Lula da Silva a las órdenes de Brasil Foto La Razón
Lula da Silva a las órdenes de Brasil Foto La Razón

Por LÍDICE VALENZUELA

Mientras el ex presidente brasileño Luiz Inacio Lula da Silva dio un aire de esperanza a una mayoría de su pueblo al anunciar su retorno a la política nacional, el actual dignatario Jair Bolsonaro será interrogado por la justicia dada su comprobada interferencia política en la Policía Federal (PF).

Lula da Silva, sometido a un juicio amañado, condenado sin pruebas, aseguró esta semana que “me pongo a las órdenes de Brasil”, lo que significa una alerta a la combatividad de la izquierda y el progresismo de la más poderosa nación de América Latina y El Caribe, pero sin soberanía política por la mala administración de Bolsonaro y atrapada en las ambiciones de la oligarquía local, manejada a su antojo por Estados Unidos (EE.UU.).

El discurso del exmandatario, que sufrió por irregularidades del proceso montado en su contra 580 días de cárcel, fue claro y contundente: o se retoman las calles y se lucha contra el neoliberalismo, o Brasil quedará en manos de quienes lo están convirtiendo en una república bananera al servicio de la Casa Blanca.

Los dos políticos hablaron a sus seguidores, el pasado día 7, cuando Brasil festejó su independencia de la metrópoli portuguesa. La intervención de Bolsonaro duró tres minutos exactos, sin que se pronunciara sobre los graves problemas de la sociedad brasileña, entre ellos la desatención de su régimen a la pandemia de la COVID-19, que ha matado en ese país a más de 130 000 personas.

El otro mensaje, ignorado por los conglomerados de los medios serviles a la derecha, mantuvo en atención a sus seguidores por 23 minutos y 48 segundos. Fue seguido por las redes sociales por 550 000 ciudadanos solo en Brasil.

Esta es la primera vez que Lula da Silva ofrece un discurso de tal magnitud después de su liberación. Fue duro y crítico, en tono muy parecido a los pronunciados cuando era dirigente sindical en Sao Paulo y fundó el Partido de los Trabajadores (PT) durante la dictadura militar (1964-1985). En sus palabras, Lula dio muestras de que no piensa permanecer en silencio y que ya salió a dar batalla al régimen ultraderechista del controvertido Bolsonaro.

El exmandatario, que se alejó del Palacio del Planalto luego de dos mandatos y un 87 % de aprobación popular para dar paso a Dilma Rousseff, no ahorró diatribas a los actuales dirigentes derechistas con palabras precisas, absolutas y de contundencia directa.

Luego de asegurar que “una tristeza infinita me viene apretando el corazón. Brasil vive uno de los peores períodos de su historia”, mencionó a los fallecidos y los más de 4 000 000 de contagiados por el nuevo coronavirus, lo que hace que el país esté inmerso en una crisis sanitaria, social, económica y ambiental sin precedentes.

Con su habitual franqueza, mencionó que la gran mayoría de las muertes por la pandemia en Brasil son pobres, negros y vulnerables abandonados por el Estado.

Para Lula da Silva, hubiese sido posible contener la pandemia, pero, dijo, “Estamos entregados a un gobierno que no da valor a la vida y banaliza la muerte. Un gobierno insensible, irresponsable e incompetente”, que, para colmo, “convirtió el coronavirus en un arma de destrucción en masa”.

Calificó a Bolsonaro como “una aberración, el peor presidente y el peor gobierno en la historia de la República, que desmantela el sistema nacional de salud de manera asustadora”.

En medio del creciente número de víctimas de la COVID-19 el Payaso —como llaman al mandatario en su país por su carácter burlón y sus disparatadas intervenciones públicas— prefirió, como su par Lenin Moreno en Ecuador, pagar intereses al sistema financiero en lugar de destinar tales recursos a contener la pandemia.

Poco después de asumir el gobierno en 2019, este antiguo capitán del Ejército expulsó al personal de salud cubano que colaboraba en el programa Mais Médicos, impulsado por la presidenta Rousseff y la Organización Panamericana de la Salud (OPS), que trabajaba en las zonas más alejadas de las periferias citadinas.

Para Lula es una vergüenza la sumisión vergonzosa y avasalladora de Bolsonaro ante su ídolo y ejemplo, Donald Trump. Y también como quiebra de la soberanía denunció el desmantelamiento de los bancos públicos, de la empresa petrolera Petrobras y de importantes recursos estatales, poniendo en peligro la soberanía nacional.

El líder histórico del PT puso en movimiento a las organizaciones sindicales, campesinas y estudiantiles, fuerzas capaces de sacar a la derecha del gobierno. No se le escapa que la izquierda y los progresistas brasileños tendrán que trabajar muy duro para recuperar el terreno perdido gracias al poder que ejerce el actual dignatario sobre un porcentaje no desestimado de la población, en especial la evangélica, que lo considera un político sin partido, franco, que dice lo primero que le viene a la mente, por muy disparatado que sea, pero que identifican con valentía y desenfado.

