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Por: Elson Concepción Pérez

Cuando por motivos de trabajo periodístico pude oírlo conversar sobre temas de la agricultura y la ganadería, o del desarrollo hidráulico del país y la construcción de viales, y otros muchos tópicos, comprendí que un ser extraordinario estaba conduciendo los destinos de Cuba, luego de ganar la guerra contra la tiranía y emprender lo que llamó la tarea más difícil: “Hacer la Revolución”.

En Velasco, Holguín —conocido en aquellos tiempos como “el granero de Cuba”— escuché sus palabras a los productores del campo. Fueron muchas las preguntas que hizo a los cultivadores de granos, las advertencias para no abandonar aquel plan, preocupado por las variedades, el agua y los insumos necesarios en el cultivo.

Recorrer zonas agrícolas de Bayamo, Contramaestre, Guantánamo, y parte de Las Tunas, en su incansable andar para cimentar la obra en construcción, lo mismo en la ejecución de una presa, una derivadora, o un gran plan arrocero, fueron para mí, una parte fundamental en mi formación como periodista. Cada posibilidad de estar cerca del Comandante, de oírlo y  observarlo, de compartir la emoción que seguro tuvimos muchos, al convertirnos en partícipes comprometidos en escribir y llevar al pueblo tan extraordinarios momentos, desde el escenario de la noticia, donde estaba Fidel y se concretaba el proceso revolucionario.

Discutía con ingenieros, jefes de obra, con el mismo dominio del tema que lo hacía el proyectista, el constructor, o quien tenía que ver con la alimentación de los obreros.

En el puesto de mando del Yarey, cercano a Jiguaní, donde se daba seguimiento al desarrollo de la llamada Zafra de los diez millones, no pocas veces chequeó la vinculación entre centrales, la situación de la logística para el tiro de la caña, hasta que llegó el día de aquella reunión donde se le informó la imposibilidad de alcanzar la cifra prevista para la producción de azúcar de ese año 1970.

En otros muchos recorridos se le escuchaba hablar con los campesinos en un lenguaje coloquial, con hombres, muchos de ellos que no habían llegado a vencer el sexto grado, pero aceptaban el reto del líder y defendían con vehemencia su criterio respecto a un cultivo, a la cantidad de agua que necesita el tipo de planta que cosecha, o cuando dialogaba con los ganaderos —agrupados bajo la guía de Ramón Castro—para “fabricar” la tierra en lo que luego sería el Plan Ganadero Valles de Picadura, en la hoy provincia de Mayabeque.

Allí Fidel, con sabiduría y perseverancia chequeó una y otra vez el desarrollo de esa obra de gran envergadura, y lo hacía en medio del diálogo franco, respetuoso, con inmenso cariño por su hermano mayor, Mongo Castro, al frente del proyecto.

Qué decir de Fidel en el Contingente Blas Roca. La concepción de grandes obras viales, pueblos, hoteles, y otras, las llevó adelante en una batalla diaria, en la que resultaba muy difícil que pasaran varias jornadas sin que el Comandante no se apareciera por allí, lo mismo solo que con invitados muy especiales, y entablara con ellos, en presencia del jefe del contingente, Cándido Palmero, la más variada y animada charla que solía durar, no pocas veces, desde la tarde hasta entrada la madrugada.

Una vez fui testigo de una visita al Blas Roca con un alto dirigente de la entonces Unión Soviética. De allí salimos hacia Alquízar, pues Fidel quería llegar a casa de un “amigo campesino”, campeón en la cosecha de cebolla, para que el visitante lo conociera.

Ya en la vivienda de aquella familia, la señora brindó café a todos, en tazas que —advirtió— le había regalado Fidel “para cuando llevaran invitados por allí”.  El Comandante preguntó por cada uno de los hijos de aquella prolífera y feliz familia. Quiso saber de las 17 matas de café que le había enviado para cultivarlas en aquellas tierras llanas, y comprobar su desarrollo.

“Las sembraste todas”, inquirió el Comandante, a lo que el campesino respondió: “todas, Fidel”. No obstante, el líder optó por salir al sembrado cercano y contar una por una cada postura ya en proceso de crecimiento. “¡Todas se pegaron, pronto tomaremos de ese café!”, exclamó.

Un gran fotógrafo y amigo, Liborio Noval, me comentaba al regreso del recorrido: “Cada día que pasa, cada oportunidad que tenemos de reportar la presencia de Fidel en algún lugar, nos sorprende con su genialidad. Como Fidel no hay otro en este mundo”, enfatizó.

En mi caso, ese es el Fidel que conocí y conozco. Y con él, confieso, aprendí el periodismo que luego he hecho.

Lo recuerdo también en una de las secundarias en el campo de lo que era la antigua provincia de La Habana, reunido una tarde en la entrada del centro, con decenas de estudiantes, varones y hembras para que de aquel diálogo —parecido a una conversación entre niños— saliera la más sabia decisión de cómo serían los nuevos uniformes que usarían y todavía hoy usan, los estudiantes de la enseñanza media y media superior.

De ese diálogo, recuerdo, también salió el largo de la saya de aquellas adolescentes y jóvenes y el color más apropiado del uniforme que empezarían a vestir.

Luego, durante los años que participé en la Mesa Redonda, programa concebido por él y al que visitaba reiteradamente, debatía con los panelistas que allí nos encontrábamos, orientaba temas, corregía errores…

Recuerdo una tarde noche, en el ICRT, que estaba en una Mesa Redonda sobre la Unión Africana. Unos minutos antes de terminar el programa, Danilo Sirio entregó un discreto papelito a Randy, quien, antes de concluir el debate televisivo, nos advirtió que “teníamos una visita”.

Allí estaba Fidel, quien evaluó, uno por uno, el análisis de cada periodista participante. También aceptó que le pidiéramos su opinión sobre uno que otro asunto. Fue casi una hora de una verdadera conferencia magistral sobre política exterior y en especial la situación de África y la Unión Africana. Y todo, de pié, a la entrada del ascensor que daba acceso al estudio televisivo desde donde se transmitía la Mesa.

“Es un sabio, conoce de todo”, le dije a Juan Dufflar, panelista igual que yo, quien a la vez se veía emocionado por la valoración del jefe sobre nuestro debate.

Muchas veces pude constatar cuán periodista era Fidel. Cada Congreso de la UPEC, cada Pleno de esa institución, eran motivos más que justificados para escuchar y dialogar con el Comandante.

Fue crítico cuando así se requería, pero nunca oí una observación suya que no estuviera acompaña de la meditación, tras largo análisis sobre lo que decían o creían los demás.

Me vienen a la mente aquellas largas jornadas en el Palacio de las Convenciones, cuando presentaba a los periodistas sus ideas sobre la creación de los telecentros municipales. Ese proyecto no nació de la nada, Fidel lo concibió luego de debates muy intensos y oyendo a colegas, técnicos, directivos y —muy importante— las autoridades de los municipios que tendrían la satisfacción y la responsabilidad de contar con ese medio en su territorio.

Ese fue siempre el Fidel que catalogó a la prensa como “una artillería de vanguardia”, en un proceso difícil pero en el cual siempre creyó y al que se dedicó hasta el último día de su vida. Y que ahora también estimula como referencia obligada en tareas, éxitos, dificultades, errores, entre quienes constituyen la continuidad de la Revolución que concibió y construyó.

Tomado de CubaDebate

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