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Por Cor. (r) Tomás Gutiérrez González (*)

Para fines de la segunda quincena de octubre de 1975 la guerra civil que se había desatado por las organizaciones reaccionarias del FNLA y la UNITA en Angola, luego de la ruptura de los acuerdos de Alvor, presentaba un complejo panorama para el MPLA, las FAPLA y las fuerzas revolucionarias angolanas.

El MPLA mantenía el control de la importante región de Luanda y de las provincias al este del país, con las principales vías de comunicación que las unían a estos territorios y varias localidades aisladas en el centro y sur. Además las FAPLA habían iniciado una ofensiva hacia el sur que en varias semanas había logrado recuperar todas las ciudades de la franja costera hasta la frontera con Namibia.

El FLNA tenía en su poder las provincias del norte angolano, con el apoyo de tropas regulares de Zaire, y hacía denodados esfuerzos por ocupar diferentes posiciones en la carretera que une a Luanda con Saurimo al este, con el propósito de cortar la comunicación terrestre con ese importante baluarte revolucionario en manos de las FAPLA. 

La UNITA controlaba varias provincias y ciudades del centro del país, con su “capital” en Huambo, segunda ciudad en importancia de Angola, y a fines de octubre mientras, las FAPLA desarrollaba una ofensiva para recuperar dicha ciudad, esta quedó interrumpida al iniciarse por Sudáfrica la invasión del territorio angolano, contando con el consentimiento de Savimbi, con quienes abiertamente comenzó a colaborar. 

El gobierno de los Estados Unidos desde principios de 1975 brindó ayuda a los adversarios del MPLA, e hizo entrega de grandes sumas de dinero y armas al FNLA, la UNITA y el dictador Mobuto, para entrenar por su ejército regular en territorio de Zaire a las fuerzas de ambas organizaciones contrarrevolucionarias y apoyar desde el norte las acciones contra el MPLA.

Esta operación fue ejecutada por la CIA y estuvo bajo la directa dirección del secretario de Estado yanqui, Henry Kissinger, principal rector del denominado “Comité de los 40” a cargo de la organización de las operaciones encubiertas. En total la CIA empleó no menos de 81 millones de dólares en armas a bajo costo y dinero en efectivo para financiar la agresión a Angola desde el norte e instó y estimuló al gobierno de Sudáfrica para invadirla por el sur.   

En el sector de Luanda, se observaba un intenso movimiento de vehículos, sobre todo nocturno, pero en general existía una relativa calma, luego del combate de encuentro ocurrido en horas de la mañana del día 23 de octubre en las inmediaciones de Cerro de Cal, al norte de Quifangondo, que fue seguido, en horas de la tarde de ese mismo día, por otro ataque que perseguía el objetivo de desalojar a las tropas las FAPLA que ocupaban posiciones defensivas en esa dirección, y que fue rechazado con fuego de artillería y morteros que le ocasionó múltiples bajas.

A finales de octubre la columna sudafricana, a partir de las posiciones ocupadas en el complejo hidroeléctrico en Ruacaná-Calueque en la frontera con Namibia, había logrado avanzar más de 600 kilómetros dentro del territorio angolano en dirección a Luanda, sin encontrar fuerzas de las FAPLA en capacidad numérica y técnica de oponerle una resistencia organizada, y se acercaba peligrosamente a la ciudad de Benguela.

El Centro de Instrucción ubicado en Benguela recibía informaciones imprecisas sobre acciones de guerra en otras regiones y el avance de la poderosa columna sudafricana por el sur, pero no poseía información detallada ni los compañeros del MPLA podían ofrecerlas.

El CIR había intentado obtener información del adversario mediante la exploración con el empleo de un grupo de manera priorizada en el sector sur, pero sin obtener resultado alguno. La dirección del centro de instrucción no estaba en capacidad de realizar una eficiente y profunda exploración al frente y flanco este de sus posiciones, al no disponer de las fuerzas y medios que le permitiera tener un conocimiento más claro sobre el enemigo y solo recibía noticias imprecisas que trasmitían civiles que huían de sus atrocidades, por lo que dada la gravedad del asunto informaron de inmediato de la situación a la jefatura de la Misión Militar  de Cuba en Angola (MMCA).

