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A decir verdad, no todos los asalariados del negocio de la contrarrevolución en Estados Unidos son como el personaje de esta historia: Orlando Gutiérez Boronat. Los hay que pertenecen también a la mafia de Miami en el gran negocio de la contrarrevolución, pero al parecer son menos abominables.

Este contrarrevolucionario abogó desde Estados Unidos por aplicar en Cuba la técnica criminal del Mayor Roberto D’Abuisson, el nefasto jefe de los Escuadrones de la Muerte que asoló al pueblo salvadoreño durante diez años.

Boronat nació equivocadamente en Cuba. No ha podido cambiarse el nombre cubano, ni tiene valor para venir a combatir por la causa que dice defender aquí, sin embargo, cuando le ponen delante un micrófono y una cámara de televisión le grita horrores a los revolucionarios de la tierra que lo vio nacer y (lo peor de todo) siente admiración por las atrocidades y torturas hechas personalmente, o dirigidas, por D’Abuisson, el verdugo y descuartizador más tenebroso de Centroamérica.

Orlando Gutiérrez Boronat es un cubano arrepentido de serlo y, que, por supuesto, cobra en dólares por ser contrarrevolucionario en Estados Unidos como «militante» del gran negocio de tratar de destruir a la Revolución Cubana.

Recientemente Boronat mencionó el nombre, el apellido, el grado militar, la nacionalidad y puso como ejemplo de inspiración o estandarte para atacar a Cuba, precisamente a Roberto D’Abuisson: «Hay que seguirlo a él para acabar con Cuba», sugirió con desfachatez inaudita.

El abominable hombre de las muertes

Al militar asesino que admira Boronat no hay mejor epíteto para definirlo que un nazi de nuevo tipo. Desde su juventud se propuso escalar posiciones para vivir mejor que todo el pueblo salvadoreño.

Oficial del Ejército de una tiranía brutal instalada en su tierra natal, se formó (¿Dónde si no?) en la Escuela de las Américas de Estados Unidos, en la que alcanzó el grado de Mayor. (¡El mayor asesino descuartizador de la América Central!).

Su historial de represión, tortura y homicidio, disfrazado de lucha antiguerrillera, le proporcionó el cargo de Jefe de la Inteligencia en la Guardia Nacional salvadoreña, aunque pronto renunció a tal responsabilidad con el perverso fin de construir una institución suya más brutal, horrenda y sanguinaria todavía, para asesinar revolucionarios de su patria y de toda Centroamérica: los escuadrones de la muerte, algo así como un laboratorio ambulante de fascismo hitleriano.

A partir de 1979 comenzó a demostrar que no tenía escrúpulos de ningún tipo para exterminar a miles de hombres y mujeres jóvenes, muchos de ellos que ni siquiera estaban vinculados con los guerrilleros, solo por la sospecha de que ayudaban a los luchadores clandestinos, sobre todo a los militantes de la Juventud Socialista y del Partido Comunista.

Era tan criminal, que cuando se marchó de la Guardia Nacional se llevó consigo la relación de los integrantes de la organización Andes 21 de Junio (institución pacífica de los maestros de todo el país), donde aparecían sus direcciones particulares, sus teléfonos y una buena parte de ellos fueron exterminados, bajo su orientación directa, muchos asesinados y descuartizados.

Al parecer enseñar asignaturas culturales resultaba para D’Abuisson una tarea comunista que debía ser castigada con la castración, la tortura, la extracción de los ojos, la aplicación de la picana eléctrica, y, por último, el asesinato y el descuartizamiento, su más experta técnica eliminatoria.

Otro de su pasaporte a la muerte

Tanto era la crueldad, el sadismo, la premeditación y la alevosía de los escuadrones de la muerte, que pusieron de moda, por indicación de su creador, un despreciable, grotesco, tenebroso y espantoso método: ¡el descuartizamiento de personas!

Para ello utilizaban un matadero que durante el día procesaba carne vacuna para la exportación hacia Estados Unidos, mientras por la noche desmembraba allí hombres y mujeres patriotas, vinculados o no con la lucha revolucionaria.

Su monstruosidad llegaba más lejos. Para que resultara imposible o sumamente difícil la identificación de los asesinados, dejaban sus despojos en lugares insospechados,  separados según su anatomía: cabezas, piernas y brazos, indistintamente.

Todo lo hacia y dirigía el Mayor D’Abuisson con determinado ocultamiento, hasta que por un elemental descuido de los homicidas ocurrió que un trabajador, después de preguntarse muchas veces por qué su puesto de labor no estaba como lo había dejado en la jornada anterior, encontró en la bandeja donde cortaba las piezas de las diferentes reses, ¡unos dedos humanos ensangrentados, cortados recientemente!

El crimen no cesaba, se registraban datos de 15 ó 20 asesinatos diarios, verdaderas masacres humanas. El jefe de tales escuadrones empleaba otros métodos más brutales aún, pues llegó a ordenar una mayor truculencia: meter la cabeza de un muerto en el vientre de otro, bien del esposo en el de la mujer o viceversa. Luego cosía las partes con pita, un alambre fino, o las ataba con un lazo, ¡acciones imperdonables y dantescas!

D’Abuisson era un verdadero orate, un verdugo, un salvaje, un sádico, un criminal tremebundo. Llevaba siempre una rebanadora de carne en su auto, y ante cualquier motivo se la aplicaba directamente al rostro de cualquier persona que considerara revolucionaria o simplemente no le resultara simpática.

Era un anticomunista acérrimo, al punto de creer que su principal tarea en la vida era combatir las ideas progresistas, de independencia, de soberanía, de antiimperialismo, de verdadera democracia popular y de libertad. Y cuando propuso el engendro de Los Escuadrones de la Muerte, le dijo al gobierno salvadoreño, a la Embajada yanqui y a la CIA: «Ustedes pongan el pisto, que yo pongo los muertos». ¡El pisto era el dinero!

Por eso nunca le faltó a montones. Y si sus crímenes no pudieron ser más numerosos que los de los campos de concentración hitlerianos fue porque en Europa había más personas que en El Pulgarcito de América, como por su pequeña extensión se le llamaba cariñosamente a El Salvador.

Ese es el tipo de adoración que siente Orlando Gutiérrez Boronat, el mafioso anticubano que intenta agitar las aguas de la contrarrevolución en Cuba. Es «un ejemplo a imitar para destruir a la Revolución cubana», bufa a los cuatro vientos.

Nada, que podría parafrasearse aquello de dime a quien admiras y te diré quién eres.

Tomado de Juventud Rebelde

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