Razones de Cuba
Razones de Cuba

La gente no suele hablar en la calle de guerra cultural. No suelen hablar de ningún tipo de guerra, de hecho. Hay quien de solo escuchar las palabras imperialismo o subversión pone cara de cansancio, o inventa alguna excusa para escaparse. Parece un comportamiento sin mayores implicaciones, cuando en realidad refleja apatía o inconsciencia. Porque existen realidades que subyacen bajo la epidermis del tejido social, invisibles, pero nocivas.

La cultura, infravalorada en numerosas ocasiones, ocupa un lugar central en un terreno mucho más amplio, que incluye ámbitos como la política y la economía. Se trata de un blanco permanente para la agresión contra Cuba. Aunque no hablamos de un fenómeno reciente, los acontecimientos del último año ilustran cómo puede ser utilizada para influir en las percepciones sociales.

Bastaría con citar los espectáculos mediáticos asociados al Movimiento San Isidro, la articulación de artistas cubanos ꟷaunque todos no merecen esa denominaciónꟷ vociferando a favor del #SOSCuba o sucumbiendo a la tentación económica de Miami. El discurso gira alrededor de la supuesta falta de libertad de expresión en la Isla y la ineficiencia del gobierno reflejada en las instituciones culturales.

Si fueran silenciados, detenidos y asesinados por decir lo que piensan, como tanto afirman, ¿cómo es posible que articulen todas estas campañas de descrédito, muchas desde el propio terreno antillano? En las directas de Facebook y en otras redes sociales lucen perfectamente saludables, digo yo.

Esas mismas instituciones, perfectibles, como toda obra humana, han formado a gran número de los que hoy las critican, y convierten el capital humano en una de las grandes fortalezas de la Mayor de las Antillas. La avalancha de críticas no es para menos; los logros del sistema lo convierten en un generador de símbolos perjudiciales para la ideología hegemónica estadounidense.

Según el historiador y ensayista cubano Elier Ramírez, la guerra cultural “es aquella que promueve el imperialismo cultural, en especial Estados Unidos como potencia líder del sistema capitalista, por el dominio humano en el terreno afectivo y cognitivo, con la intención de imponer sus valores a determinados grupos y naciones”. Está asociada a los conceptos de guerra no convencional y de cuarta generación. 

El conflicto opera en el terreno de las conductas, las percepciones, los sueños, las costumbres, las expectativas y la cotidianidad de las personas. No puede garantizarse a través de instrumentos coercitivos, sino de la “manufactura del consenso”, señala el especialista en su artículo ¿Por qué se habla de guerra cultural?

“La dominación cultural ha sido una faceta infravalorada del poder global estadounidense ꟷdice Zbigniew Brzezinski, asesor para Asuntos de Seguridad Nacional del expresidente Carter, en su libro El Gran Tablero Mundialꟷ. Piénsese lo que se piense acerca de sus valores estéticos, la cultura de masas estadounidense ejerce un atractivo magnético, especialmente sobre la juventud del planeta. (…) Los programas de televisión y las películas estadounidenses representan alrededor de las tres cuartas partes del mercado global. La música popular estadounidense es igualmente dominante, en tanto las novedades, los hábitos alimenticios e incluso las vestimentas estadounidenses son cada vez más imitados en todo el mundo. La lengua de Internet es el inglés, y una abrumadora proporción de las conversaciones globales a través de ordenador se originan también en los Estados Unidos, lo que influencia los contenidos de la conversación global”.

Si también tomamos en cuenta la relevancia del mercado estadounidense, es fácil advertir el sinnúmero de ventajas para quienes deciden agradarle al Tío Sam. La industria cultural norteña es la mayor del mundo, y la política representa un tema candente, siempre en boga, capaz de visibilizar a cualquiera. Si no, véase el ejemplo de los influencers “apolíticos” en Cuba, que rompen esta condición solo para hablar mal del gobierno antillano o exaltar modos de vida extranjeros.

Quienes un día proclamaban en todas las tribunas su apoyo a la Revolución y su respeto al presidente, hoy vociferan en su contra, cambiando su casaca a la del bando más conveniente. Allí no existe verdad o convicción, sino un odio ajeno, crecido a la sombra de dólares o euros. La cultura verdadera, la identidad de un país, es obra de todos, y no se puede comprar.

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