Por ARIEL PAZOS ORTIZ

Para noviembre de 1975 había cierta presencia de militares cubanos en Angola. Sin embargo, nada hacía suponer que en lo adelante Cuba protagonizaría lo que actualmente se considera una de las más singulares hazañas militares de la historia moderna: la Operación Carlota. Esta comenzó el 5 de noviembre de ese año y se prolongaría por más de tres lustros, hasta culminar el 25 de mayo de 1991.

Los contactos entre el Movimiento Popular de Liberación de Angola (MPLA) y la Revolución Cubana databan de agosto de 1965, en la época de la guerrilla del Che en el Congo. En 1966 Agostihno Neto, líder del MPLA, se entrevistó con Fidel Castro en La Habana.

En 1974 una delegación del MPLA visitó la Mayor de las Antillas con motivo de la celebración del 26 de Julio. Traía una solicitud de Neto de ayuda económica, entrenamiento militar y armas. Aunque la respuesta cubana fue positiva, no ocurrió nada inmediatamente. Por varios meses continuaron los sondeos entre ambas partes, que incluyeron intercambios ─en Tanzania y Angola─ entre la dirección del MPLA y enviados cubanos.

Fue el 21 de agosto de 1975 cuando el comandante Raúl Díaz-Argüelles ─jefe de una dirección del Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (MINFAR)─ arribó a Luanda, al frente de la surgida Misión Militar Cubana en Angola. El propósito original era crear y dirigir cuatro Centros de Instrucción Revolucionaria (CIR) donde se entrenarían reclutas de las Fuerzas Armadas Populares de Liberación de Angola (FAPLA).

En ese momento era aun una misión relativamente pequeña. Para el 2 de septiembre solo contaba con 29 miembros. El 20 de octubre había casi 500 efectivos que arribaron discretamente en sucesivos vuelos a través de Portugal. Era un poco más de lo inicialmente pactado ─lo cual fue muy bienvenido por la dirección del MPLA─, pero todavía no excedía la concepción original: entrenar y luchar solo eventualmente.   

La Operación se llamó Carlota en homenaje a una esclava homónima que un 5 de noviembre, pero en 1843, murió descuartizada como castigo por alzarse con otros esclavos en el ingenio Triunvirato, en Matanzas. Fue atada a caballos que corrieron en direcciones opuestas.

Como parte de la hazaña trasatlántica, por Angola pasaron más de 300 mil combatientes cubanos. De ellos, alrededor de 2 mil perdieron la vida. También se desplegó un enorme contingente de colaboradores civiles.

El escritor Gabriel García Márquez escribía en la Revista Tricontinental en 1977: “(…) es probable que ni los mismos cubanos hubieran previsto que la ayuda solidaria al pueblo de Angola había de alcanzar semejantes proporciones. Lo que sí tuvieron claro desde el primer momento es que la acción tenía que ser terminante y rápida, y que de ningún modo se podía perder”.

En sentido general, la participación de Cuba en la guerra de Angola tuvo gran apoyo popular. Incluso el Washington Post dijo en febrero de 1976 que entre los cubanos el sentimiento era de orgullo.

Más aún, en 1978 un estudio del estadounidense Consejo de Seguridad Nacional ─citado por el investigador Piero Gleijeses en su libro Misiones en conflicto─ informaba que “al cubano promedio puede no interesarle mucho el marxismo leninismo, pero el papel que Cuba desempeña en África despierta su sentido de orgullo nacionalista”.

García Márquez fue uno de los primeros en describir la proactividad de gran parte del pueblo cuando creció el rol cubano en Angola: “(…) se sabe de un muchacho que se fue sin permiso de su padre, y que más tarde se encontró con él en Angola, porque también su padre se había ido a escondidas de la familia”.

Él contó que hubo casos de profesionales que por su alto rango encontrarían dificultades para enrolarse en las tropas, y decidieron hacerse pasar por trabajadores de menor calificación laboral. Delincuentes comunes, desde la cárcel, pidieron ser admitidos, y una mujer por poco logra inscribirse como soldado, escribió el colombiano. 

Fidel explicó que Cuba estaba “cumpliendo un elemental deber internacionalista cuando ayudamos al pueblo de Angola”. Una política de principios, afirmó. “No nos cruzamos de brazos cuando vemos a un pueblo africano, hermano nuestro, que de repente quiere ser devorado por los imperialistas”.

