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¡Patriotismo, amor por la justicia y la independencia de Cuba fueron los designios de Ignacio Agramonte”!. Por ello, que mejor fecha que esta para celebrar los juristas cubanos su día, pues El Mayor es, ante todo, un ejemplo de ética y lo que debe ser un profesional dedicado al mundo de las leyes.

Ciento cincuenta y cinco años nos separan de aquél memorable 8 de junio de 1865, en que Ignacio Agramonte y Loynaz defendiera su tesis de Grado para recibirse como Licenciado en Derecho Civil y Canónico. En ella planteó una alianza entre el orden y la libertad, como representación de la armonía de los intereses y las acciones de los individuos entre sí, y obtuvo la calificación de Sobresaliente, en la Facultad de Derecho de la Universidad de La Habana.

Cuestiones tan fundamentales como el imperio de la razón, la verdad, la justicia y la libertad y su materialización, las formas de gobierno, conceptos claves como el de unidad… fueron aspectos abordados en la histórica oportunidad.

Es de destacar que con anterioridad, en el antiguo Convento de Santo Domingo, el 22 de febrero de 1862, en un ejercicio académico sabatinal, en varios momentos de su intervención aludió al régimen español, la falta de libertades, de derechos y de justicia, indicando en su parte final la necesidad «de un cambio revolucionario de la sociedad en Cuba».

¡Con visión de patriota más que de profeta, expuso en ambas ocasiones, los principios que años más tarde haría realidad en  la manigua redentora!.

Agramonte nació en la ciudad de Camagüey, en 1841, y tenía 27 años de edad cuando se sumó a la lucha por la independencia patria y alcanzó los grados de Mayor General.

En particular, fue uno de los fundadores de la junta revolucionaria de Camagüey. Participó en las labores conspirativas que condujeron al alzamiento de los camagüeyanos, el 4 de noviembre de 1868, en el paso del río «Las Clavellinas», en el que no figuró personalmente, pues se había decidido que permaneciera en la ciudad organizando el aseguramiento logístico de los alzados, a quienes se sumó el día 11 en el ingenio «El Oriente», cerca de Sibanicú.

Su personalidad está asociada a hechos de gran significación en la historia de Cuba y ya, en la reunión efectuada en Paradero de Las Minas el 26 de noviembre, emerge como el opositor formidable frente al intento de Napoleón Arango, de sofocar la lucha en el Camagüey. Todavía resuena su vivrante reclamo de aquél día: “Acaben de una vez los cabildeos, las torpes dilaciones, las demandas que humillan: Cuba no tiene más camino que conquistar su redención, arrancándosela a España por la fuerza de las armas”.

En unas treinta ocasiones, a lo largo de artículos y discursos, evoca José Martí, Apóstol de la independencia de Cuba, la figura de Ignacio Agramonte, el Bayardo de la Revolución Cubana. Lo llama «héroe sin tacha», resaltando su heroicidad, su apego a la ley. «Por su modestia parecía orgulloso», dice, y recuerda que se sonrojaba cuando le ponderaban el mérito y que se le humedecían los ojos si sabía de una desventura.

«Era como si por donde los hombres tienen corazón tuviera él estrella. Su luz era así, como la que dan los astros…».

AL analizar el carácter límpido de Ignacio Agramonte lo definió como: “aquel diamante con alma de beso”, que fue capaz de tallarse a sí mismo y de dejar atrás el idealismo de los primeros tiempos y las incomprensiones para convertirse en la extraordinaria figura de primera línea que llegaría a ser. “

Martí también dijo sobre él: «Y a los pocos días de llegar al Camagüey, la Audiencia lo visita, pasmada de tanta autoridad y moderación en abogado tan joven; y por las calles dicen: ‘¡ése!’ y se siente la presencia de una majestad (…)»

El Mayor, como era nombrado por sus hombres y es conocido y respetado hoy todavía, no fue militar de carrera. Sí desde muy joven frecuentó gimnasios, tomó lecciones de esgrima y se adiestró en el manejo del rifle.

También desde temprano se propuso luchar por la independencia de Cuba, su Patria querida. Creó la caballería del Camagüey, con la que infundía el pánico a las tropas españolas.

