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Mucha hipocresía abunda entre algunos sacerdotes católicos, intoxicados por las campañas anticubanas que se divulgan en las redes sociales, y ahora se manifiestan “preocupados” por una hipotética represión el 15 de noviembre, como si en Cuba la policía actuara como en Estados Unidos, Colombia, Chile Ecuador y otros países europeos, donde disparan balas de goma y de fuego contra el pueblo, unido a los potentes chorros de agua fría, el empleo de gases lacrimógenos y porrazos despiadados, algo que jamás se ha visto en la Isla después de 1959.

¿Por qué no emitieron una declaración por la muerte de George Floyd a manos de cuatro policías yanquis, o por las más de 300 masacres en Colombia? Ni una misa dedicaron a esos inocentes y ahora de cínicos envían carta a las autoridades civiles y militares de Cuba, para congraciarse con los yanquis y la mafia de Miami.

En su misiva expresan: “Los que firmamos esta carta somos cubanos, sacerdotes católicos llamados a ser pastores de nuestro pueblo, que queremos sólo el bien de nuestra patria, queremos una Cuba donde reinen la justicia, la libertad y la paz” … “No queremos volver a ver policías golpeando y maltratando a su propio pueblo. No queremos que se vuelva a derramar sangre, no queremos volver a escuchar disparos. Ese no es el camino que nos llevará a la Cuba que necesitamos y que todos deseamos”

“No golpees a los manifestantes porque tanto ustedes como ellos viven entre tanta escasez y miseria…No les impidas marchar pacíficamente, porque tanto ustedes como ellos quieren vivir sin miedo a decir lo que piensan, sin miedo a ser vigilados, sin miedo a caer en desgracia”.

De qué sangre, golpes y disparos hablan esos hipócritas que dicen sentirse cubanos y nunca condenan la criminal guerra económica, comercial y financiera causante de tantas limitaciones, incluso la ampliación de las sanciones en medio de la pandemia de la Covid-19.

Dónde está su crítica a esa situación que sufre el pueblo cubano a causa de la guerra económica, que como dicen los documentos oficiales yanquis, es para “inducir al régimen comunista a fracasar en su esfuerzo por satisfacer las necesidades del país, unido a las operaciones psicológicas acrecentarán el resentimiento de la población contra el régimen”.

El clero católico jamás condenó los crímenes causados entre el campesinado cubano por las bandas de alzados, organizados, financiados y armados por la CIA, entre ellos el vil asesinato del maestro voluntario Conrado Benítez García y el campesino Eliodoro Rodríguez Linares, ni los asesinatos del maestro Delfín Sen Cedré, de Manuel Ascunce Domenech con solo 16 años y el campesino Pedro Lantigua Ortega.

Para esas víctimas por solo enseñaban a leer y a escribir, no hubo ruegos a la Virgen de la Caridad del Cobre. Tampoco enviaron cartas a la Casa Blanca para que cesara en su guerra sucia que estimulaba a aquellos criminales a matar, como hicieron con los niños campesinos Yolanda y Fermín Rodríguez Díaz, de 11 y 13 años de edad, asesinados en la finca La Candelaria, Bolondrón, Pedro Betancourt, Matanzas, por la banda de Juan José Catalá Coste, ni por el asesinato del niño de 10 años Albinio Sánchez Rodríguez, por la banda del contrarrevolucionario Delio Almeida.

Sus familiares nunca han podido cerrar esas heridas y para ellos no hubo consuelo, ruegos a la Virgen, ni misas para encomendar sus almas a Dios.

Por qué el silencio absoluto ante el ataque terrorista de una lancha rápida procedente de Estados Unidos, que ametralló el poblado de Boca de Samá, y dejó dos víctimas mortales e hirió a otros varios vecinos del poblado, entre ellos dos niños y una de ella perdió un pie. Ese hecho merecía una condena enérgica de la Iglesia ante tanta sangre derramada de civiles inocentes.

La hipocresía es tan grande que, en 1976 ante el terrible acto criminal de la voladura en pleno vuelo de un avión civil cubano, con 73 personas a bordo, los sacerdotes y monjas no abrieron la boca para condenarlo ni para orar por ellos, como si esas víctimas no merecían la bendición de la Patrona de Cuba.

El terrorismo desde Estados Unidos no ha tenido piedad con el pueblo cubano y su afán por derrocar al gobierno revolucionarios es tan irracional que el pueblo cubano acumula desde 1959, 3 mil 478 fallecidos y 2 mil 099 incapacitados, entre los que se cuentan 8 fallecidos y 15 incapacitados, como consecuencia de las agresiones provenientes de la Base Naval Yanqui en Guantánamo.

Esos crímenes dejaron huérfanos a miles de niños, hechos que los sacerdotes hipócritas no mencionan, y ahora se suman a las campañas mediáticas contra Cuba mintiendo sobre represiones inexistentes.

Esos sacerdotes ahora en el lado de los que pretenden alterar el orden y la tranquilidad ciudadana, siguiendo instrucciones de Estados Unidos, no dijeron una sola palabra cuando fue introducido en la Isla el Dengue Hemorrágico, causante de la muerte de 154 cubanos, de ellos 101 niños. Nunca hubo una condena a los actos terroristas en los hoteles de la Habana donde murió un joven italiano.

Para esos sacerdotes católicos que se auto titulan “pastores del pueblo cubano”, encomendamos nuestras plegarias para que la Virgen de la Caridad del Cobre, Madre y Patrona de todos los cubanos, interceda con su hijo Jesucristo para que los perdone por su cinismo y falsedades, al aliarse a quienes piden más bloqueo económico y comercial para incrementar el sufrimiento de la población, e incluso una intervención armada del ejército yanqui, que solo causaría muertes y destrucción, similares a las provocadas en decenas de países, hechos no condenados por esa Iglesia cubana que se da golpes de pecho al decir: “solo queremos el bien de la patria”.

No en vano dijo José Martí:

“No hay sátrapas más grotescos y escarnecidos que los curas en los pueblos católicos”.

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