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Por: José Julián Díaz Pérez

Buenos días a todos,Hace apenas dos días, después de más de año y medio, se volvieron a llenar, en la medida que esta pandemia lo permite, las aulas de nuestra universidad. No sabíamos en marzo del 2020 la titánica tarea que se avecinaba, ni, en medio del dolor de las pérdidas humanas, toda la experiencia que nos traería esta pandemia.

Suele haber en el imaginario, sobre todo de los profesionales, una suerte de vida preconcebida, regida de cierto modo por un esquema de felicidad o realización personal, que, de tan natural, poca gente cuestiona al menos para justificarlo. Y hablo de esto, en la medida en que creo que no ha sido este un año perdido. Al menos partiendo de lo innegable de la realidad, ha sido también una oportunidad de crecimiento.

La historia de Cuba y su Revolución tiene muchos momentos así, en los que hemos tenido que decidir entre esa realización profesional y donde está el deber, algunos con la suerte de la coincidencia.

Tenemos que pensar en las guerras de liberación o momentos como la campaña de alfabetización y la Zafra de los 70, donde todo un pueblo se volcó en función de una tarea mayor, una pausa en lo tradicional para construir el hito. Y es que, aunque esta pausa en la normalidad haya trascendido la voluntad, solo esta tremenda voluntad, como de un rayo de sol, lograría que del madero muerto saliese volando un ave de oro.

Desde muy temprano llegaron los centros de aislamiento, y en el temor inicial del virus, porque la proeza está en sobreponerse al miedo, respondieron los jóvenes al llamado del país. Fueron llegando también otras tareas como el envasado de hipoclorito acá en la UH y los trabajos productivos, pero sobre todo la mensajería en los SAF, fue una tarea que nos permitió, a muchos jóvenes universitarios, tocar de cerca las complejidades diversas que afrontan los sectores más vulnerables en la capital. Historias que cultivaron en nosotros la necesidad de involucrarnos en la transformación de aquella realidad.

La dirección del país nos encomendó entonces dar seguimiento y diagnóstico a los SAF. Fuimos redescubriendo eso que ya algunos estudios conocían, este problema trascendía el sistema de atención a la familia. Se comenzó a hablar con fuerza de la necesidad de profundizar el control popular, de revivir esas estructuras que trazan el eje del poder del pueblo y su realización humana.

La pandemia fue agudizando realidades, y mostrando la urgencia en cambiar el curso de vida de aquellos a los que no estaba llegando la vocación inmensa de justicia social de la Revolución. En esta lucha constante por la supervivencia y el desarrollo, en esta lucha contra el sistema mundo y su vórtice a solo 90 millas, descuidamos el centro mismo de la Revolución, los más humildes. Y con la vergüenza tremenda que trae consigo el ser revolucionario, y con la crítica de que partimos tarde, emprendimos la tarea primera de sembrar futuro.

Buscaba, y busca, cínicamente la contrarrevolución capitalizar las carencias pendientes, cínicamente porque no hay otro camino para la justicia social que no sea el socialismo, no hay otro camino para la emancipación y desarrollo total del hombre y la mujer que no sea al horizonte comunista. Y creo es ahí donde debemos poner el empeño los revolucionarios, nuestra disputa está en el pueblo, nuestra victoria en la capacidad de sembrar la esperanza, la fe, no solo en los revolucionarios sino en su Revolución, en entendernos todos como protagonistas de esta tremenda gesta por un porvenir inédito.

Vamos soñando el barrio, nuestros barrios, sus casitas, sus calles, su cultura, su gente, y en ese entramado vamos creciendo también la FEU y la Universidad, sumándonos al trabajo de las organizaciones barriales, de la UJC, el partido, el gobierno, engranando entre los emprendedores de la buena voluntad.

Articulándonos entre vecinos, en nuestros municipios, con la cederista o el delegado, esparciéndonos, como verdes gestores de la cultura, de la ciencia, del desarrollo, del poder popular. Van madurando estas ideas en una nueva comisión del secretariado de la FEU de la Universidad, va creciendo con el buen síntoma de su permanencia en el tiempo, de la constancia, de la transformación real.

Y es que la realidad, en su complejidad enorme, requiere de articulación para sortear las complejidades del camino, pero nuestra meta como generación naciente deberá ser la de ser mejores cederistas, mejores delegados, mejores militantes, en busca siempre de la utilidad de la virtud.Llegando a los que nos reúne hoy aquí, tiene la FEU también el inmenso honor de ser protagonista de esta universidad popular José Martí, expresión acabada de esa articulación, ejemplo máximo de la utilidad de la virtud.

Retomando la esencia martiana del conocimiento como oportunidad constante de crecimiento, trocando la suerte de estatus que ilustran los títulos en sed popular.Una suerte gigante me ha tocado hoy, sirviendo a nuestra organización casi centenaria, al acompañar a la cariñosamente jefa, nuestra rectora Miriam de la universidad de la Habana, en esta reedición de la universidad popular José Martí, con la responsabilidad tremenda de su nombre y de su precursor.

Con la garantía de su conducción, y el apoyo y la buena voluntad de los presentes y los que servirán a este impulso emancipador de Julio Antonio, podrá ser esta una nueva luz a esa universidad que soñamos, de los humildes, con los humildes y para los humildes.

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