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Por: Agustín Lage Dávila

Estamos viviendo un momento de nuestra historia que contiene muchas “toma de decisiones”, a nivel colectivo y también individual; y es imprescindible que esas decisiones estén guiadas por una visión del futuro que queremos y también de los futuros alternativos que no queremos.

La ética es precisamente eso, el compromiso con las consecuencias futuras de nuestras decisiones, mucho más que con las conveniencias o inconveniencias inmediatas, y para eso hay que saber siempre identificar lo esencial, y evitar que el bombardeo de imágenes e informaciones de diferentes colores (que sabemos bien de dónde vienen), nos lleven a centrar nuestra atención en las corrientes laterales de la realidad.

En un sermón pronunciado por Martin Luther King Jr. en la difícil década de los años 60 (Luther King fue asesinado en 1968), él decía:  “El progreso humano no es automático ni inevitable. El futuro ya  está aquí y debemos enfrentar la cruda urgencia del ahora. En este acertijo constante que implica la vida y la historia, la posibilidad de llegar tarde existe”.

Las tareas de hoy valen en función de lo que aporten a los objetivos distales, y de la velocidad que consigamos en alcanzarlos.

El pasado es uno solo, porque ya ocurrió, y lo que necesitamos es interpretarlo bien. Pero los futuros posibles son varios y también tenemos que entenderlos bien, ya que cada una de las posiciones que asumimos ante problemas concretos, nos demos cuenta o no, añade un pequeño vector de fuerza en la dirección de uno u otro de los futuros alternativos, y la acumulación de decisiones aparentemente tácticas ante problemas concretos puede generar lazos de amplificación y crear bifurcaciones irreversibles.

El capitalismo no contiene respuestas para los problemas más urgentes de la humanidad: La economía de mercado necesita el crecimiento constante de la  producción y del consumo, pero no puede seguir creciendo sin amplificar desigualdades sociales explosivas. Y tampoco puede decrecer o estancarse sin provocar una crisis económica y social. No hay salida dentro del sistema capitalista, y urge explorar alternativas.

Cuba construye, a partir de sus raíces históricas y su cultura, su propia alternativa de nación  soberana, independiente, socialista, democrática, prospera y sostenible, con una economía orientada a la felicidad material y espiritual de la gente; y defiende su derecho a seguir construyendo y mejorando su proyecto social.

Lo defendimos con éxito en las décadas del despertar revolucionario del Tercer Mundo en los años 60, luego en las décadas de la Guerra Fría, y después en el mundo unipolar de los años 90 y en el Periodo Especial.

Es una obra colectiva con logros que son innegables, reconocidos por amigos y enemigos. Pero es una obra amenazada. Ha estado amenazada siempre durante más de dos siglos, porque el proyecto social cubano nació en oposición al modelo capitalista, individualista, competitivo y depredador que surgía casi al mismo tiempo en los países industriales del norte.

Ahora, en la coyuntura histórica de los cubanos en estos inicios del siglo XXI se pueden apreciar tres caminos posibles por los que podría transitar nuestro futuro, los cuales, aceptando la simplificación necesaria para una exposición breve y concentrada en lo principal, podemos describir como:

  •  El camino de la ingenuidad, que nos llevaría a través de sucesivas concesiones, hacia la república reconquistada por nuestros adversarios históricos y hacia nuevas dependencias.
  •   El camino del estancamiento, que sacrificaría objetivos de desarrollo y participación, en aras de la rigidez de los controles, y nos llevaría a auto-excluirnos del sistema mundial de relaciones.
  •   El camino de la cultura, que es el único que nos puede llevar hacia el país posible que queremos los cubanos.

Hay que conocerlos bien, para decidir nosotros, los cubanos, y no dejar que nadie intente decidir por nosotros.

El camino de la ingenuidad

En la coyuntura histórica de los cubanos en estos inicios del siglo XXI se pueden apreciar tres caminos posibles por los que podría transitar nuestro futuro:

●       El camino de la ingenuidad.

