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No son todos. Por suerte la mayoría se mantuvo lejos de todo esto. Pusieron –pusimos- el amor y la amistad por encima de la tormenta, y seguimos volando alto, muy alto, unidos en la distancia.

Pero algunos de nuestros hermanos, primos, parientes y amigos nos han ofendido de la peor manera; han llenado de odio, calumnias, sangre pintada de mal gusto, y hasta con algunas medias y dolorosas verdades –de esas que a veces nos guardamos por respeto- las pantallas de Facebook, Messenger y WhatsApp.

Eran, hasta hace muy poco, las mismas vías de comunicación por las que compartíamos fotos familiares, anécdotas de paseos aquí y allá, felicitaciones y buenos deseos por cumpleaños y éxitos, poemas de amor, canciones que aprendimos juntos, chistes de risa fácil, preocupaciones y planes comunes: “Nos vemos el mes que viene, ya te compré la botella de whisky”… “Y yo ti la de ron Santiago, esa que tanto te gusta”.

Así, frescos y felices, llegaban cuando podían a Cuba. Era fácil darse cuenta que habían comprado ropa nueva para el viaje, tenis con las suelas relucientes, relojes grandes y vistosos, gorras de los Yanquis de New York aún sin sudar… Fuertes aquellos abrazos en el aeropuerto, lágrimas escapadas entre risas. Y rápido las primeras cervezas cubanas. “Como la Bucanero ninguna, llevo dos años soñando con una”.

Guardábamos para ellos las mejores sábanas de casa, el cuarto más fresco, la gorra de los Industriales que Malleta les dedicó en el Latino. Fiestas, anécdotas, paseos. Sus vacaciones eran las nuestras. La playa, hasta Varadero algunas veces, un lujo que compartíamos como la familia feliz que éramos. Y los regalos, nunca faltaron los regalos. Sabíamos que no eran ricos, que trabajaban muchísimo el año entero. Nunca les pedíamos nada, cuando insistían, siempre advertíamos que fueran cosas baratas, que mejor el dinero lo disfrutábamos juntos aquí. Claro que agradecíamos de corazón cualquier gesto de amor por pequeño que fuera.

Con los amigos era similar, pero más ilustrativo. Te llamaban un día: “Caballón, estoy en Cubita la bella, ven pacá pa meterno unos buche”. Con ellos te adentrabas en otras historias. Entre trago y trago, te contaban de sus andanzas, de cómo se burlaban del sistema. “De los rubios, son medios bobitos. Hubo una época cuando un socio y yo nos dedicábamos a lo de los accidentes. Vigilábamos hasta que veíamos a una vieja o un viejo en un buen carro. Dábamos un frenazo y nos dejábamos chocar por detrás; y de ahí pal hospital que tú conoces, y allí otro socio, un cubano, nos ponía el certificado por lesiones. Al final todos cobrábamos y nos repartíamos el dinero del seguro.”

Otro buen socio, ron mediante, confesaba cómo le tendieron una trampa, “una jebita, una yumita pa comérsela, en una esquina con el carro roto, el capó levantao, cayendo la noche. Yo venía de la pincha y me bajé de la camionetona de la empresa; me pongo a decirle cositas lindas, ná, pa llevármela… Y de pronto la muy cabrona saca una placa de policía y el patrullero dobla la esquina… Me acusaron de no sé qué, en inglés, yo no entendía ni papa, el abogado me dijo que no importaba, que salía mejor si decía que sí con la cabeza, y ya. Me metieron una multona y un mes de trabajo comunitario, me jodieron, compadre. Pero bueno, aquí estamos, brindemos por las cubanas, que esas sí son las que son…”

Y así, año tras años, todos no venían siempre, ni a la vez. Las despedidas eran lo peor, porque no sabíamos cuándo nos volveríamos a ver. Más bello aún, más duro, cuando tu hermano momentos antes de salir de la casa, se quita el relojón, los tenis, la gorra de los Yanquis, coño, y te lo pone todo sobre la cama. “Brother, eso es pa ti, yo sé que no te gusta mucho, pero si algo: lo vendes”…

Y de nuevo regresábamos a Facebook, a WhatsApp, al Messenger. A joder, a reírnos, a contarnos las buenas y las malas. Nunca, nunca, dejamos de despedirnos de ninguno de ellos sin reafirmar –con mayor fuerza y cariño después del inicio de la pandemia-: “cuídate, cuídense mucho por allá.”
Pero todo cambió el 11 de julio. De pronto algunos de ellos comenzaron a cambiar el tono de sus publicaciones en las redes. La política de quienes nunca habían hablado de ella ocupó el lugar del amor. El irrespeto y el rencor sacaron de la nada sus peores rostros. Del lado de acá, todavía anonadados por lo sucedido en nuestras calles, frente a nuestros propios ojos, solo atinábamos a dar respuestas de reafirmación de los mismos principios de siempre.

