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«Cuídate, cuídate, cuídate»… imita con la voz el tono cariñoso de sus padres. El ómnibus dobla una curva y reaparece el mar; por unos segundos el diálogo se interrumpe. La hoy doctora Nadia Laura García Serrano venció ayer, con la máxima calificación, el examen estatal.

Será cirujana general, una especialidad en la que no abundan las mujeres. Tiene 24 años. El doctor Fabián Pérez Alonso, a su lado, el más veterano del grupo, tiene 26 y tres años de experiencia en la profesión, es el secretario de la UJC, y jefe de la Brigada que componen 60 recién graduados.
El grupo viaja en dos ómnibus hacia Matanzas, que en esta etapa se ha convertido en el epicentro de la pandemia en Cuba.

No todos los que manifestaron su voluntad fueron seleccionados. Entre otros requerimientos, tenían que haber recibido las tres dosis de los candidatos vacunales Abdala o Soberana 02, productos de la ciencia cubana y haber aprobado el examen estatal con buenas calificaciones.

Pero la doctora Nadia Laura me rectifica cuando afirmo que esta es su primera misión: «no, ya estuve en los centros de aislamiento, la diferencia es que ahora lo haré como médico y no como estudiante, es grande la responsabilidad, la emoción se vive», dice y le brillan los ojos. Sus padres son ingenieros, y aunque es hija única, siempre apoyan sus decisiones.

Así fue esta vez: «con temor, cuídate mi niña, pero al final orgullosos de mí». ¿Serás alguna vez internacionalista?, la provoco. «No se descarta, cuando el país pida el paso al frente, yo voy a estar». Viajo en un ómnibus lleno de jóvenes voluntarios que enfrentarán como médicos y licenciados en Enfermería, por primera vez, una pandemia que se extiende exponencialmente.

Cuando llegamos a Matanzas nos espera el doctor Jorge González (Popy), quien fuera el responsable –hace ya 24 años, la edad de la doctora Nadia Laura– del grupo que buscó y rescató los restos de Ernesto Che Guevara y sus compañeros en Bolivia.

Ante la actual situación sanitaria en Matanzas, se acentúan el control epidemiológico y las medidas de enfrentamiento a la pandemia. Foto: Alexei Abel Mcintosh León

Un rato después llega el doctor José Ángel Portal, ministro de Salud, quien se ha instalado permanentemente en la ciudad. Los muchachos bajan conmovidos, porque durante el recorrido hasta el parque Libertad, la gente asomada a la ventana de sus casas o de paso por la calle, ha saludado, aplaudido, o simplemente ha puesto el puño en el pecho, en señal de agradecimiento.

La cantidad de contagios diarios que la nueva cepa produce en Cuba es muy alta, casi tan alta como la que tuvo Italia en la primavera de 2020. ¿Es posible comparar?: a su favor, Italia cuenta con la séptima economía del mundo y una tecnología de punta (nadie bloquea su comercio y sus finanzas); pero Cuba cuenta con un sistema único y comunitario de salud y su Gobierno puede centralizar y disponer de los recursos según las necesidades del país.

El Ministerio de Turismo, por ejemplo, se deshizo de un stop de camionetas compradas para uso de sus empresas, las reconvirtió en ambulancias y las envió a Matanzas. Pero también están los seres humanos, los doctores formados para el servicio público y no para el lucro individual.

Desde hace casi un mes se encuentran en la ciudad, por cierto, los doctores Julio y Carlos, quienes antes estuvieron al frente de las brigadas médicas cubanas en Italia entre otros muchos internacionalistas que ahora responden al llamado de la Patria.
Los muchachos siguen y me quedo con tres jóvenes periodistas (dos de ellos, aún estudiantes), que han viajado también, porque son matanceros y sienten la necesidad de apoyar a los suyos.

En la tarde, estamos reunidos con Adonis en las oficinas del periódico Girón, cuando empezamos a escuchar noticias de que la contrarrevolución intenta salir a las calles de varias ciudades del país. Hace apenas unos días el Congreso de los Estados Unidos aprobó una nueva partida millonaria para la subversión en Cuba.

Sus peones acá no han pedido el cese inmediato del bloqueo, que en tiempos de pandemia se torna genocida, sino la apertura de un «corredor humanitario» que posibilite la intervención estadounidense; pretenden convertir al agresor del pueblo cubano en su salvador.

El olor del dinero alienta. No puedo esperar y salimos hacia el lugar de los hechos en Matanzas. Ya no soy periodista (nunca, en ninguna parte, he sido ni seré observador), ahora soy un revolucionario cubano más. Nos unimos a decenas, a cientos de revolucionarios cubanos que marchan con banderas cubanas. «¿Dónde está Fidel?», grita alguien. «¡Aquí!, ¡aquí!», repetimos todos.

Muchos vecinos nos apoyan. Otros permanecen inermes, como si la bronca no fuera con ellos, como si no estuviera en juego el futuro de sus hijos.

Los mercenarios, los confundidos, se repliegan y se van. Allí estaban, en la calle, junto al pueblo, el joven Joel Queipo (de profesión físico nuclear), recién electo miembro del Secretariado del Comité Central, y la joven Susely, ahora miembro del Buró Provincial del Partido.

Mientras, en la zona roja de cada hospital matancero, cubano, se lucha por la vida, sin los recursos que el bloqueo nos niega, pero con el coraje sobrado del pueblo y la dignidad definitivamente conquistada.

Tomado de Granma

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