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El mundo vive tiempos de pandemia. No es una crisis sanitaria exclusivamente; es política, económica, social y de valores. Se habla de edades de riesgo, pero no de clases de riesgo. Junto a las enfermedades que concomitan, la pobreza constituye un agravante para quienes adquieren la COVID-19. El sálvese quien pueda no funciona, el neoliberalismo desnuda sus trágicos límites, la humanidad necesita ser más humana.

En esta serie de trabajos pretendemos hacer una radiografía de las causas detrás de la extensión de la pandemia y de su letalidad.

Estados Unidos: De la «gripe» de Trump al desconcierto viral

“Keep America Great” siguen diciendo los carteles de la campaña electoral de Donald Trump regados por toda la Unión. Mientras, la nación del norte ha pasado a ser el epicentro mundial de la pandemia de COVID-19 con más de 366 mil enfermos y  casi 11 mil muertes. El presidente dice sin reparos ante la prensa que si sólo ocurren 200 mil muertes habrán hecho “un gran trabajo”

Desde las entrañas de aquel país, alguien mucho más inteligente y sensato, el intelectual Noam Chomsky, ha valorado como pésimo el actuar del mandatario y ha catalogado esta crisis como “otro ejemplo del fracaso del mercado, al igual que lo es la amenaza de una catástrofe medioambiental […] El asalto neoliberal ha dejado a los hospitales sin preparación. Un ejemplo son las camas que han sido suprimidas en nombre de la ´eficiencia´.

¿Estrategia del caos?

Obsesionado con su reelección y enfrascado en lanzar tuits desenfrenados contra Sanders, Warren, Biden y los medios de comunicación, Donald Trump dedicó poco tiempo a preparar su país para lo que se avecinaba.

Según la prestigiosa revista The Nation, el Pentágono alertó desde 2017 al presidente de la posibilidad de una epidemia por coronavirus para la que EE.UU. no estaba totalmente preparado. Pero ni caso, el mandatario es “muy inteligente” –a su propio decir-, y esto se trataba de una “simple gripe”.

Estados Unidos perdió valiosas semanas para prepararse. Cuando se detectó el primer caso, el jefe de la Casa Blanca dijo que era sólo un hombre venido de China y que no habría consecuencias. Comentaría a la CNBC con total desdén y pamplinería: “Lo tenemos totalmente bajo control”.

El 19 de febrero, Donald Trump se refirió al coronavirus afirmando que «cuando llegue abril, el virus desaparecerá milagrosamente con el calentamiento del clima» argumentando que los Demócratas estaban intentando crear una atmosfera de pánico para lograr sus intereses políticos.

El 26 de febrero, cuando ya habían 15 casos, Trump reiteró que “lo tenemos todo muy bien bajo control… verdaderamente hemos hecho una muy buena labor”. Unos días más tarde informó que pronto habría una vacuna a pesar de que sus propias funcionarios médicos tuvieron que reiterar que eso tardará más de un año; poco después proclamó que todos aquellos que necesitaban un examen podrían tenerlo –cuando los Estados le reclamaban por la escasez de test disponibles – y ahí mismo se autoelogió al comentar que los expertos en el CDC se habían quedado asombrados por su capacidad de comprender estos temas.

Cuando el problema ya ahogaba a la Unión y eran decenas de miles los infectados, superando ya en casos a España, Trump salió a buscar al enemigo de afuera. En su discurso del 22 de marzo cambió el término coronavirus por el de “virus chino” deliberadamente. Desde entonces lo ha usado en reiteración para satanizar a la potencia económica emergente.

