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Durante los 20 años de guerra contra Afganistán, Estados Unidos gastó más de 2,2 billones de dólares en armas. En otra guerra, la de Irak, desde su inicio en marzo de 2003, el Pentágono invirtió más de 1,7 billones de dólares. En ambos países los fallecidos por las contiendas superan el millón de seres humanos y la destrucción material incluye grandes daños a sitios que son Patrimonio de la Humanidad.

Y tanto en Irak como en Afganistán, y le sumamos Libia, también agredida por Washington y la otan, la situación posbélica es de inestabilidad, gran afectación económica y social y apropiación de sus recursos.

Mientras esto sucede, el gasto militar mundial el pasado año fue de casi dos billones de dólares, como denunció el Primer Secretario del Partido Comunista de Cuba y Presidente de la República, Miguel Díaz-Canel, ante la Asamblea General de la ONU. «Cuántas vidas se habrían salvado si esos recursos se hubieran destinado a la salud o a la producción y distribución de vacunas?», preguntó. Y argumentó: «Las posibles respuestas a esa pregunta pasan por un cambio de paradigma y por transformar un orden internacional profundamente desigual y antidemocrático».

Los ejemplos de lo ocurrido en Irak, como en Afganistán, reflejan que los únicos vencedores en estas contiendas han sido el Complejo Militar Industrial y los contratistas privados que, bajo el paraguas de la cia o el Pentágono, envían decenas de miles de mercenarios a apoyar y a formar parte de los contingentes militares movilizados por Washington y la otan.

Cuando el Pentágono, por órdenes del entonces presidente George W. Bush, se lanzó contra Irak con millares de militares y medios de guerra que incluyeron armas prohibidas como el uso del uranio empobrecido en sus bombas y cohetes, una gran parte de la inversión multimillonaria dedicada a la guerra fue a parar a manos de empresas privadas o contratistas.

Con el nombre de Blackwater, la empresa que fue considerada como el principal ejército mercenario del mundo, tuvo hasta que cambiar su patronímico ante el desprestigio evidente luego de su implicación en la muerte de civiles –incluyendo niños iraquíes– y torturas.

En el año 2004, en la martirizada ciudad de Faluya, cuatro de sus mercenarios fueron ejecutados y colgados en el puente de la entrada a la localidad, acción reivindicada por la resistencia iraquí, luego del asesinato de 17 civiles por parte de esos contratistas.

Por la obra genocida en la nación iraquí las compañías privadas de contratistas recibieron, solo en los primeros años de la guerra, más de 85 000 millones de dólares, de acuerdo con datos del Congreso de EE. UU.

En Afganistán, de donde las tropas estadounidenses y de la otan acaban de retirarse derrotadas, luego de 20 años de guerra, los únicos vencedores han sido los mismos: contratistas privados y el Complejo Militar Industrial estadounidense.

De los 2,3 billones de dólares que costó esa injusta guerra a los contribuyentes de ee. uu., se calcula que algo más de un billón paró en las diversas empresas privadas que contrataron a miles de mercenarios. Las compañías con los mayores contratos en Afganistán, según estimaciones de Haidi Peltier, directora del proyecto «20 años de guerra» de la Universidad de Boston, citada por bbc, fueron: «14 400 millones-Dyncorp International, 13 500 millones-Fluor Corporation, 3 600 millones-Kellogg Brown Root (kbr), 2 500 millones-Raytheon Technologies y 1 200 millones-Aegis llc».

Las cifras  abarcan, fundamentalmente, el periodo 2008-2021. Agréguese que ee. uu., entre 2008 y 2017, perdió, por mal uso o fraude, unos 15 500 millones de dólares, destinados a la reconstrucción en Afganistán, según The New York Times.

Tomado de Granma

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