Foto: Internet

Cada día, de espaldas sobre la cama, Moisés Rodríguez Quesada se preguntaba en qué se había convertido. En el cobijo de la soledad de la habitación, por fin podía ser él mismo.

―Tienes que comportarte igual a ellos, asumir un personaje―dice ahora, al recordar todo el tiempo de trabajo encubierto―. En dependencia de esa capacidad, obtienes resultados. Lo único que no te puede traicionar es el corazón, si quieres avanzar y cumplir la misión. Asumir eso es de las cosas más difíciles.

Parece un hombre muy sencillo. Lleva a cuestas el viejo hábito de no querer llamar la atención, la pericia de cumplir su tarea en silencio. Habla poco y de forma pausada. Prefiere empezar a contar su historia desde el principio:

―Provengo de un hogar cristiano. Mi padre nunca quiso que yo fuera pionero. Para acceder a la Lenin tuve que ponerme la pañoleta a escondidas el último día de clases. Mi madre sí me ayudó. La escuela tuvo un gran papel en mi formación de valores―rememora.

El instituto vocacional marcó una etapa muy importante de su vida. Allí conoció amigos muy estimados y vivió experiencias imperecederas. Precisamente de aquel lugar surgió el seudónimo por el cual lo llamarían como agente de la Seguridad del Estado cubana: Vladimir.

Tras su paso por aquella institución, se encontraba cursando la carrera de ingeniería mecánica en la Universidad Tecnológica José Antonio Echeverría cuando su vida tomó un giro inesperado:

―En 1980 es creado el Comité Cubano Pro Derechos Humanos, dirigido por Ricardo Bofill Pagés y Elizardo Sánchez Santa Cruz-Pacheco. Por los antecedentes de un familiar mío que había ido preso por vínculos contrarrevolucionarios en la iglesia Bautista, me insertan a mí en este proyecto. Voy a la cárcel con Bofill y Sánchez, donde comparto la creación del grupo. Pasé 2 años con estas personas, como si fuera un preso más. Luego salgo, con Bofill, y comienzan los primeros coqueteos con los oficiales de la CIA en la Sección de Intereses de Estados Unidos en La Habana.

Moisés Rodríguez continuó su labor como trabajador de la aduana, tras los años al servicio de la Patria. En la foto: trabajadores de la entidad junto a Rodríguez y Raúl Capote, en 2019. Foto tomada del perfil de Facebook de la Aduana General de la República.
Moisés Rodríguez continuó su labor como trabajador de la aduana, tras los años de servicio a la Patria. En la Foto: trabajadores de la entidad junto a Rodríguez y Raúl Capote, en 2019. Foto tomada del perfil de Facebook de la Aduana General de la República

Entre los proyectos subversivos del gobierno estadounidense en la década de los 80 hacia la Mayor de las Antillas, se encontraba sembrar el germen de una disidencia similar a la de los países de Europa del Este. Con ese fin, comienzan a contactar dentro del país con personas asociadas en el pasado a proyectos oficiales, que albergaran algún tipo de resentimiento contra el poder revolucionario.

―En el caso de Elizardo, se trataba de un profesor de la Universidad de La Habana, expulsado por sus actividades contrarrevolucionarias ―cuenta Moisés―. El gobierno norteamericano ve en ellos los futuros líderes de grupúsculos en Cuba. Como el tema de los derechos humanos siempre ha sido un arma utilizada, ellos deciden dedicar al tema al primer grupo contestatario, para después lanzarlo como oposición política.

Moisés trabajó con el cabecilla contrarrevolucionario Elizardo Sánchez durante 20 años. Foto: EFE

Mientras Sánchez terminaba su periodo tras las rejas, Moisés trabajó junto a Bofill. Cuando el cabecilla salió de prisión, tres años después, comenzaron los problemas con la distribución del financiamiento. Ocurrió una ruptura dentro de la organización contrarrevolucionaria. Quedaron segmentados en dos grupos, y Rodríguez pasó a colaborar de cerca con Elizardo Sánchez, como vicepresidente de la Comisión Cubana de Derechos Humanos y Reconciliación Territorial. Tenía solo 24 años.

A los 20 “uno no tiene la mentalidad política suficiente para discernir entre lo bueno y lo malo, pero sí una serie de inquietudes que pudieran incidir a la hora de tomar una decisión”, dice refiriéndose a sus inicios como agente. Al marcharse Bofill Pagés del país, en la misma década de los 80, Sánchez quedó a la cabeza de la articulación anticubana a nivel nacional.