●       El camino del estancamiento.

●       El camino de la cultura.

Como prometimos, vamos ahora a ampliar la explicación sobre el primero de ellos:

El camino de la ingenuidad: hacia la República reconquistada y la dependencia.

Nuestros adversarios en las batallas de ideas de hoy (quizás de siempre) están en dos categorías:

  1. Los enemigos conscientes que saben que su accionar conduce a un país fragmentado entre una minoría de ricos anexionistas y una gran mayoría de pobres, y que presionan hacia eso de manera perversa presuponiendo que, si triunfan, ellos caerán del lado de los ricos. Hacia este grupo no van dirigidos nuestros argumentos. Las actitudes políticas de estas personas serán resistentes a cualquier lógica, porque no parten de razonamientos, sino de intereses egoístas. Han sido la base social —ínfima pero real y peligrosa— del terrorismo contra Cuba. Con ese grupo no es posible dar “batalla de ideas”, sino simplemente “batalla”, sin apellidos.
  2. Los ingenuos, que son inducidos a confundir iniciativa económica con propiedad privada, a confundir derechos humanos con tolerancia para actuar contra los intereses del país y al servicio de otro, a confundir debate abierto de ideas con puertas abiertas para la influencia masiva de la industria de la desinformación, y a ignorar el impacto del diferendo histórico con Estados Unidos y el bloqueo en el análisis de los asuntos de Cuba. Con esos podemos razonar y explicarles hacia dónde nos pueden llevar las ingenuidades. Esta categoría es más numerosa, y tiene raíces diferentes pero similares consecuencias.

La Constitución de la República de Cuba establece en su Artículo 27 que “La empresa estatal socialista es el sujeto principal de la economía nacional”, aunque reconoce la propiedad privada “que se ejerce sobre determinados medios de producción por personas naturales o jurídicas cubanas o extranjeras, con un papel complementario en la economía”. Y aclara en el Artículo 30 que “La concentración de la propiedad en personas naturales o jurídicas no estatales es regulada por el Estado, el que garantiza, además, una cada vez más justa redistribución de la riqueza, con el fin de preservar los límites compatibles con los valores socialistas de equidad y justicia social”.

¿Cómo sería nuestro futuro si permitimos que decisiones aparentemente eficientes y racionales a corto plazo y en contextos locales, vayan expandiendo poco a poco el espacio de la propiedad privada hasta erosionar el papel central de la propiedad social? Obviamente, habría concentración de la riqueza en pocas manos. Nadie se sorprenda: eso es lo que han producido siempre, y en cualquier parte, las leyes del mercado y la apropiación privada de la riqueza socialmente construida. Más aún, se reinstauraría en el pensamiento colectivo una especie de “cultura de la desigualdad” que la legitime como algo permanente y la perpetúe a través de la desigualdad educativa.

El 8° Congreso del Partido Comunista de Cuba, reforzó esta idea al expresar en el Informe Central que: “La ampliación de las actividades de las formas no-estatales de gestión no debe conducir a un proceso de privatización, que barrería los cimientos y las esencias de la sociedad socialista construida a lo largo de más de seis décadas […] no puede olvidarse jamás que la propiedad de todo el pueblo sobre los medios fundamentales de producción constituye la base del poder real de los trabajadores”.

¿Cómo sería el futuro si una clase de propietarios privados tuviera en sus manos el poder económico? ¿Acaso no reclamaría en algún momento cuotas crecientes de poder político? ¿No actuaría un eventual poder político vinculado a la riqueza, en contra de la soberanía nacional? Es lo que nos enseña la historia: Cuba en el capitalismo dependiente nunca tuvo una gran burguesía realmente nacional. Fue siempre mayoritariamente una burguesía anexionista. Volvería a serlo si le damos la ocasión.