Su Secretario de Estado, Mike Pompeo, se ha referido una y otra vez peyorativamente a la “neumonía de Wuhan” cuando de nombrar se trata a la COVID-19, como oficialmente denominó a la enfermedad la Organización Mundial de la Salud. En un discurso el 25 de marzo, arremetió contra China e Irán, acusándolos de haber tomado «malas decisiones» al enfrentar el brote viral y dijo que «la gente de esos pañises finalmente responsabilizará a sus líderes por esto»

A fines de marzo, en un especial de Fox News desde el jardín de la Casa Blanca, anunció que quería reabrir el país y «llenar» los bancos de la iglesia para el día de Pascua, el 12 de abril, justo cuando se pronosticaba que Nueva York y otros estados enfrentarían la presión máxima sobre sus instalaciones médicas sobrecargadas.

Unas horas más tarde, la CNN le preguntó en qué basaba ese pronóstico, a lo que Trump respondió: “Simplemente pensé que era un momento hermoso. Sería un momento hermoso, una línea de tiempo hermosa. Es un gran día.»: «¿Entonces eso no se basó en ninguno de los datos?»-inquirió la CNN. «Creo que sería una línea de tiempo hermosa», respondió Trump.

Portada de la revista New Yorker.

Ahora, el país más poderoso del mundo se ve impotente en parte ante la pandemia. Hospitales colapsados, falta de mascarillas y ventiladores, camiones refrigerados utilizados como almacenes de cadáveres, camposantos como el de Orlando en la Florida abriendo aceleradamente nuevos espacios para recibir fallecidos. La urbe más cosmopolita del mundo, Nueva York, vive días de espanto y un miedo que estremece hasta sus rascacielos. Allí se concentra más de un tercio de los muertos de la nación.

El presidente dice y se desdice constantemente. O lo desdicen, como varias veces ha hecho el epidemiólogo principal del país, el Dr. Anthony Fauci, director del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas, quien a cada rato desmiente elegantemente al mandatario.

Trump actúa más como un candidato electoral que como Presidente. Generar el caos parece su estrategia para en medio de él erigirse como “salvador de la nación”, mientras sus oponentes demócratas parecen anonadados en la tragedia. Un articulista de The New York Times valoraba recientemente “Así como sus conferencias de prensa sobre coronavirus se han convertido en sustitutos de sus manifestaciones, la politización del virus por parte del presidente le permite operar en un modo de campaña modificado. Sin un contendiente demócrata oficial para llamar y un ciclo tradicional de noticias electorales para cubrir, Trump está eligiendo usar la pandemia como una herramienta para su división habitual de concentración de bases”.

Un sistema quebrado y aún más por Trump

«Esta va a ser la semana más dura y terrible para la mayoría de los estadounidenses en su vida», dijo a la Fox News el domingo Jerome M.Adams, el principal especialista de  Salud del país. «Este vaa ser nuestro Pearl Harbor, nuestro 9/11, señalo que no va a estar localizado. IEsto va a ocurrir en todo el país»

Las predicciones más optimistas de los expertos estadounidenses plantean un escenario en el que ese país tendrá más muertes por el coronavirus que las sufridas en las guerras de Viet Nam y Corea juntas y hasta 14 veces la suma oficial de bajas mortales reconocidas en las contiendas de Afganistán e Irak.

El personal médico transfiere los cuerpos a una morgue temporal en el Centro Médico Wyckoff Heights en Brooklyn el sábado. Foto: The New York Times

El sistema de salud público de Estados Unidos ha sido duramente golpeado desde la década del 80 con las políticas neoliberales a pulso del gobierno de Ronald Reagan y sus predecesores. Los costos de los servicios de salud han crecido exponencialmente y las camas hospitalarias se han reducido.

Un exejecutivo de la industria de seguros, dijo a la revistas The Atlantic que «el sistema de atención médica en Estados Unidos está construido para la élite». Mientras un exdirectivo de la multinacional de los seguros Cigna expresó a la propia revista: «Escuchamos a los políticos decir todo el tiempo que tenemos el mejor sistema de atención médica del mundo. Tenemos fabulosos doctores e instalaciones de atención médica, pero están fuera del alcance de muchas personas debido al costo»

La visita promedio al consultorio de rutina en los Estados Unidos es tres veces más costosa que en Canadá. La tomografía computarizada promedio es cinco veces más costosa que en Canadá. Estar en un hospital cuesta más. Los medicamentos cuestan más (los precios de los medicamentos recetados pueden ser 10 veces la tasa en el Reino Unido o Alemania).

A diferencia de otros países, el gobierno de los Estados Unidos no administra los precios; y el complicado sistema de salud con fines de lucro agrega costos tremendos.

Desde que llegó al poder, Donald Trump puso entre ceja y ceja al programa de salud impulsado por Barack Obama que, si bien no resolvió el problema del acceso universal a los servicios de salud en ese país, concedió seguros a millones de estadounidenses carentes de ese derecho.

La labor destructiva del multimillonario presidente se ve en toda su crudeza ahora en medio de esta tragedia. Son casi 28 millones de estadounidenses los que no tienen seguro médico, un 10% de todos los menores de 65 años. A ellos los hospitales no les pueden negar la atención de urgencia. Pero eso llega hasta estabilizar al paciente y evitar su muerte o un daño irreparable. Y de todas formas, les estará esperando la cuenta a la salida del hospital.

El precio estimado para una aseguradora de un tratamiento por coronavirus con ingreso hospitalario está en unos 18 mil euros; pero, los que van por su cuenta a los hospitales pagan más y algunos han recibido facturas abultadas como Danni Askini, quien fue sorprendida con las facturas por su prueba y tratamiento en un hospital de Boston: $ 34,927.43.

«Personalmente no conozco a nadie que tenga ese monto de dinero», dijo ella a Newsweek. 

Algunos se llenaron de esperanzas con la ley aprobada por el Congreso a finales de marzo, que inyecta un rescate de unos dos billones de dólares. Pero para las personas, la ayuda ofrecida a partir de mayo en caso de enfermedad será un cheque único de 1200 dólares por adultos y 600 por menores. Eso, dicen los críticos, dará para el test de la enfermedad a los no asegurados, pero no para el tratamiento.

Para las grandes empresas, el paquete planea 500 mil millones de dólares en préstamos no reembosables.

Para quienes están asegurados, tampoco hay tanta seguridad en el sistema de salud. El Gobierno de Trump ha conseguido que casi todas las grandes aseguradoras cubran al menos el precio de las pruebas diagnósticas, pero el tratamiento es otra cosa y será tratado como cualquier enfermedad común. La cuota media mensual de un seguro médico supera los mil dólares por familia y más de 6 mil dólares anuales adicionales por otros gastos de salud. Los expertos calculan que, aun teniendo seguro, los enfermos de COVID-19 deberán pagar unos 1 500 dólares adicionales. El 66% de los estadounidenses que se declara en bancarrota dice que las facturas médicas han tenido que ver con su insolvencia.

Son 157 millones de estadounidenses, menos de la mitad, los que tienen seguro médico por su empleo, ya que la empresa les paga parte o la totalidad del costo mensual. Pero el grave problema es que la pandemia está haciendo estragos en la economía y los analistas predicen que unos 35 millones de puestos de trabajo están en peligro, en un país donde el despido es libre. Sólo en las últimas dos semanas más de diez millones de personas presentaron solicitudes de ayuda por pérdida de empleo.

Esos ciudadanos se verán abocados a elegir entre asumir ellos mismos el costo de esos pagos mensuales del seguro (ahora que no tienen salarios) o quedarse sin seguro.

Como parte de su terrible huella en la salud estadounidense súmele a Trump que redujo en un 18% el presupuesto de los Centros para la Prevención y Control de Enfermedades, recortó en un 20% los Programas Federales para Urgencias infecciosas, eliminó la unidad de pandemias del Consejo de Seguridad Nacional y mutiló significativamente el presupuesto para investigación, incluyendo los estudios de coronavirus, de los Institutos Nacionales de Salud (NIH)

Un trabajador médico ante una estructura de pruebas de coronavirus en el Brooklyn Hospital Center el 27 de marzo de 2020 en la ciudad de Nueva York, Estados Unidos. © Angela Weiss / AFP

El mayor grupo de riesgo: Los pobres

El colapso de la economía estadounidense ha expuesto la vulnerabilidad de millones de trabajadores indocumentados, que están empleados de manera desproporcionada en industrias que sufren despidos masivos y trabajos de alto riesgo que mantienen a la sociedad funcionando mientras los estadounidenses se quedan en casa.

