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Estados Unidos y sus aliados europeos olvidan que Moscú no cree en las lágrimas de quienes lloran por su respuesta, como ante la provocación tejida en el caso del bloguero pro yanqui Alexei Navalni, copia del método empleado contra Venezuela con Juan El Títere Guaidó.

La fabricación de Navalni es muestra del desespero que tiene occidente por desestabilizar a la administración de Vladimir Putin y en ese contexto, obligar a la República alemana a romper el contrato para la construcción del gasoducto, al que se opuso Estados Unidos desde un inicio.

Una muestra de la estrategia diseñada para aumentar las sanciones europeas contra Rusia y reforzar la imagen de “régimen represor” que pretenden fabricarle, fue la reciente visita al Kremlin de Josep Borrell, Alto Representante de la Unión para Asuntos Exteriores, a fin de solicitar la liberación del bloguero opositor, en franca e inaceptable injerencia en los asuntos internos de Rusia, lo que ningún país europeo le permitiría a Moscú, si solicitaran algo similar.

Prueba de que el interés pretendido es perturbar el orden interno ruso, fue la participación de la embajada yanqui y oficiales CIA, en la estimulación a las marchas de protestas, instigando a los jóvenes a salir de sus casas para reclamar la liberación del opositor, financiado con dólares estadounidenses, así como la participación de diplomáticos de Polonia, Alemania y Suecia en las reuniones ilegales del 23 de enero efectuadas en Moscú y San Petersburgo, acciones inaceptables e incompatibles con el estatus diplomático, en total violación de la Convención de Viena de 1961.

Esas acciones injerencistas son usuales entre los diplomáticos estadounidenses y europeos en Cuba, donde se reúnen con contrarrevolucionarios para orientarlos, abastecerlos y darles respaldo político.

Moscú, ante esa provocación decidió la expulsión inmediata de varios diplomáticos, recordándole a los europeos que no habrá concesiones de principios, ni se tolerará injerencia en sus asuntos internos, como prueba de que las sanciones y el show mediático construido con el favor de la prensa occidental, no los atemoriza y Rusia tiene que ser respetada.

El doble rasero de la posición europea está en la diferencia de respuestas entre la detención de Julián Assange, por las autoridades británicas, y Navalni, pues el periodista australiano sufre todo tipo de arbitrariedades legales, está confinado a una celda de aislamiento a pesar de su precario estado de salud, el espionaje sufrido durante su asilo en la embajada de Ecuador en Londres y la posibilidad de ser extraditado a Estados Unidos, donde posiblemente lo espere la muerte.

¿Por qué la Unión Europea no reclama la liberación de Assange, como hacen con el opositor ruso? ¿Cuándo visitará Borrell a Londres para tratar ese tema que requiere de una rápida intervención, por la delicada salud del detenido?

¿Dónde están los diplomáticos europeos que no presionan al Reino Unido para exigirles su pronta liberación?

Con sinceridad y valentía, el ministro de Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, le recordó a Borrell que antes de meter sus narices en Moscú, debería ocuparse de los presos independentistas catalanes, acusados de sedición en España, por solo organizar un referéndum, con el fin de alcanzar la vieja lucha por la independencia de Cataluña y a pesar de que los tribunales de Alemania y Bélgica fallaron en contra de sus sanciones, la justicia española se niega a ponerlos en libertad.

En un intento fallido de presionar a Rusia, Borrell le recordó a Lavrov que la UE es el primer socio comercial de Rusia, aunque para suavizar el chantaje, añadió que, a pesar de las importantes diferencias, hay muchos asuntos en los que pueden trabajar juntos, no obstante estar las relaciones entre Bruselas y Moscú, en un punto bajo, omitiendo que la responsabilidad es únicamente de los que se oponen a reconocer la independencia política de Rusia y aspiran a someterla a través de sanciones económicas, al mejor estilo yanqui.

Es evidente que las presiones contra Rusia no están ligadas al partido Republicano o al Demócrata, es un odio visceral por su sistema político, el que Washington nunca tolerará y así lo indican las más recientes declaraciones de la Administración Biden, en las que criticó duramente la represión en Rusia y le señaló directamente al presidente Vladimir Putin:

“El tiempo en que Estados Unidos se sometía a los actos agresivos de Rusia (…) ha terminado y la administración luchará contra el deseo de Rusia de debilitar nuestra democracia”.

La misma retórica imperial y amenazadora de siempre.

Sin embargo, ni Washington ni Bruselas condenan a Paris por las salvajes represiones y encarcelamiento de los trabajadores con chalecos amarillos, que protestan hace más de un año por mejoras en su nivel de vida.

Tampoco Borrell mencionó las actuales represiones policiales y el encarcelamiento de quienes, el pasado 30 de diciembre, participaban en una de las habituales concentraciones junto a la casa de vicepresidente segundo del Gobierno, Pablo Iglesias y de la ministra de Igualdad, Irene Montero.

Todo hace pensar que los yanquis y europeos aplican el principio de “Haz lo que yo digo, pero no lo que hago”.

Quizás con el ánimo de subrayar los puntos de contacto que aún existen entre la Unión Europea y Rusia, y dar fin a su visita en un tono menos tenso, Josep Borrell pidió públicamente a Estados Unidos, retirar a Cuba de lista de patrocinadores del terrorismo, aunque este no fuese el verdadero objetivo de sus conversaciones con Lavrov.

Sabio fue José Martí cuando afirmó:

“Levantarse sobre intrigas, es levantarse sobre serpientes”.

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