―Llegó a ser el centro de la contrarrevolución interna en el país. Estuve al lado de esa persona durante 20 años, hasta que en 1999 viajé a Estados Unidos, también por trabajo―refiere―. Era una casa donde iban a parar los líderes de los proyectos contrarrevolucionarios de toda Cuba. Cuando empecé, visitaba ese lugar, pero después me iba para mi casa. Pensaba: “Allá soy un contrarrevolucionario, pero aquí no tengo que hablar así”.

El ex agente cubano viajó a Estados Unidos con fondos provenientes de la contrarevolución. Foto tomada del Granma

Vivir lejos del núcleo reaccionario dificultaba su conocimiento sobre lo acontecido allí. Cuando se mudó para la residencia de Elizardo, para reforzar su labor de agente, debió asumir su papel de disidente a tiempo completo. El cambio se tradujo en un importante costo psicológico y familiar. A menudo se preocupaba de perderse a sí mismo:

―Cuando hacía contacto con mi oficial, era el único momento en que conversaba con una persona que pensaba igual que yo, que podía refrescar y la salir de un discurso ajeno al mío―agrega.

La familia significó el primer desafío a la hora de asumir la vida de agente. Su madre trataba de alejarlo de los antecedentes de la parentela. Luego, los hijos:

―Son la primera prueba fuerte en este trabajo, porque engañas a lo más noble, a lo que más te quiere. Llega a un momento perteneces más al trabajo que a ellos. Por ejemplo, debí vivir en casa de Elizardo por 9 años. Tuve que abandonar a mis hijos. Esos son los golpes más duros.

Para Moisés, uno de las decisiones más dificiles fue vivir alejado de sus hijos. Foto tomada del Granma

También estuvieron los antiguos amigos. Muchos compañeros de la Lenin no quisieron mantener ningún tipo de relación con él tras la sanción penal. En ese entonces tenía solo 22 años y un ansia voraz de reinsertarse en la sociedad, recuperar la camaradería de antaño. “Cuando cumplías condena por temas vinculados con la contrarrevolución, en aquella época había mucho rechazo», recuerda, con un lamento apenas oculto en la voz.

En el 2011, Moisés Rodríguez dio su testimonio junto a Carlos Serpa, en la denuncia Peones del Imperio, de Razones de Cuba. Con la desclasificación vino el fin de casi tres décadas de trabajo como agente, de un largo camino de renuncias.

―Yo nunca pensé que mi identidad iba a revelarse de esa manera ―confiesa―. A finales de 2009, principios de 2010, me informaron acerca del final de mi misión, porque cuando regresé de EE.UU. seguía vinculado a grupos contrarrevolucionarios. Los norteamericanos me habían pedido que hiciera una biblioteca independiente.

Junto a Carlos Serpa Masiera, ex agente Emilio, compartió el capítulo Peones del imperio, de la serie televisiva Razones de Cuba

Mientras su familia contenía la emoción al ver el programa televisivo, aquella noche de febrero, Moisés pensaba en la inevitable irreversibilidad del tiempo, en cuánto quiso darles a sus hijos, pero no pudo:

―Son momentos que no puedes volver a vivir, sobre todo cuando te gustaría participar en la formación. Lo mismo que aprendí yo, lo quiero mejor para ellos. Porque si el enemigo ve la enseñanza de valores revolucionarios, no creo que vayas a estar mucho tiempo haciendo este trabajo.

Desde hace más de una década se vienen articulando los planes subversivos que hoy se llevan a cabo contra Cuba, explica Moisés.

Ahora han pasado diez años. Reflexiona sobre la importancia de Las razones de Cuba y su vigencia en la hora actual del país:

Inició un periodo de definición ideológica. En el 2011 existía un cúmulo de acciones inescrupulosas de injerencia abierta en los asuntos de Cuba, de EE.UU. y un conjunto de países a su servicio.  Esa fue la primera razón de la denuncia, el escenario de política hostil. Fue una alerta a la sociedad, sobre todo a la juventud, de la seriedad de los planes contra la Revolución. El gobierno estadounidense puso fecha en la década del 90 para el fin del sistema cubano. Al no suceder, coquetearon con nuevas estrategias y programas en los 2000. La denuncia fue el preámbulo de lo que hoy quieren aplicarle a Cuba.

Cuando pensaba en cuánto tiempo había pasado sin vislumbrar un fin para la senda de sacrificios, le ayudó saber el peso de su labor. Se alzó sobre las pérdidas y fue de los tantos brazos que llevan sobre sí un país. “El antídoto es pensar que lo que estás haciendo es necesario―explica, con la voz cargada de convicción―. Cuando conoces a estas personas y ellos dice sus propósitos contra tu Patria, contra tu tierra, ese es el principal alimento para continuar”.

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