Ha pasado casi medio siglo desde viera la luz el revelador ensayo “Las venas abiertas de América Latina”, del escritor uruguayo Eduardo Galeano.

Aún sangra nuestro continente a causa de la apetencia imperial y la indignidad de vulgares apátridas disfrazados de “demócratas”.

Como en otras épocas, oligarquías sedientas de poder, deseosas de agradar y entregar la soberanía y los recursos naturales de sus países a su amo imperial, escudadas tras vándalos uniformados, hacen verter la sangre generosa de los pueblos de la América nuestra.

Sus falsas promesas y cantos de sirenas no pueden confundir a los que resisten su embestida. La historia dice que en ellos no se puede confiar «ni un tantico así». Los que luchan saben, como lo sabía Martí, que “los bárbaros que todo lo confían a la fuerza y a la violencia nada construyen, porque sus simientes son de odio”. 

Esta vez en el monstruoso festín de la muerte desatado, los militares de Ecuador, Chile, Bolivia y Haití, jugando un infame rol protagónico, han transformado sus uniformes en delantales de carniceros, al convertirse en instrumentos de represión contra quienes deberían proteger.

Se sitúan en el lado equivocado de la historia: en el bando de los que odian y deshacen, transmutándose en traidores a sus patrias y a los pueblos de donde proceden.

No menos infames resultan los medios que ocultan, manipulan o minimizan la gravedad de esos crímenes; los que obedientes a los oscuros intereses y poderes que les pagan, hacen el perverso papel de enterradores de la verdad, transformando a las víctimas en terroristas violentos y a sus verdugos en guardianes del orden y la paz.

Esos medios de plumas ensangrentadas ocultan “pundonorosos” en una foto los senos que muestra una artista chilena para llamar la atención sobre un cartel escrito en su pecho, en el que denuncia las atrocidades que están cometiendo los militares contra su pueblo.

De paso también censuran parte del cartel.

Insultante paradoja: los avergüenza la imagen de unos senos desnudos,  expuestos sin morbo, a la vez que impúdicamente difunden imágenes que tergiversan la realidad de lo que ocurre.

No son periodistas los que escriben desde ellos: son indignas marionetas de los que desean perpetuar sus insultantes riquezas y privilegios, a costa de la pobreza y la explotación de las mayorías excluidas y oprimidas de siempre.

Ante tanta contumelia la paciencia se agota, la sangre hierve y se debe   contener el verbo para no expresar en público el calificativo que merecen sin  abreviaturas.

Tales replicantes, cajas de resonancia de la maldad, son tan genocidas como los soldados que ejecutan los crímenes.

Y agazapado detrás de la procesión de apóstatas, empujando el carro de la barbarie, el más  despiadado asesino en serie que ha conocido la humanidad: el imperialismo yanqui.

Se refocila viendo los cadáveres en las calles, los ojos cegados, las manos destrozadas, los cuerpos mutilados, los gritos de dolor y el sufrimiento de esos pueblos a los que desea someter. Como hiena en acecho espera el desenlace, para alimentarse robando las riquezas que guardan las tierras que ha ordenado cubrir de sangre, con el cínico argumento de la lucha por la “democracia” y los “derechos humanos”.

Algún día al igual que sus secuaces pagara sus culpas.

Pero frente a las derechas racistas y entreguistas, los corruptos, los usurpadores, los militares homicidas, los medios desinformadores y el imperio que los aúpa y manda, se yerguen los pueblos agredidos, apoyados por la solidaridad de sus hermanos del continente y el mundo.

Caen sus mejores hijos, pero siguen batallando. No los detienen los chorros de agua a presión, los gases lacrimógenos, los balines que los ciegan, ni las balas que los hieren y matan. No van montados en blindados, ni llevan chalecos o escudos antibalas, tampoco armas letales como sus cobardes adversarios: solo van provistos de su moral y razón, con la valentía que heredaron de sus ancestros. Al igual que estos, llevan a la desigual batalla palos y piedras para defenderse.

Ellos están luchando y muriendo también por ti, por mí, por nosotros, por todos los humildes, por la justicia en la tierra. 

En tan cruentos escenarios, como expresión de las entrañas nobles y rebeldes de nuestros pueblos y sus deseos de paz, una bailarina danza su ballet frente a una tanqueta, una niña acerca su pequeño cuerpo al de un soldado represor y lo mira fijamente a los ojos censurándolo, los que han sido cegados o visto limitada su visión hacen vigilia ante una escuela militar, una mujer abre sus brazos frente  a un soldado y le espeta: “dispara yo muero por mi país”; otra le recuerda a un uniformado su procedencia, le pide que deje de matarlos y se pase al lado de su pueblo.

Ninguno de esos militares reacciona, no se conmueven; impávidos, siguen matando a su gente.

El contexto de injusticia y masacre es claro: impone la necesidad de que organizaciones como la ONU, Human Rights Watch y otras que dicen defender los derechos humanos y la democracia, se pronuncien con fuerza contra el genocidio que ante los ojos del mundo se está cometiendo. Pero la respuesta es tibia, poco contundente, formal.

No incluyo a la OEA porque no es una organización: es un cubil de inmorales alimañas como su Secretario General Luis Almagro.

Esa conducta contrasta con la algazara que despertaron los hechos instigados por EE.UU. y puestos en escena por la derecha apátrida en Venezuel,a todos muy conocidos. Demuestra el doble racero, la falta de ética y la hipocresía con la cual imperio y aliados, así como otros que le temen, hacen política y juzgan a los que no acatan las órdenes del norte revuelto y brutal que nos desprecia.

«Ver con calma un crimen es cometerlo«

José Martí

Nosotros, los que vamos en el bando de los que aman y fundan, no podemos permanecer impasibles ante la bestialidad con la cual se está agrediendo a nuestros pueblos. Tenemos que denunciarla, alzar la voz en su contra y contribuir a difundir la realidad de lo que acontece. Campaña contra campaña, siempre con la verdad por delante.

No nos permitamos ante el crimen de lesa humanidad consumado tener que terminar preguntándonos como el argentino Alberto Cortéz en su poema musicalizado, Sabra y Chatila: «¿A dónde estaba yo, en qué galaxia, insensible leyendo la noticia?»

Mejor digamos con Víctor Jara:

Aquí hermano, aquí sobre la tierra,

el alma se nos llena de banderas

que avanzan,

contra el miedo,

avanzan

Venceremos

Parafraseando al Apóstol: “De América somos hijos y a ella nos debemos”.

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