Alguien comentó que en pocas horas las posiciones entre los cubanos de aquí y de allá llegaron al punto de estar tan polarizadas, que no nos dimos cuenta del momento exacto cuando dejamos de entendernos.

Asombrado de sus publicaciones en las redes, jamás respondimos a ninguno de ellos con saña, con muchos tratamos de razonar, pero al final caímos en la trampa, reaccionamos, protestamos, y también bloqueamos a los que no detuvieron sus ataques personales o colaterales. Y la guerra que nos inventaron otros cobró como primera víctima todos aquellos años de cariño y comunicaciones cercanas.

De las redes y sus algoritmos mucho se ha explicado y publicado en Cuba, algo aprendimos aquí. Pero da la impresión de que estas cosas no son bien entendidas más de allá del Atlántico, hacia los cuatro puntos cardinales.

Respondiendo a muchos de ellos, que aún hoy nos exigen: “respétame, eso lo publiqué en mi muro, es mi derecho, mi opinión, mi libertad de expresión…”, hemos explicado casi con delicadeza: “lo has puesto en tu muro, pero Facebook lo reproduce en primera plana del mío y me salta a la cara en cuanto me conecto cada mañana. Por lo tanto, es también mi derecho a responderte y expresar mi soberana opinión.”

Seguramente, a ellos también les sucedió lo mismo con algunas de nuestras publicaciones. Pero todos saben bien, lo han sabido siempre, que somos revolucionario, comunistas. Pensábamos que nos querían y nos aceptaban con esos “defectos”, o al menos eso nos hicieron creer. Siempre hemos respetado –aunque no compartamos del todo- los diversos motivos por los que emigraron. Pero sabemos muy bien que ninguno calificó nunca como perseguido político en Cuba.

Nos han herido, han hecho un disparo de nieve a nuestro cariño. Y duele…

Epílogo. ¿Y el abrazo pa’ cuándo?

Escribo, mis ojos se nublan, y sigo meditando sobre todo esto. Efectivamente, desde el 11J tampoco he visto ni un corazón rojo o azul, ni un “me importa”, ni un dedo levantado o algún comentario favorable de mis emigrados a las muchas publicaciones que sigo colgando a diario en mi muro de Facebook, esas otras que no llevan ni un tantico así de política.

Quienes me siguen por allí saben que me mantengo a la caza de todo lo bello y conciliador que aparece sobre los temas más diversos, sin destinatarios preconcebidos, publicaciones que pretenden regalar alegría, buenas vibras, conocimientos y consejos útiles a todos por igual. Me encanta compartir –y no he dejado de hacerlo ni en los peores momentos- bellas fotos de nuestras ciudades, del mar y del campo cubano, pues creo que animan los corazones de quienes viven lejos y no han podido viajar recientemente.

Y… ¡oh! Ahora me doy cuenta que tampoco he recibido de ellos, hace al menos tres semanas ya, nada que signifique al menos paz o sosiego. ¿Dejaron de hacerlo? Quisiera culpar a Facebook por no dejarme acceder a sus muestras de amor y amistad. ¿Será la tecnología, la dictadura del algoritmo eficientemente calibrada y colimada, la que nos ha echado a pelear y ahora nos divorcia irremediablemente?

Claro que no, basta de ilusiones vanas. Nada puede llegar a las redes si antes no ha sido ideado, publicado o compartido por quienes, en vivo y directo, y en estos días aún, nos restriegan sus “verdades” en la cara. Triste: nació de sus mentes y de los mismos corazones que se llenaron de lágrimas la última vez que nos despedimos en el aeropuerto o chocamos los viejos vasos de siempre.

¿Y ahora qué? ¿Quién ganó? ¿Qué nos queda? ¿Cómo curamos heridas, amistades y familia? ¿Cuándo carajo nos vamos a dar el próximo abrazo?

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