El montaje judicial contra el exjefe de gobierno se va desmantelando. Es muy posible que la corte suprema anule las condenas injustas impuestas por el juez Sergio Moro, después ministro de Justicia de Bolsonaro (como agradecimiento a su comportamiento servil a la derecha que le permitió hacerse del poder) cargo al que renunció porque su jefe quería manejar a su antojo a la PF para evitar que investigara a dos de sus tres hijos por corruptos y manipuladores de testigos.

La situación judicial de Lula puede cambiar de manera radical. Quedó demostrado que nunca tuvo relación con la empresa constructora Odebrecht, quien según Moro le regaló un apartamento de lujo en la región paulista de Itaipú. La acusación fue retirada, lo que supone la desestimación de otras causas por las que se le inhabilitó a las elecciones de 2018.

El pasado día 3, y acorde a cómo se mueven los intereses en el inventado caso de Lula —tal como hacen en Ecuador con el exmandatario Rafael Correa, en Bolivia con Evo Morales y trataron de ejecutar en Argentina contra Cristina Fernández— siete fiscales de la comisión del caso Lava Jato renunciaron en el contexto de una investigación interna del Ministerio Público Federal brasileño.

La huida colectiva fue respaldada por una carta oficial enviada al fiscal general Augusto Aras, en la que los dimitentes argumentaron “incompatibilidades insolubles” con la fiscal Viviane de Oliveira, quien conducía los trabajos en ese Estado, donde Lula fue detenido. Horas antes también había hecho dejación del cargo el coordinador de la causa Lava Jato en Curitiba —de donde es el juez Moro y fue juzgado Lula—, Deltan Dallagnol, por “motivos personales” cuando en realidad es que el juzgamiento político a Lula pierde fuerzas por días.

Para los abogados del exjefe de gobierno, Dallagnol promovió “juicios paralelos y tempranos reprobables, con declaraciones calumniosas y difamatorias”, carentes de valor, pero que fue el medio utilizado en la persecución política contra Rousseff primero y Lula después, y ahora teme quede al descubierto el entramado y sus cómplices.

Mientras Lula recupera protagonismo en la lucha por sacar al régimen derechista del Planalto, Bolsonaro recibió este viernes la citación del Supremo Tribunal Federal para ser interrogado en persona por su supuesta interferencia política en la PF, basada en una denuncia de Moro.

Según un despacho de la agencia noticiosa Prensa Latina fechado en Brasilia, el dignatario “deberá ser interrogado” de forma oral sin la exención del Código del Proceso Penal, el cual permite que los jefes de los poderes de la República tengan esa alternativa siempre que sean testigos y/o víctimas”. Tal decisión echa por tierra la solicitud del fiscal general Aras, quien pidió una declaración por escrito, negada porque el mandatario está bajo investigación porque —sin autorización de su ministro de justicia jefe de la PF— sustituyó al jefe de ese cuerpo, el delegado Maurício Valeixo.

Bolsonaro, dijo Moro en un testimonio el pasado 2 de mayo, quería el control de la PF en Río de Janeiro para proteger a sus hijos, representantes de ese sureño Estado en el Congreso Nacional.

Según el exjuez de Curitiba, Bolsonaro —y existe la grabación— le solicitó el control de la PF en Río, donde su hijo Flávio es acusado de ser el jefe de las llamadas milicias que asesinaron a la concejal Marielle Franco y de lavado de dinero.

La llamada Ciudad Maravilla de Brasil es uno de los principales focos de la corrupción política brasileña.

Este viernes la PF detuvo al secretario estadual de Educación, Pedro Fernandes, por su posible implicación en el esquema de robos millonario, en los que están indicadas otras figuras del Estado.

El portal Brasil de Fato informó que con Fernandes cayeron otros seis funcionarios, entre ellos la exdiputada Cristiane Brasil, quien enfrenta otras causas por asuntos de corrupción y violaciones de leyes laborales.

Los arrestos y registros forman parte de la Operación Catarata, que esconde el fraude en contratos de licitación de la fundación León 13, relacionada con la administración estadual, y que, según la propaganda, mejoraría el cuidado de los ojos de personas pobres.

El gobernador de Rio, Wilson Witzel está suspendido por 180 días por orden del Superior Tribunal de Justicia, al ser considerado el jefe de un grupo criminal que trabajaba en el área de salud del Estado. Witzel y su esposa Helena están indicados como ladrones de fondos públicos al contratar equipos e insumos millonarios para combatir la COVID-19, los que nunca llegaron a su destino.

Mientras, y en concordancia con la exhortación de Lula da Silva para combatir al gobierno neoliberal, la Central Unitaria de Trabajadores (CUT) movilizó a los sindicatos nacionales para apoyar la huelga de los empleados de Correos contra la privatización de la empresa estatal.

Medios alternativos informaron que el presidente de la CUT, Sérgio Nobre, destacó la solidaridad con el paro de Correos, lo que calificó de “tarea urgente, prioritaria e indispensable para contribuir a las luchas de la clase obrera y también fortalecer las luchas de todas las demás categorías en este momento de grave crisis económica y social”.

Las verdades de Lula da Silva fueron dichas. Analistas coinciden en que sus palabras duras y sinceras pueden convertirse en el detonante de un movimiento izquierdista para que Brasil recobre el respeto a su soberanía, perdida entre los vericuetos del neoliberalismo y los tentáculos de la derecha.

Tomado de Cubahora

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