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La narrativa que intentan montar los enemigos de la Revolución por estos días responde a un sencillo y pérfido objetivo: propugnar la idea de que un agente de la Seguridad es repudiado por el pueblo. Y en esa misma línea se proponen satanizar a cualquiera que pertenezca o tenga un vínculo con el Ministerio del Interior o las Fuerzas Armadas Revolucionarias. Los más recalcitrantes llegan a extender ese «manto de sospecha y desdén» hacia toda persona que tenga la más mínima relación con alguna institución u organismo del Estado.

El pasado lunes, en la televisión nacional, un hombre llamado Carlos Leonardo Vázquez González, doctor del Instituto Nacional de Oncología y Radiobiología, reveló que era el agente Fernando, y que siguiendo instrucciones de nuestros órganos de la Seguridad del Estado, se infiltró en las filas de la contrarrevolución. Fernando tuvo la oportunidad de acompañar a otros «aprendices» en un curso, dado en España, para estudiar sobre «transiciones democráticas» y el papel de las far en un hipotético cambio en Cuba.

La reacción de sus «antiguos compañeros» ante la revelación televisiva fue inmediata y feroz: se ensañaron con insultos, cuestionamientos a sus capacidades como profesional, burlas pueriles de todo tipo y hasta llegaron a acusarlo de haber contribuido a la muerte de cabecillas de la «oposición». Cualquier cosa valía (y vale) cuando se trata de ocultar el hecho de que, por mucho que intentaran destruir moralmente al doctor Carlos, este había proporcionado información fidedigna sobre los verdaderos propósitos de aquellos que insisten en llamarse «pacíficos».

Una de estas «líderes horizontales» (término que ha usado mucho la Fundación Nacional Cubanoamericana en sus redes) llegó incluso a tuitear una «alerta» para los demás «agentes» (que imagino se cuenten por las decenas): tras ser revelada su verdadera identidad, nadie los salvaría del repudio popular. Ensimismados en esa narrativa que ellos mismos crearon, decidieron hacer caso omiso del homenaje que se le rindió al agente Fernando en su barrio, donde participaron vecinos y pacientes suyos, y hasta Gerardo Hernández, otro de esos héroes que han luchado de callada manera por Cuba, porque «en silencio ha tenido que ser».

Aquellos, los del otro bando, intentan vender una versión caricaturesca de la realidad y de esos hombres y mujeres que luchan en secreto contra sus planes, pero no dicen ni una palabra de condena a los terroristas que alegremente los apoyan. Esos son «personas preocupadas por Cuba». En ningún momento, los «pacíficos», que tanto desprecian a los agentes de la Seguridad y a cualquier persona con una postura «oficialista», denuncian a los que abogan por la intervención militar estadounidense: es «gente que merece ser escuchada, porque todas las opiniones valen».

Ellos, los «pacíficos», los pobres, son víctimas, no han hecho nada, no saben nada, no se reúnen con funcionarios del Departamento de Estado ni reciben asesoramiento de servicios especiales enemigos. No tienen relación alguna con gobiernos extranjeros: son «libres». Y esa «libertad» les permite arrogarse una autoridad moral, que no poseen, pero que pretenden ejercer para cuestionar a toda persona que trabaje o defienda al Estado y al Gobierno cubanos.

Quieren infundir miedo, que la gente tenga temor a asumirse como partidarios del socialismo. Pero los revolucionarios no tenemos remilgos ni caemos en ese juego. Decimos, sin recelo alguno, que trabajamos codo a codo con el Partido Comunista de Cuba, que apoyamos cualquier iniciativa de la sociedad civil socialista, que conspiramos con funcionarios de nuestro legítimo Gobierno y que respondemos, sí, a una agenda política: la de la Revolución. ¿Pueden los «pacíficos» decir lo mismo o van a seguir jugando con eso de que son independientes, totalmente auténticos?

No vendamos más simulacros: de nosotros todo el mundo sabe qué esperar, porque no lo escondemos ni lo disimulamos. Quizá debieran hacer lo mismo nuestros enemigos y dejar a un lado esos conatos de linchamiento mediático que no mellan ni ensombrecen el legado de personas como el doctor Carlos Vázquez; que no amedrentan a los que, dentro o fuera de la institucionalidad cubana, formalmente o no vinculados al Estado, defendemos la Revolución cada día.

Si nos hallan culpables, si nos condenan, no nos asiste duda de que la historia nos absolverá. Y esa certeza nos ampara ante cualquier amenaza, ante cualquier ataque. No tenemos miedo.

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