Foto: Juvenal Balán

Autor: Madeleine Sautié | madeleine@granma.cu

Ni en pleno apogeo de una pandemia que ha cambiado el ritmo del mundo los cubanos dejaremos de celebrar lo que cada segundo domingo de mayo convierte el día en una jornada especialísima.

No será igual al modo en que solemos pasar el Día de las Madres, cuando el regalo previamente escogido duerme cómodo su espera, guardado en una gaveta para que no se estropee; o cuando llega desde la mañana el resto de la familia para pasar el día todos juntos hasta el anochecer, compartiendo amores y besos. Mucho menos se podrá reservar una mesa en un restaurante para llegar a media tarde hasta el ataviado establecimiento. Tampoco será nutrida la habitual visita al cementerio, para poner una flor donde descansan los restos de una madre fenecida.   

Sin desistir de la fiesta, otra será la estampa. No habrá modo de frenar la inspiración que las madres provocan; así que el regalo que no pudo comprarse, podrá ser elaborado con las propias manos de quien no renunció a hacerlo; el almuerzo será sazonado con más esmero que nunca en la cocina diaria; las benditas reuniones familiares serán remplazadas por muchas más llamadas telefónicas de las que habitualmente suceden ese día, díganse también mensajes o videollamadas, y la flor que alivia la partida irreversible descansará en ese espacio donde, más a salvo que confinados, estaremos todos.

Cierto es que sin pandemia las maneras de disponer la vida son gozosamente infinitas, y no hay que ceñirse a las necesarias adecuaciones que hoy forman parte de los días, pero ya que el escenario actual la contempla, justo es hallar lo bello, incluso, en las limitaciones.

Picando los dos meses de aislamiento social, en que las familias han sido exhortadas a trabajar en lo posible desde la casa, o en el caso de las madres con niños pequeños, a cuidarlos desde allí

–respetándoseles sus salarios para que la concentración de las fuerzas no sea otra que darles amor y atenciones cuando el peligro acecha–, llega este día en que, a pesar de punzantes noticias a causa de la covid-19, no pocas alianzas salen robustecidas.

Con la lupa puesta desde adentro, el aislamiento físico ha saldado viejas deudas y ha abonado más el nido. Cercanías aplazadas a causa del ritmo cotidiano, charlas cálidas, asuntos tapiados y ahora revisitados, cariños visibles y muchas otras gratificaciones que solo el contacto humano es capaz de fomentar, han ganado espacio cuando el de la calle no puede ser frecuentado.

Este Día de las Madres brillará con luz propia y llegará tras haber experimentado, las madres y abuelas, días únicos de proximidades jamás vividas. Ni siquiera las vacaciones, en las que el tiempo libre es provecho para acrecentar los roces, pueden dar cuenta de tantos instantes infinitos, de tanto disfrute mutuo, de tantos espacios compartidos.  

Sin temor a la palabra, los días previos al de las madres nos han permitido servir, y cuando más que hacer se sirve, el vínculo es indisoluble. Las almas femeninas se han desbordado en ternuras para arropar a sus hijos en tiempos inéditos y con esas ganancias caladas se impone celebrar.

Sea entonces la fiesta. Que, sin faltar a las reglas propuestas por el bien común, no pueda el estar en casa impedirnos el abrazo, desde lejos, a las madres que no podremos ver, a las tías, abuelas, amigas, compañeras queridas, a todas esas surtidoras de dicha que otras veces nos acompañan el más bello domingo de mayo. Que el brindis humecte el corazón, y que sea por preservar la vida. Siendo esa la razón, a ninguna madre habrá que darle demasiadas explicaciones.    

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