Un estudio de la Brookings Institution hecho público en noviembre de 2019, señala que unos 53 millones de trabajadores (el 44% de los asalariados entre 18 y 64 años) reciben salarios por debajo de los 18 mil dólares al año, “que no le son suficientes para proveer una seguridad económica”, y por supuesto, para adquirir un seguro médico.

Súmese que una parte significativa de los trabajadores si no trabajan por estar enfermos no reciben nigún salario o ayuda financiera. Ello implica que muchos se resisten a dejar de trabajar porque se quedarían sin ingresos. Ello implica, señalan analistas, que muchas personas enfermas continúen trabajando y contagiando con el nuevo coronavirus.

Los hospitales públicos de Nueva York, centro de la tragedia estadounidense con la COVID-19, se enfrentan este año a un recorte de 400 millones de dólares, debido al tajazo que sufrieron los fondos del Medicare en el estado recién a inicios de marzo. Un duro golpe para instituciones y trabajadores de la salud que están en la primera línea de lucha contra la pandemia.

En un sistema de salud basado sobre todo en la medicina privada, es como “un tiro en el intestino”, a decir del Dr. David Perlstein, director ejecutivo del Hospital público St. Barrabas, en el Bronx. “Durante un tiempo en que necesito dedicar todas las energías que tengo para realmente salvar vidas y expandir el acceso y no escatimar en recursos, ahora tengo que preocuparme de cómo vamos a seguir pagando nuestras cuentas”.

El St. Bernabes, como el resto de los 11 hospitales públicos neoyorkinos que se verán afectados por los recortes, son los que atienden en gran medida a los residentes sin seguro médico y a los indocumentados, sectores susceptibles a la infección por sus precarias condiciones de vida o trabajo.

Y aunque el presidente Trump anunció a todo trapo que se reembolsará a los hospitales por el tratamiento a los pacientes de COVID-19 no asegurados, utilizando algunos de los 100 mil millones de dólares que el Congreso asignó para apuntalar a las instituciones de salud que sufren dificultades financieras debido a la pandemia, nadie sabe hasta el momento cuál sería el monto que se reservaría para ese propósito y cómo se asignaría el dinero.

Los dueños de la industria hospitalaria han expresado desconfianza en usar cualquiera de los 100 mil millones para cubrir a pacientes sin seguros. Aducen que el propósito del Congreso era brindar un apoyo financiero rápido para los hospitales que necesitan con urgencia hacer frente a la pérdida de ingresos y los gastos elevados debido a la pandemia. Razonamiento hasta cierto punto lógico para las lógicas de funcionamiento del sistema. Más, ¿quién rescata a los afectados primeros en su salud y ahora ahogados en sus finanzas?

Foto: Telemundo.

Ellos se ponen a buen recaudo

Del otro lado de la balanza andan los ricos alarmados pero bastantes seguros. Ellos pueden quedarse en casa y vivir comodamente mientras dure esta crisis. Otros trabajan para ellos.

Algunos, con un miedo que los embarra, buscan refugios extremos pero bien dotados. El dueño de una empresa que fabrica búnkers subterráneos de concreto, con sede en California, le informó al diario británico The Guardian que su firma había tenido «un aumento en las consultas y ventas desde que comenzó la crisis». El CEO de otra empresa similar le dijo al San Francisco Chronicle que su compañia había recibido unas mil consultas desde el brote. Un tercero, se regodeó contando a Los Angeles Times sobre las comodidades de estos refugios para millonarios: «Los cines son comunes (…) Construimos uno en California que tiene un campo de tiro, una piscina y una bolera». Es la fotografía instantánea de la injusta y divisiva sociedad de clases.