Al respecto escribiría Martí, “sin más ciencia militar que el genio, organiza la caballería, rehace el Camagüey deshecho, mantiene en los bosques talleres de guerra, combina y dirige ataques victoriosos…”

El rescate del brigadier Julio Sanguily, quien iba a ser fusilado tras caer en manos de una fuerte columna española, fue una de sus hazañas más destacadas. En ella participaron solo 35 jinetes.

En cuanto a ello expresó nuestro Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz en su discurso pronunciado en la Velada Solemne por el Centenario de la caída en combate del Mayor General Ignacio Agramonte Loynaz, Camagüey, el 11 de mayo de 1973.

“Y si queremos saber cómo deben ser nuestros tanques en la hora del combate: ¡deben ser como la caballería camagüeyana de Ignacio Agramonte en el rescate de Sanguily!”

 Una anécdota nos revela en su plena dimensión la firmeza de principios del héroe camagüeyano:

Agramonte espera y confía. Tiene fe en la causa que defiende y no se agota su perseverancia.

Una tarde, en su campamento, acepta discutir el futuro de la guerra. Un oficial recién llegado no cree posible que pueda continuarse. No comparte, y lo dice, la convicción de Agramonte, que resta importancia a los reveses y cree ciegamente en que Cuba será libre, pues el Bayardo no admite la derrota ni en teoría.

El visitante lo escucha y mueve la cabeza en son de duda. ¿No está viendo usted lo contrario todos los días?. ¿Con qué recursos cuenta usted, General, para continuar la guerra?

Agramonte no demora su respuesta. Dice, rápido:

—¡Con la vergüenza!.

El Bayardo, como también fue conocido, tuvo dos amores que llenaron su corazón: Cuba y Amalia Simoni Argilargos, su esposa y madre de sus dos hijos: Ernesto y Herminia, a esta última Agramonte nunca la conoció.

Como jurista, participó en la redacción de la primera constitución de Cuba en Armas, la de Guáimaro y fue elegido secretario de la Asamblea Constituyente.

Con este hecho singular para la historia de la Patria, nace la primera República de Cuba en Armas, y se redacta la primera Ley de leyes, la cual consta de un preámbulo y 29 artículos. El texto constitucional proclamó la libertad e igualdad de todos los hombres, al abolir la esclavitud en Cuba, fijó los órganos de gobierno y reconoció la importancia de la lucha libertaria como vía necesaria para lograr la independencia.

Acerca de esa histórica asamblea y la aprobación de la primera constitución que rigió en el territorio cubano durante la guerra por la independencia en el siglo XIX el Comandante en Jefe Fidel Castro se refirió en varias ocasiones.
 
En 1968, por ejemplo, al hablar en la velada conmemorativa por el centenario del inicio de la guerra por la independencia de Cuba, efectuado en la otrora finca Demajagua el 10 de octubre de 1968 expresó: “En Camagüey los revolucionarios desde el primer momento proclamaron la abolición de la esclavitud, y ya la Constitución de Guáimaro, el 10 de abril de 1869, consagró definitivamente el derecho a la libertad de todos los cubanos, aboliendo definitivamente la odiosa y secular institución de la esclavitud.”  
 

Y en el precitado discurso del 11 de mayo de 1973 al rendir homenaje al Mayor General Ignacio Agramonte y Loynaz, , Fidel también señaló: “En Guáimaro, población liberada, se reunieron los representantes de Camagüey, de Oriente, de las Villas y de La Habana para organizar la República, para hacer una constitución, para establecer determinadas formas de gobierno, para conciliar los criterios opuestos. Y allí nació la histórica Constitución de Guáimaro, la elección del Presidente de la República, de un General en Jefe, y el establecimiento de una Cámara de Representantes.”
 
Además, Fidel se refirió a ese hecho el 15 de marzo de 1978 al conmemorarse igualmente el centenario de la Protesta de Baraguá:
 
“En medio de la guerra desarrollaron una Asamblea Constituyente, algo verdaderamente extraordinario y noble. De aquella Asamblea surgió una forma de república, un gobierno, una cámara de representantes. Y tal vez aquella forma de organización no era la más adecuada para organizar y dirigir la guerra. Pero en aquellos tiempos eran los conocimientos que ellos poseían, las ideas prevalecientes, y cada uno de aquellos hombres imaginaba estar cumpliendo con su deber revolucionario y patriótico de la forma más cabal.”

