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Desde 1959 en Miami se agruparon asesinos, torturadores, corruptos, proxenetas y traficantes de drogas, que huyeron de Cuba cuando la Revolución, encabezada por Fidel Castro, derrocó al tirano Fulgencio Batista, ahijado de los Estados Unidos.

Los presidentes Dwight Eisenhower, John F. Kennedy y Lindon Johnson, acogieron a esa crápula y la convirtieron de delincuentes comunes en refugiados políticos, a pesar de las reclamaciones de los tribunales de Cuba por las causas pendientes que tenían.

Aquel mal paso en la política yanqui contra la Revolución naciente, dio lugar al surgimiento de una tenebrosa mafia terrorista organizada por la CIA, para ejecutar sus planes subversivos, incluidos los asesinatos a los líderes cubanos y otras acciones violentas en el propio territorio estadounidense, que costaron muchas vidas, entre ellas la del propio presidente Kennedy.

Investigadores afirman que, en octubre de 1962, existían registrados 410 organizaciones y grupúsculos contrarrevolucionarios, todos vinculados a la CIA.

El odio acumulado dentro de la emigración cubana, estimulado por las campañas de mentiras, operaciones encubiertas y tergiversaciones de la realidad en la Isla, entre ellas la execrable Operación Peter Pan, dieron lugar a posiciones muy agresivas contra Cuba, que le permitieron a la Casa Blanca, con el apoyo de la CIA, ejecutar medidas despiadadas como la guerra biológica para introducir gérmenes patógenos contra las personas, la flora y la fauna, causando cuantiosos daños y vidas humanas.   

El arribo de Obama a la Casa Blanca, aplacó parte de la estridencia ultraderechista en Miami y muchos vieron con buenos ojos la apertura de viajes, la amplitud de los vuelos a varias provincias de la Isla y el intercambio cultural que permitió la actuación de agrupaciones musicales en la Florida, sin ser repudiados como años atrás.

Obama, a pesar de esa apertura, mantuvo la guerra económica, persiguió como nadie las transacciones financieras y al llegar a La Habana se reunió con cabecillas de los grupúsculos contrarrevolucionarios, alentándolos a seguir su actuación. A los trabajadores privados los estimuló a trabajar separados del estado, para desmontar el socialismo desde adentro, porque su objetivo era el mismo de Eisenhower.

Al ganar Donald Trump las elecciones, todo cambió rápidamente.  El odio contra Cuba regresó con una fuerza descomunal, casi un sunami político y en Miami la hostilidad enfermiza se apoderó de todo el escenario político, muy similar al de los años 60, debido a la irracionalidad sembrada en la mente de aquellos que no le perdonan a Cuba, haber derrotado a la brigada mercenaria 2506, impedido los más de 600 planes de asesinato a Fidel Castro y resistir con dignidad la cruel y despiadada guerra económica, comercial y financiera.

El panorama que hoy exhibe Miami, donde se pide una invasión militar y se hacen llamados al desorden en las calles, le dan la razón a Fidel Castro, cuando durante una comparecencia pública, el 23 de noviembre de 1963 después del magnicidio de J.F. Kennedy, aseguró:

“En los Estados Unidos existen corrientes que mantienen hacia Cuba una actitud intolerante y con una postura intransigente, partidaria de la agresión militar directa. Y la ultraderecha en Estados Unidos, es partidaria de los peores procedimientos, de la política más agresiva, más aventurera y más peligrosa para la paz”.

Nada ha cambiado para esos intoxicados por el veneno inculcado por las campañas de prensa que satanizan a la Revolución cubana. Es resultado de la situación política que estableció Trump, con sus posiciones reaccionarias y que ahora sufren los estadounidenses negros, de origen latino y los más desfavorecidos en esa sociedad desigual.

No se equivocó Jim Garrison, fiscal del Distrito de Nueva Orleans, cuando en 1967 expuso en el transcurso de una entrevista:

“En Norteamérica corremos un gran peligro de evolucionar lentamente a un estado pro fascista. Sobre la base de mi propia experiencia, el fascismo llegará a Norteamérica en nombre de la Seguridad Nacional, en un país donde el asesinato político, desde la Administración de Abraham Lincoln, formaba parte de la cultura de la violencia”.

En aquellos años, habían surgido movimientos de protestas por la discriminación racial y los opuestos a la guerra de Viet Nam, que movilizaron en calles y plazas a jóvenes universitarios, intelectuales, artistas y científicos, pero los yanquis se enfrentaron con fuerza a todo lo que pudieran poner en peligro su Seguridad Nacional.

De inmediato, fueron asesinados y apresados sus líderes principales, sin dar oportunidades a conformar una oposición contra el régimen. Sin embargo, ahora organizan e instruyen a contrarrevolucionarios cubanos, para que lleven a cabo protestas callejeras que den al traste con el socialismo

Los yanquis no admiten ese tipo de acciones en su país y el ejemplo se patentizó en aquellos años de la década del 60 del siglo XX, cuando John Edward Hoover, director del FBI, puso en marcha un amplio programa de contrainteligencia denominado COINTELPRO, mediante el cual ejecutó múltiples operaciones represivas contra los que protestaban.

Esa es la prueba de cómo ellos desencadenan la violencia política, contra toda persona o institución que se oponga a la militarización de su política interna y externa, y las medidas que aplican en nombre de su sacrosanta Seguridad Nacional.

Cuba, ante la provocación organizada y financiada por Estados Unidos, con el respaldo de la mafia terrorista de Miami y la participación de lacayos a su servicio preparados en el exterior, declaró la marcha del 15 de noviembre de ilegal y violatoria de las leyes vigentes. Por eso el Departamento de Estado lanzó sus amenazas de más sanciones, porque sueñan con ver al pueblo cubano enfrentado, como lograron hacer en países de Europa oriental.

Sabio fue José Martí al afirmar:

“Los hombres que se dejan marcar como caballos y toros, van por el mundo ostentando su hierro”.

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