Un cliente satisfecho en la web de Survival Condo, una de las fabricantes de búnkers dejó escrito: «Me siento mejor sabiendo que tengo un búnker de lujo para mi familia por si algo pasa».

Mientras millones de pobres y emigrados no pueden tener acceso a los exámenes de COVID-19, los más acaudalados se ufanan en las redes de haberse hecho la prueba. Así lo hicieron la supermodelo Heidi Klum, los senadores Mitt Romney, Rand Paul y Lindsey Graham y otras figuras de alto perfil.

Ocho equipos de la NBA ya fueron sometidos la exámen, entre ellos los Jazz, a pesar de que el Gobernador de Oklahoma Kevin Stitt se ha quejado de que el estado estaba «críticamente bajo en kits de prueba». Trabajadores de la salud, ancianos y enfermos críticos son los principales afectados con la falta de los exámenes.

Piscina en un búnker de lujo

La fórmula de la salvación

La actual administración estadounidense representa los peores valores imperiales del egoísmo, la prepotencia, el sálvese quien pueda. Lejos de asumir el liderazgo en la batalla mundial contra la pandemia y escuchar los llamados del Secretario General de la ONU y del Director General de la OMS de que ningún país puede vencer esta amenaza por sí mismo en un mundo tan interconectado, sino que la cooperación es el único camino, la Casa Blanca ha jugado la carta supremacista de la “salvación americana”

A mediados de marzo, El periódico alemán WELT am Sonntag informó que la administración de Trump había ofrecido grandes sumas de dinero en efectivo a la empresa de biotecnología con sede en Alemania CureVac para garantizar los derechos de una vacuna en desarrollo contra la COVID-19, «pero solo para los Estados Unidos”.

El presidente del gobierno de la región francesa de Provenza-Alpes-Costa Azul, Renaud Muselier, denunció el pasado jueves que EE.UU estaba comprando mascarillas de fabricación china ordenadas por Francia, pagando en efectivo y a mayor precio en los aeropuertos del país asiático antes de que fueran embarcadas para Europa.

Por su parte, el primer ministro canadiense Justin Trudeau calificó como un “error” de los Estados Unidos la prohibición a la empresa 3M de exportar al vecino del norte máscaras de respiración N95 y otros equipamientos necesarios para enfrentar la pandemia.

La compañía 3M dijo en un comunicado el pasado 3 de abril que la solicitud de la administración Trump de que deje de exportar respiradores a Canadá y países latinoamericanos tendría “implicaciones humanitarias significativas”.

Los gobernadores, sin el suficiente respaldo federal,  se ponen traspiés entre ellos para asegurar que los fabricantes de instrumental médico les vendan sus productos en detrimento de los demás. De acuerdo con el gobernador de Nueva York, Andrew Cuomo, las autoridades están compitiendo por los mismos productos «coo si fuera eBay» y los precios suben cada día que pasa. Los equipos de ventilación han pasado de 25 000 dólares a 40 000 dólares.

«Los 50 estados no deberían competir entre ellos y luego la FEMA no debería llegar tarde y competir con los 50 estados. No hay que ir a Harvard para saber eso», expresó contrariado Cuomo, cuyo estado es el epicentro de la pandemia.

Estados Unidos es hoy la radiografía de un imperio que ha desdeñado al ser humano por la codicia, que sabe liderar en las guerras pero no en la salud, que invierte en la tecnología, pero no lo suficiente en la vida.

Por ese camino sólo se va a la autodestrucción de la especie humana. Si no abrimos espacios a la ética, la moral, los valores solidarios y ponemos al ser humano y al planeta en el centro de las preocupaciones nos estamos inoculando nuestro propio virus mortal.

(Continuará)

Cubadebate

Fuentes: New York Times, The Washington Post, The Nation, New Yorker, The Atlántic.

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