Foto: Internet

El lunes en la mañana la operaron. Un mes antes le diagnosticaron las cataratas en ambos ojos, que comenzaban a deteriorar progresivamente su visión, y le dieron un turno. Y ahí estaba mi mamá, a las ocho de la mañana, junto con otros 135 pacientes que tenían cirugía programada para ese mismo día.

Muy poca gente sabe qué es o dónde radica el Instituto Cubano de Oftalmología Ramón Pando Ferrer. Pero si se le habla de Liga contra la Ceguera cualquier habanero puede indicar la dirección del centro e incluso de seguro tendrá alguna vivencia que contar relacionada con ese hospital.

Fue fundado en 1956 por un grupo de oftalmólogos humanitarios y financiado por un patronato de beneficencia a base de donaciones voluntarias de la población. Luego del triunfo revolucionario, y con el éxodo de un buen número de profesionales, la mayoría de sus médicos abandonaron el país. Pero el Pando Ferrer renació: en 1988, y a iniciativa de Fidel, se creó el Centro de Microcirugía Ocular, con los más modernos equipos tecnológicos.

Cuba escalaría entonces hacia los primeros puestos, a nivel mundial, en materia de cirugía de cataratas, miopía y glaucoma.[1]

Mi mamá entró al salón a eso de las diez y media. Cada operación de cataratas dura entre siete y diez minutos por ojo. Casi nunca se hacen los dos ojos a la vez, pero la doctora le dijo que ella era joven y que todo iba a estar bien. Ya para el 2004, en el Pando Ferrer se operaban unas 700 personas por semana. A día de hoy, en 2020, con millones (literalmente) de operaciones realizadas a través del mundo, los médicos cubanos tienen una destreza sin par a la hora de operar el ojo humano.

Esperando para ser atendida, mi mamá compartió con una docena de hombres y mujeres de más de 60 años. Ninguno parecía particularmente nervioso. Una señora, de 83 años confesados, bromeaba con un enfermero. El muchacho, un mulato joven y espigado, la había llamado Crescencia.

-María Crescencia, mijo, no me dejes solo el nombre feo.

Todos rieron. Crescencia afirmó entonces que quería cambiarse el nombre. El enfermero replicó que ya eran ochenta años con el Crescencia a cuestas, ¿para qué cambiar ahora? La señora dijo que si le iban a devolver la vista (que ya había perdido del todo en el ojo izquierdo) a estas alturas, ¿por qué no podía cambiarse el nombre también?

En eso la doctora se asomó y exclamó que las personas de la tercera edad tendrían prioridad para operarse. Todos volvieron a reír. Mi mamá supo que se iba a demorar aquello.

Según datos de la OMS, a nivel mundial se estima que aproximadamente 1300 millones de personas viven con alguna forma de deficiencia visual. Las principales causas de la visión deficiente son los errores de refracción no corregidos y las cataratas. Cerca de 36 millones de seres humanos son ciegos.

De las personas ciegas, casi la mitad padece de cataratas.

No es casual entonces que la mayoría de estas personas ciegas por cataratas vivan en países en vías de desarrollo[2] (como eufemísticamente llama la ONU a las naciones pobres). Sin embargo, en Cuba, todo ciudadano tiene derecho a ser atendido y curado por personal médico altamente calificado y equipado con la última tecnología.

De más está decir que entre las causas principales de ceguera en Cuba no se encuentran las cataratas.

Mi mamá nunca perdió la visión. Pero muchos de los que la acompañaron esa mañana llegaron a estar ciegos por completo de, al menos, un ojo. El cristianismo cuenta, entre los milagros de Jesús, el de haberle devuelto la visión a un ciego. No en balde fue ese el nombre/calificativo que se le otorgara a una Operación, iniciativa de Fidel y Chávez, que hizo posible la atención médica de miles de personas.

Gente que no tenía acceso alguno a una operación que apenas duraba y que, en cambio, les era transformada por completo su vida.

Millones en todo el mundo podrían recobrar su visión, dejar de ser una cifra más en la estadística de personas ciegas, con la sencilla y cotidiana operación realizada en el Pando Ferrer. Gracias a la Operación Milagro, que llevó a los médicos cubanos a distintas partes del planeta, más de 3 millones de personas volvieron a ver[3].

Mi mamá supo por unos segundos lo que era ser ciego. Cuando comenzó la operación, lo vio todo negro. Como un vacío muy profundo, muy denso. Luego empezó a ver luces, como haces. Me dijo que había tenido una experiencia cuasi mística: había visto el Universo. Un mar de negro, de estrellas brillantes, constelaciones de hielo y gases.

Le aplicaron abundante yodo. La doctora que la operó no solía tapar con vendajes. Mi mamá salió del hospital caminando. Podía ver, mal, pero podía ver. Al otro día le tocó consulta posoperatorio. De nuevo estar ahí a las ocho de la mañana.

Y la doctora llegó poco antes de las nueve. “El transporte”, apenas musitó. Todo el mundo la comprendió enseguida. Una vez más, se priorizó a las personas mayores. No fue hasta las diez, casi once, que mi mamá se sentó frente a la doctora. En un aparato muy sofisticado revisó los ojos de mi madre. Yo los pude ver en un monitor, al que transmitía el aparato en tiempo real.

Yo también vi el Universo ahí, en ese iris castaño que se notaba perfectamente sano. Fidel solía repetir que toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz, que somos pequeños, casi insignificantes actores en una escena cósmica que nos humilla, que nos trasciende. Algún día el sol se apagará y no habrá más relatos sobre hazañas o vidas humanas.

Y, sin embargo, en los ojos de mi mamá vi ese mundo posible que nos prometimos, que nos debemos.

Ese mundo por el que seguimos luchando hoy, desde nuestra imperfecta realidad. Ese mundo de milagros hacederos que vale la pena defender… aunque cueste verlo, allí, a lo lejos.


[1] Ignacio Ramonet: “Operación Milagro”, tomado de la edición digital del periódico Escambray. Disponible en http://www.escambray.cu/2017/operacion-milagro/

[2] Se calcula que el 90% de las personas ciegas en el mundo viven en países con “economías emergentes” y más del 80% de las mismas son mayores de 50 años.

[3] En 34 países, fundamentalmente de Centro, Sur América y el Caribe.

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