Esta postura podría parecer extravagante para otros actores internacionales de la época. Podría generar, incluso, escepticismo en estratos de las generaciones que no vivieron esos años. Empero, se trataba de la posición escogida por Cuba desde que la Revolución tomó el poder. Con la Operación Carlota la Revolución Cubana llevaba a la práctica, una vez más, su discurso político y sus tesis revolucionarias.

Las confrontaciones crecientes con el Frente Nacional para la Liberación de Angola (FNLA) y la Unión Nacional para la Independencia Total de Angola (UNITA) ─los otros grupos armados que se disputaban el poder─, pero fundamentalmente la invasión sudafricana a territorio angolano precipitaron los acontecimientos. 

El primer choque de los invasores sudafricanos con los instructores cubanos y sus alumnos angolanos causó algunas bajas cubanas. Cuba se vio en la disyuntiva de retirar a sus militares, lo que hubiera significado la derrota del MPLA, o reforzar su presencia para lograr una defensa más eficaz.

El 4 de noviembre de 1975 se decidió el envío de un batallón de Tropas Especiales del Ministerio del Interior (MININT), vía aérea, y un regimiento de artillería, por mar. El día 7, antes de partir las primeras Tropas Especiales, Fidel les habló. Dijo que tenían que defender Luanda ─el objetivo de todos los adversarios del MPLA─, y que si esta caía debían seguir peleando en guerra de guerrillas mientras el MPLA estuviera luchando, pero que si el MPLA dejaba de pelear, debían retirarse.

La única opción de una eventual retirada de Cuba era, de por sí muy complicada, a través de Zambia, donde precisamente se había abierto hacía poco tiempo una embajada.

Para finales de año, en Angola había entre 3500 y 4000 cubanos. La fuerza creció en la medida en que el MPLA se vio amenazado por el FNLA, la UNITA, el imperialismo, los invasores sudafricanos y los grupos de mercenarios africanos y europeos. La escalada de Cuba sorprendió a todo el mundo. Ni los capaces servicios de inteligencia estadounidenses pudieron pronosticar la dimensión que tomaría la ayuda de los cubanos al MPLA.

El 10 de enero de 1989, en virtud de una Declaración Conjunta de los gobiernos de Cuba y Angola, se inició la retirada paulatina de las tropas cubanas que habían cumplido misión internacionalista en aquel país. Estaba cerrando una etapa importante de la Historia Contemporánea, en la que Cuba desplegó un rol decisivo.

La Operación Carlota no solo fue importante para repeler la invasión sudafricana contra Angola y apoyar al MPLA en la estabilización y autodeterminación del joven Estado poscolonial. Esta extraordinaria hazaña militar también contribuyó a la independencia de Namibia y a socavar las bases del oprobioso sistema del apartheid.

En una etapa en que entre La Habana y Washington se estaban dando pequeños pasos hacia un modus vivendi, y en que varios gobiernos de Europa Occidental empezaban a ver con mejores ojos a la Revolución, Cuba, desinteresadamente, prefirió unir su suerte a la causa que creyó más justa. Los cubanos pusieron sus principios por encima de la posibilidad real de que con su actuación incomodaran a importantes poderes globales. Estaban conscientes, aunque trabajaron para evitarlo, de que podrían llegar a chocar directamente con las tropas portuguesas aun desplegadas en Angola.

El comienzo de Carlota no esperó siquiera el apoyo explícito de la Unión Soviética. Puesta en marcha la campaña cubana, el aseguramiento logístico soviético fue fundamental; pero, contrario a lo que a veces se sostiene, Cuba no actuó en Angola como punta de lanza del gigante comunista, sino por iniciativa propia.

Tres décadas después, analizada en rigor, la Operación Carlota sigue siendo un hecho colosal. Como dijo Raúl Castro, entonces ministro del MINFAR, en el Mausoleo del Cacahual el 27 de mayo de 1991, dos días después del arribo de los últimos internacionalistas cubanos que sirvieron en Angola:

“La gloria y el mérito supremo pertenecen al pueblo cubano, protagonista verdadero de esa epopeya que corresponderá a la historia aquilatar en su más profunda y perdurable trascendencia”.

Tomado de Cubahora

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