El respeto de Agramonte por Céspedes, pese a las diferencias, fue siempre irrestricto. Martí apunta que Agramonte era el único que, acaso con el beneplácito popular, pudo desafiar la ley y sin embargo la sirvió sin vacilación. Por eso para el Apóstol, Ignacio Agramonte nunca fue tan grande «como cuando al oír la censura que hacían del gobierno lento sus oficiales, deseosos de verlo rey por el poder como lo era por la virtud, se puso de pie, alarmado y soberbio, con estatura que no se le había visto hasta entonces, y dijo estas palabras: «¡Nunca permitiré que se murmure en mi presencia del Presidente de la República!».

Al comparar las personalidades de Céspedes y Agramonte, en su ensayo publicado el 10 de octubre de 1888 en “El Avisador Cubano”, en New Cork, expresa: «El extraño puede escribir estos nombres sin temblar, o el pedante, o el ambicioso: el buen cubano, no. De Céspedes el ímpetu, y de Agramonte la virtud. El uno es como el volcán, que viene, tremendo e imperfecto, de las entrañas de la tierra; y el otro es como el espacio azul que lo corona. De Céspedes el arrebato, y de Agramonte la purificación. El uno desafía con autoridad como de rey; y con fuerza como de la luz, el otro vence. Vendrá la historia, con sus pasiones y justicia; y cuando los haya mordido y recortado a su sabor, aun quedara en el arranque del uno y en la dignidad del otro, asunto para la epopeya. Las palabras pomposas son innecesarias para hablar de los hombres sublimes. Otros hagan, y en otra ocasión, la cuenta de los yerros, que nunca será tanta como la de las grandezas. Hoy es fiesta, y lo que queremos es volverlos a ver al uno en pie, audaz y magnífico, dictando de un ademán, al disiparse la noche, la creación de un pueblo libre, y al otro tendido en sus últimas ropas, cruzado del látigo el rostro angélico, vencedor aún en la muerte.

¡Aún se puede vivir, puesto que vivieron a nuestros ojos hombres tales!».

Resumiendo, en la conciencia cubana están grabadas dos categorías esenciales preconizadas por Agramonte, y que por cierto andan divorciadas en el mundo de hoy: ética y Derecho. Ambas solo pueden alcanzar plenitud de desarrollo cuando se articulan entre sí y orientan la acción popular en búsqueda de un mundo mejor.

En este sentido, baste decir que el alegato de Fidel en La Historia me Absolverá, da continuidad a la tradición de ilustres precursores de la talla de Carlos Manuel de Céspedes, Ignacio Agramonte y José Martí, ya que hicieron converger en la profesión de jurista los más nobles propósitos de libertad y de redención, acompañados de la acción para lograrlos.

Nuestro pueblo escogió el socialismo como la única posibilidad de garantizar el equilibrio social indispensable para gobernar, y lo hicimos porque con Agramonte, Céspedes y Martí aprendimos a creer en la vida futura y en la utilidad de la virtud.

Gracias al triunfo de la Revolución, hoy Cuba ya tiene lograda la independencia que tanto ansióIgnacio Agramonte. Los cubanos ya tienen su garantía de derechos: salud, educación, no discriminación… y tantos otros. Conforme a la nueva Constitución, las leyes se actualizan y el país se reforma para estar de acorde a los nuevos tiempos.

Cuando “El Bayardo” cayó en combate en Jimaguayú el 11 de mayo de 1873, entró para siempre en la historia de su Patria, la misma que reverenció como revolucionario, abogado y militar, pero, sobre todo, como cubano pleno.

Sobre la sabana quedó tendido su cuerpo, sus compañeros no pudieron rescatarlo, el enemigo quiso ocultar la luz que salía de su noble corazón, destruirlo mediante una hoguera, más no lo lograron, intentaron disimular su presencia en algún sitio oscuro, y no pudieron silenciar su inmenso legado que cobra cada vez mayor vigencia.

Dicho así, la interpretación del papel actual de los juristas cubanos, mucho tiene que ver con los designios de Agramonte proclamados aquel 8 de junio, que se extienden a los sentimientos de patriotismo,amor por la justicia y la independencia de nuestro país .

Fieles a esa valiosa herencia, los trabajadores jurídicos cubanos como parte de nuestro heroico pueblo, ¡avanzan hoy seguros por la gloriosa senda que trazara El Mayor!. 

fin

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