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Tras su desembarco en Cuba en la noche del 11 de abril de 1895, José Martí y Máximo Gómez, general en jefe del Ejército Libertador, marcharon por las montañas de la región oriental de la Isla hasta encontrarse con tropas cubanas y, ya con una escolta, avanzaron hacia el oeste, con el propósito de ir organizando las fuerzas mambisas y llegar hasta Camagüey, en la parte central del país, para crear el gobierno de la revolución.

Ese objetivo fue ratificado el 5 de mayo de 1895 durante una reunión en la finca La Mejorana con Antonio Maceo, quien había asumido el mando de las tropas orientales.

Aprovechando que el 18 de mayo el General Gómez, continúa tras una tropa española de la que ha tenido noticias, escribe Martí la conocida carta a su amigo Manuel Mercado, que quedaría inconclusa al producirse ese mismo día en el campamento, el esperado encuentro con el general Bartolomé Masó

El 19 de mayo de 1895, donde confluyen los ríos Cauto y Contramaestre, , fuerzas del Ejército Libertador bajo el mando directo del General en jefe Máximo Gómez combatieron contra una columna española dirigida por el Coronel José Jiménez de Sandoval, esta acción, que no tuvo gran importancia desde el punto de vista técnico-militar, cobró especial significación porque en ella cayó nuestro Héroe Nacional José Martí.

Ese nefasto día, en el campamento independentista están Máximo Gómez, José Martí y Bartolomé Masó. analizan planes futuros. Cerca del mediodía, tras una revista militar y las ardientes arengas de los jefes cubanos, la quietud es alterada por disparos de una columna española en los llanos de Dos Ríos.

«!A los caballos!, a vadear el Contramaestre y ganar el terreno donde la batalla no sea desigual» es la orden mambisa. Aunque Gómez ha pedido al Apóstol quedarse detrás, al resguardo, este se lanza resuelto al combate en su brioso corcel “Baconao”, revólver en mano, acompañado sólo por el joven subteniente Ángel de la Guardia. Suena una descarga cerrada del enemigo, y cae, de cara al sol, del lado de la vida, como anhelara en sus inmortales versos.

No hubo muerte para él, porque nadie como José Martí, en el siglo XIX, tuvo tal sentido de pertenencia latinoamericana y de pensamiento universal; por eso puede entrar vivo y vigente como ningún otro en el diálogo de las ideas en el mundo actual.

 A Martí lo recordamos hoy, por la obra de su vida, por su ejemplo y sus enseñanzas, su prédica, su modo de decir y de hacer que, como sagrado legado, forman parte de nuestra doctrina revolucionaria con una extraordinaria fuerza de presencia.

Esta incuestionable realidad, debería ser más clara que la luz del día para los viles representantes de la Casa Blanca y sus mafiosos lacayos de Miami que recientemente organizaron e instigaron el vandálico ataque contra la Embajada de Cuba en Washington, mancillando con balas terroristas la imagen del Apóstol.

Si cobarde y rastrero es el autor de este repudiable hecho, aún más lo son sus padrinos de la administración Trump que guardan un silencio cómplice al respecto. 

Sin embargo, hay una verdad que estos canallas no pueden ignorar. Ante la brutal ofensiva del decadente Imperio yanqui contra nuestro país, el pensamiento y la obra de José Martí adquieren cada vez mayor vigencia.  

José Julián Martí Pérez, creó el Partido Revolucionario Cubano y organizó la Guerra del 95 o Guerra Necesaria, llamada así a la contienda por la Independencia de Cuba.

Se puede decir que desde su adolescencia Martí fue un cespedista consuetudinario. Lo siguió durante su atormentada prisión en las canteras de San Lázaro, lo continuó en su destierro político en España y luego en Estados Unidos. Continuó el paradigmático destino de aquellos hombres sublimes que dieron sus vidas por la libertad y soberanía de su Isla tal como la soñó y murió el Padre de la Patria, al caer en combates desiguales y trágicos: uno en San Lorenzo, el otro en Dos Ríos.

En su famoso ensayo sobre Céspedes y Agramonte acotará:

«Es preciso haberse echado alguna vez un pueblo a los hombros, para saber cuál fue la fortaleza del que, sin más armas que un bastón de carey con puño de oro, decidió, cara a cara de una nación implacable, quitarle para la libertad su posesión más infeliz, como quien quita a una tigre su último cachorro».

Desde que Martí arribó a Nueva York en 1880 pensó en poner su elocuente oratoria a exaltar la fecha del 10 de octubre, para un llamado a la unidad inquebrantable de los cubanos, tanto los de la emigración como los de la Isla. El 24 de enero de 1880 en su discurso conocido como Lectura Patriótica, en Steck Hall, utilizó frases que hoy se hacen actuales y célebres, tales como: «Esta no es sólo la revolución de la cólera. Es la revolución de la reflexión».

En sus discursos, en su epistolario, en sus artículos periodísticos, en múltiples escrito, sin descuidar una pléyade de variados asuntos, se inclinó preferentemente a lo jurídico, estudiando temas que abarcan desde diferentes ramas del Derecho hasta la Filosofía del Derecho.

En verdad asombra, y conmueve hasta lo más íntimo, la magnitud de su producción, la serenidad de sus juicios, la firmeza de sus opiniones y de sus propósitos, la clara visión del futuro, que le perdiera adelantarse al pensamiento de sus contemporáneos y legando la maravilla de su obra genial. 

