Internet
Internet

Una recepción acrítica de la miniserie estadounidense Self made: la historia de Madam CJ Walker (2020, Netflix), transmitida por Multivisión como parte de los especiales de fin y comienzo de año, puede generar en la mente del espectador un espejismo: pensar que lo que nos cuenta es regla y paradigma, y no excepción.

El personaje encarnado por Octavia Spencer existió realmente. Se llamó Sarah Breedlove (1867–1919), y antes de que llegara, a la pantalla doméstica figuraba como referencia histórica del éxito capitalista: primera mujer negra en amasar una fortuna millonaria a partir del esfuerzo personal. Así aparece en los libros de récords, como una especie en emulación con John D. Rockefeller, a quien tuvo de vecino en un privilegiado coto privado neoyorquino, y antecedente inspirador de la carismática presentadora y multimillonaria propietaria de medios de comunicación, Oprah Winfrey.

La producción audiovisual, en términos factuales, relativamente aproximada a la biografía de la protagonista, juega con tres aspectos: la condición etnosocial, el género y la voluntad individual. En otras palabras, si Sarah Breedlove –devenida  Sarah Walker en virtud de su segundo matrimonio, y madam por obra y gracia de la denominación comercial de su producto y empresa– saltó de la más absoluta pobreza a la riqueza siendo negra y mujer, fue porque sencillamente se lo propuso, de modo que usted también pudiera serlo.

Nadie niega el esfuerzo personal, ni el ansia de superación, ni la tozudez emprendedora de Breedlove-Walker. Cabría valorar, asimismo, el compromiso de ella con su comunidad, continuado por su hija, vinculada, como se atisba en la pantalla, con uno de los movimientos reivindicativos culturales afroestadounidenses más interesantes de la primera mitad del siglo pasado: el Renacimiento de Harlem o New Negro Movement, del cual fue un altísimo exponente el notable poeta Langston Hughes, amigo de nuestro Nicolás Guillén.

Pero la fábula comienza a desinflarse desde el minuto en que la guionista principal, Nicole Asher, y el equipo de realizadores encabezado por Kasi Lemmons, con el aval de los productores, varios de ellos prominentes figuras públicas de la comunidad negra, entre ellas el célebre baloncestista LeBron James, optan por un punto de vista narrativo más cercano al cuento de hadas que a la complejidad que Breedlove-Walker debió enfrentar. Mucho tuvieron que ver la fuente original –la biografía On her own ground, escrita por A’ Leila Bundles, bisnieta de la protagonista, cargada de tintes laudatorios– y la vigente categoría mítica de prestigio comercial de la línea de productos Madame CJ Walker, actualmente promovida por la cadena de tiendas Sephora.   

El reciente pasado esclavista y la secuela racista que se ha prolongado hasta nuestros días, y que en la época de la miniserie se expresaba en las infames leyes de Jim Crow, apenas se traslucen como telón de fondo de un conflicto en el cual pesan, en aras de la superficialidad ficcional, el odio hacia Sarah por parte de la competencia, en este caso la mulata Addie Monroe (Carmen Ejongo), como si la cosa pasara por el contraste de melanina; el caricaturesco parasitismo del esposo Walker (Blair Underwood) y el yerno John (j. Alphonse Nicholson); y el machismo descalificador de la élite negra en crecimiento, representada en la serie por un personaje real, Booker t. Washington.

Dicho sea y no de paso, que la ficción intenta contraponer el rechazo de Washington con el entusiasmo que despertó Sarah en web Dubois, otro prominente líder afroestadounidense de entonces, con un resultado maniqueo que descoloca la perspectiva desempeñada por ambas personalidades en el activismo antirracista y sus alineamientos ideológicos con el conservadurismo y el liberalismo de las clases dominantes blancas.

Se dirá que eso estaba fuera de los cálculos de una narración cuyo objetivo es mostrar, a toda costa y con ribetes emocionales, una historia al estilo de aquel lema comercial que hacia la medianía de la pasada centuria se puso de moda: usted sí puede tener un Buick. A Sarah la escuchamos decir: «No esperes que la oportunidad toque a tu puerta; sal por ella».

Mas, si se pretende aportar al espectador elementos críticos para la comprensión de la narración televisual más allá de lo que sus ojos y oídos consumen, viene bien tomar en cuenta el contexto, el debate de ideas en vida de Madam CJ Walker y, sobre todo, lo que ha sucedido después y ahora mismo con el empresariado y la mujer negra, respectivamente.

El éxito ostensible y cierto de una burguesía negra, estadísticamente exigua, pero muy publicitada –por ahí anda un Robert l. Johnson al frente de un emporio mediático–, implica una falacia difundida hasta ser convertida en axioma: como diría el sociólogo Achille Mbembe, «en la fase actual del capitalismo, cada uno es empresario de sí mismo, y si le van mal las cosas, solo cabe echarse las culpas a uno mismo; los mecanismos ideológicos nos convencen de que ser moderno es ser neoliberal».

Por otra parte, un muy documentado estudio reciente de la socióloga afroestadounidense Enobong Hannah Branch, Oportunidades denegadas: de las limitaciones de la mujer negra a los trabajos devaluados, ofrece pruebas contundentes acerca de la sobrerrepresentación de las mujeres negras en las franjas de pobreza de los ciudadanos de ese país, y demuestra cómo se ha hecho aviesa matriz de opinión, en la clase media, que las desventajas sociales y económicas de aquellas se debe a su falta de autorresponsabilidad.

El análisis de la miniserie no debe obviar otro asunto cardinal esquinado olímpicamente en su realización: la desnaturalización identitaria implícita en los productos Madam CJ Walker. Por la ficción pareciera que el potingue milagroso de Sarah, que le valió un imperio, es solo para detener la caída del cabello y hacerlo crecer vigoroso. La verdad es que Sarah optimizó el tratamiento para el alisamiento del cabello, el uso del peine caliente y los tratamientos para que las negras se asemejaran a las blancas. No hay que echárselo en cara; parte de la operación ideológica desde el fin de la esclavitud a nuestros días, y no solo en Estados Unidos, sino a nivel global, consiste en vender patrones estéticos arios caucásicos como el canon de belleza. Madame CJ Walker, atrapada por los prejuicios de su época, apostó por el blanqueamiento de la mujer negra.

Tomado de Granma

Dejar respuesta

¡Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí