y significa este proceso político y socialista.

Dispongámonos al combate. ¡PATRIA O MUERTE, VENCEREMOS!

Tomado de la Pupila Insomne

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