Tenemos y tendremos una economía abierta, porque somos un país pequeño que debe valorizar la riqueza creada en transacciones económicas internacionales; pero los actores económicos principales en el mundo capitalista exterior son empresas privadas. ¿Acaso no privilegiarían esos actores sus relaciones con un sector privado interno?. Eso fue lo que dijo, alto y claro, el presidente estadounidense Barak Obama durante su visita a Cuba en 2016.

Esa opción equivale a transitar hacia una economía privada, concentradora de la riqueza, que sobrepase y margine la economía estatal socialista, que es la que distribuye riqueza.

Un componente importante de las presiones externas que recibe la economía cubana consiste en inducirnos a que permitamos la ampliación de las desigualdades. ¿No fue eso exactamente lo que ocurrió en Rusia en 1992, cuando el abandono del socialismo y la avalancha de privatizaciones pusieron la economía en manos de oligarcas y mafiosos?

Como explica el compañero José Luis Rodríguez en su libro El Derrumbe del Socialismo en Europa (Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2014), se estima que en Rusia el 30 % del capital inicial del sector privado tuvo un origen de naturaleza criminal. Se privatizaron 122 mil empresas en 2 años; se fugaron al exterior entre 50 mil y 100 mil millones de dólares. El peso del sector privado en el PIB pasó de 5 % en 1990, a 70 % en 1998. El PIB decreció 23 %. El salario real bajó 68,3 %. La producción industrial descendió 54 %. La esperanza de vida en los hombres descendió de 65,5 a 57,3 años. La tasa de homicidios se triplicó.

Ese proceso tuvo raíces en la historia económica y política de la URSS, pero no fue un proceso completamente endógeno. Incluyó la labor de asesores estadounidenses y europeos, y de organismos internacionales como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. En la transición, como era de esperar, surgieron unos pocos nuevos ricos y supermillonarios, y también obviamente, muchos “nuevos pobres”.

Los primeros pasos hacia la privatización y la economía de mercado se dieron en países de Europa del Este a nombre de la racionalidad económica y la eficiencia; pero esa es una racionalidad orientada a la maximización de las ganancias de los propietarios y limitada al incremento de la productividad de la población “efectivamente empleada”, no de toda la población. Los excluidos (desempleados o en trabajo precario) no están en el denominador con el que se calcula la productividad de las empresas. No puede haber garantía del derecho al trabajo y mucho menos de la equidad social, sin una intervención sistemática del Estado en las relaciones económicas.

Los peligros de la ingenuidad están también en la esfera ideológica, la educación, la cultura y los medios de comunicación.

¿Cómo sería nuestro futuro si, en el marco de la imprescindible (y deseable) diversidad de opiniones y críticas en los medios de comunicación, se abriese una grieta para desvalorizar nuestra historia, deslegitimar nuestra soberanía, justificar desigualdades sociales, y promover la banalidad y el individualismo? ¿Sería este un debate de ideas al interior de nuestro país o sería influido y financiado de manera sesgada por el inmenso poder de la industria de la información estadounidense? ¿Cómo moldearían esos poderes la conciencia social de las futuras generaciones de cubanos? ¿Sería un debate de ideas que apela a la razón o una guerra de imágenes que apela a los reflejos primitivos del ser humano?

Todo esto podría ocurrir en Cuba si una inmensa ingenuidad colectiva nos indujese a movernos en esa dirección. Por este camino conseguiríamos quizás algo de prosperidad para algunos, pero no podríamos mantener la equidad social, ni la soberanía nacional. Es uno de los futuros posibles y los cubanos, mayoritariamente, no queremos ese futuro. Tampoco lo vamos a permitir.

Por supuesto, y lo sabemos, que también hay ingenuidades y grandes peligros en el otro extremo de las actitudes, que conducen al estancamiento y al aislamiento de nuestra economía. Pero esos los vamos a exponer en la nota de la semana próxima.

Tomado de CubaDebate

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