Su obra resulta grande y notable por haber sido realizada en tan pocos años. Obra de dedicación constante, decidida, apasionada. Escribió y habló mucho. Escribió en periódicos y revistas de diferentes países, y publicó folletos e hizo gala de sus ideales en nutrido epistolario. Y pronunció múltiples discursos, elocuentes, de estilo magnífico, sugestivo, apropiados para levantar el ánimo caído de la emigración y para unir a todos los cubanos en el ideal de la libertad.

Fue clave su visión de organizar la lucha siguiendo postulados cívicos y republicanos, pero sin obstaculizar el desarrollo de las operaciones militares.

En las Bases del Partido Revolucionario Cubano definía que la contienda sería de “espíritu y métodos republicanos” y así contribuir a un triunfo rápido y a dar “la mayor fuerza y eficacia a las instituciones que de ella se funden, y deben ir en germen en ella”.

Igualmente en el Manifiesto de Montecristi señalaba:“Desde sus raíces se ha de constituir la Patria con formas viables, y de sí propias nacidas, de un modo que un gobierno sin realidad ni sanción no lo conduzcan a las parcialidades o a la tiranía”.

Quiso crear una República ideal, estable y digna. Pensó fundarla sobre las bases más firmes, y la mayor firmeza y seguridad plena que creyó encontrar, fue en el necesario aporte de hombre de “virtud y de honor para gobernantes y gobernados.”

Su ideal de República fue algo extraordinario; su visión fue genial y sintió y presintió, como ninguno, las necesidades cubanas, y los acontecimientos tanto nacionales como continentales que influirían notablemente en el futuro de Cuba; y concibió las formas y el modo para salvarnos de peligros amenazadores, siendo para ello entre otras sus bases:

  1.  La Constitución, “la Ley primera de la República, será el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre” . Ese es el mejor, el más eficiente modo de elevar a los hombres e igualarlos.
  2.  Se organiza la República, teniendo como base “con todos y para el bien de todos”.
  3.  Surgirá “al amor de la libertad y a la facilidad para el trabajo, La justicia será la base de la República, base firme, por que “sólo se salva y perdura lo justo”. Habrá que “poner la justicia tan altas como las palmas”.
  4.  La virtud será guía de gobernantes, que gobernará conforme a las leyes. “Obediencia es el gobierno”.
  5.  La honradez caracterizará al mandatario público, el cual no tomará, ni para sí ni para los suyos, lo que es patrimonio nacional, y que sólo recibe en concepto de depósito y custodia.
  6. Se actuará, se resolverán los problemas políticos y sociales, enfrentándolos valientemente, porque “aplazar no es resolver”.

Por su parte, la ética en José Martí no se manifiesta en abstracto, no vive ajena a las realidades de la vida. La ética tiene que vivir en el seno de la sociedad, y ella no depende sólo de la voluntad de unos individuos, sino que precisa también de que sea acatada y lo que es más importante, practicada de forma consciente por la mayoría de los integrantes de esa sociedad.

Se evidencia además por disímiles razones que el pensamiento de nuestro Héroe Nacional José Martí adquiere renovada vigencia en nuestros tiempos, ya que representa la cúspide de un legado cultural, político, social y filosófico orientado hacia los más sagrados intereses de nuestro pueblo revolucionario.

En nuestra Batalla de Ideas en defensa de la Revolución, el Derecho, claro y popular que propugnó Martí, tiene el espacio idóneo para continuar la labor preventiva, pero también de imposición de las normas contra la corrupción, las drogas y toda manifestación de indisciplina social.

En virtud de lo expuesto se puede afirmar que el pensamiento de José Martíes múltiple. Es como la luz cuando no tiene en sí un obstáculo que lo impida alumbrar. Irradia claridad en todas direcciones.

Fidel discípulo y continuador de las enseñanzas y la obra de José Martí

No creemos que para nadie sea difícil, en Cuba ni en ninguna parte, encontrar la presencia de José Martí en el pensamiento y en la acción de Fidel Castro. La lealtad absoluta y acérrima del gran líder de la Revolución a la doctrina del Apóstol se puede encontrar fácilmente con solo disponernos a recorrer, con el detenimiento necesario, no solo el curso de su pensamiento desde los días del Moncada hasta la fecha, sino también, el proceso de todas sus actividades políticas y revolucionarias.

“Traigo en el corazón las doctrinas del Maestro”, con esta frase electrizante, Fidel le hizo saber a los jueces que le juzgaban por haber dirigido las acciones del 26 de julio de 1953, que José Martí era el verdadero autor intelectual de aquellos hechos, y que su generación no permitiría que el Apóstol muriera en el año de su centenario, y que de ser preciso, ofrendarían sus vidas él y todos sus compañeros de lucha en magnífico desagravio junto a su tumba.

Martí acompañó a Fidel también en el exilio en México. Vino con él en el Granma y escaló la Sierra Maestra. “José Martí” fue el nombre de la Columna Uno, base del Primer Frente con igual insignia. Y estuvo presente en el triunfo revolucionario. Y en la obra de la Revolución.

Resumiendo esta modesta remembranza sobre nuestro Héroe Nacional, Martí, el más universal de los cubanos, como lo definiera Fidel, al caer heroicamente en combate en Dos Ríos , pasó a formar parte de nuestra gloriosa historia patria.

Por su proyección universal, ese escritor, político pensador, periodista, filósofo y poeta, rebasó las fronteras de su país y de la época en que vivió para convertirse en el más grande pensador político hispanoamericano del siglo XIX.

El mérito de Martí radica en haber encontrado un equilibrio entre lo político y lo militar y crear un nuevo concepto de revolución más allá de la guerra, en el que los principios de la unidad de todo el pueblo, antimperialismo y amor a la tierra que le vio nacer, trascienden hasta el día de hoy.

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