Durante el transcurso del 30 de octubre acudió personalmente al campamento el propio jefe de la MMCA, primer comandante Díaz Arguelles, y en reunión con la dirección del centro de instrucción analizó la situación existente y decidió que uno de los dos batallones que allí se preparaban, “…saliera al encuentro del enemigo, chocara con el lo más lejos posible de Benguela para mantener el espacio operativo y mediante el combate, impedir o retrasar, al menos, su avance y así llevar a cabo la exploración”.  (Pie de página: Al encuentro de lo desconocido, Gonzalo del Valle Céspedes, Ediciones Verde Olivo, Ciudad de La Habana, 2005, pág. 33)

Al siguiente día el batallón No. 2 marchó a cumplir su misión en composición de una plana mayor con tres oficiales, dos compañías de infantería con cerca de 100 alumnos cada una,  un pelotón de morteros 82mm y otro de cañones antitanques 75mm sin retroceso, ambos con 3 piezas. En total participaban 16 instructores cubanos.

La unidad había sido formada en alrededor de dos semanas y estaba integrada por jóvenes soldados, disciplinados, hábiles en el manejo de las armas y motivados, que a pesar del poco tiempo disponible venció el programa inicial de preparación del soldado, con prioridad en el tiro, la preparación táctica e ingeniera y había logrado un nivel aceptable de cohesión.

Luego de recorrer cerca de 100 kilómetros al sur de Benguela, el jefe del batallón, Gonzalo del Valle, detuvo la marcha y en una elevación dominante a un kilómetro al norte de Catengue, organizó la defensa y preparó las condiciones para esperar al enemigo.

Al amanecer del día 1 de noviembre apareció la columna sudafricana al sur del poblado abandonado por sus pobladores. Era una agrupación de tropas del ejército regular de África del Sur en composición de hasta una brigada reforzada con tanques AML, morteros y artillería con cañones de 140mm.

Al aproximarse a Catengue, hicieron nutrido fuego contra el poblado deshabitado y tras ocuparlo se reorganizaron para continuar rumbo norte. Al momento de iniciar la marcha con sus tanques y camiones cargados con tropas, recibieron una descarga de granadas de morteros y fuego de infantería de la compañía angolano-cubana ubicada en el primer escalón de la defensa.

En los primeros momentos la sorpresa los paralizó y solo atinaban a lanzarse a ambos lados de la carretera para protegerse. Transcurridos más de media hora comenzaron a hacer fuego con morteros y tanques y se entabló un prolongado duelo entre ambas fuerzas.

Unas horas después, una parte de la unidad sudafricana, maniobrando por un flanco con fuerzas mecanizadas salió a la retaguardia del batallón, sorpresivamente penetró en su dispositivo defensivo y logró desarticularlo, lo que le permitió continuar su ofensiva hacia el norte, hasta ser detenido definitivamente por las tropas angolano-cubanas varios días después a las orillas del río Queve, en la provincia de Cuanza Sur.

Los novicios combatientes angolanos con sus instructores cubanos libraron el primer combate contra fuerzas regulares del ejército de Sudáfrica de manera disciplinada y con honor, hasta donde les fue racionalmente posible, frente a un adversario muy superior en efectivos, en calidad y cantidad del armamento y la técnica, con mayor experiencia combativa y conocimiento del teatro de operaciones militares.

A pesar que la acción les fue favorable al poder darle continuidad a su plan de guerra, el ejército racista sudafricano recibió una inesperada resistencia y se vio obligado a enfrentar un combate prolongado en el que sufrió numerosas bajas en su tropa y técnica de combate lo que debió haberlo hecho meditar que su propósito de entrar en breve tiempo y sin muchas dificultades a Luanda les resultaría, en lo adelante, una tarea difícil.  

(*) Organización de base UNHIC, General de División, Manuel Fernández Crespo, Centro de Investigaciones Históricas de la Seguridad del Estado.

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