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Por: Liliana Sierra Sánchez

A pesar de mi oficio de periodista, se me hace difícil, muy difícil, hallar las palabras exactas para describir las emociones que me embargan en estos momentos, en que soy parte de la tercera fase de ensayos clínicos del candidato vacunal cubano Soberana 02, uno de los cinco que desarrolla Cuba, este pequeño país bloqueado desde hace décadas por el imperio más grande del mundo.

Hace poco más de un año que la vida es diferente, la irrupción de la COVID -19 en nuestras realidades transformó el mundo e hizo tambalearse todo lo que dábamos como cierto. La incertidumbre, el miedo, el aislamiento, los cuidados extremos, la angustia, la enfermedad y la muerte se nos volvieron cercanos, parte de una cotidianidad que por instantes parece surrealista, como una larga pesadilla de la cual ansiamos despertar.

Sin embargo, en medio del caos, de los temores, del dolor, siempre debemos buscar y aferrarnos a la esperanza, que como un rayo de luz se cuela por los rincones para hacernos creer que hay una posibilidad de vencer a la pandemia; esa esperanza está encarnada hoy en las vacunas anticovid.

Desde que aparecieron los primeros casos de la enfermedad, la ciencia cubana se puso en función de lograr alguna cura, un tratamiento efectivo contra el enemigo silencioso y mortal. Y así, hoy se trabaja en cinco candidatos vacunales, dos de ellos ya en su tercera fase de ensayos clínicos: Abdala y Soberana 02.

Son bien reconocidos a nivel mundial los avances de Cuba en el campo de la salud y la biotecnología, donde laboran hombres y mujeres profesionales, sacrificados/as, dedicados/as casi por entero a su quehacer. La confianza en ellos/as, para mí, no tiene discusión, no es negociable. Por ello, y por otras razones, no lo dudé ni un instante en responder “sí” ante la pregunta de si quería ser voluntaria para recibir las dosis experimentales de la Soberana 02, como parte del estudio que incluye a más de 44 mil personas de entre 19 y 80 años y se extenderá por un período de tres meses.

El proceso ha sido muy bien planificado, se han tenido en cuenta muchos detalles, se han valorado los riesgos. En una primera instancia, en el consultorio ofrecen toda la información necesaria, realizan exámenes y hacen preguntas para saber si eres totalmente sano/a o tienes algún padecimiento y por tanto puedes pertenecer a los grupos más vulnerables; en mi caso, soy una adulta sana.

No imaginé poder tomar parte en los ensayos, la posibilidad llegó a mí y a mi compañero de apartamento casi por casualidad, porque no tenemos dirección de La Habana pero estamos viviendo acá por motivos laborales, en el municipio de Marianao, uno de los seleccionados para esta fase de prueba.

Ya habíamos escuchado a varias personas con opiniones diversas: hay quienes son del criterio de no arriesgarse, de no tomar parte en la experimentación; otros lo aceptan pero expresan ciertos temores; y están los/as optimistas completos/as. Yo hablo a nombre propio cuando afirmo que para mí la confianza en el éxito de Soberana 02 es total, no me permite dudar, tengo hoy toda la fe en que la vacuna será efectiva, y se podrá inmunizar al pueblo cubano; pero además, colaborar con el enfrentamiento a la pandemia en América Latina y el mundo, teniendo en cuenta los principios solidarios e internacionalistas que nos mueven.

Así, después del chequeo de los signos vitales, medición de la presión arterial, test de embarazo, test de antígeno para detectar signos de COVID, las preguntas y dar el consentimiento informado, el segundo paso fue asistir al policlínico Carlos Juan Finlay ubicado en el ya referido municipio de Marianao. Al llegar, todo estaba muy bien organizado, la información era rápida y precisa, la atención magnífica. Nuevamente un chequeo básico y el paso al vacunatorio, donde la amabilidad y la charla amena del personal de enfermería fueron también un motivo de calma y esperanza. Unos segundos y el pinchazo prácticamente fue imperceptible; recibí mi tarjeta de identificación del estudio y la doctora me aseguró que todo estaría bien, “estoy convencida de eso”, fue mi respuesta. Posteriormente pasé a una sala de espera donde debíamos permanecer durante una hora en observación. Ninguna molestia, no hubo reacciones adversas; el médico me explicó lo que debía hacer en caso de sentir cualquier malestar, y que quienes participamos en el ensayo estaremos siendo monitoreados/as, tendremos un seguimiento de nuestro estado de salud.

Han pasado 48 horas, y tengo una gran sensación de bienestar, pero más que eso, el orgullo y la certeza de que nuestros candidatos vacunales, aunque no sean la solución definitiva, serán un soplo de aliento, un paso para desterrar el miedo, la angustia, las adversidades generadas por la pandemia global, ese rayo de luz que sale después de las peores tormentas como anuncio de que todavía existe vida y un mañana posible.

Tomado de Juventud Rebelde

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