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En lo que presentan la estrategia de seguridad nacional, el mandatario Joe Biden dio a conocer la Orientación Estratégica Provisional, en la que anuncia sus objetivos. Tiene como antecedente conocido más inmediato su artículo publicado en la revista Foreing Affairs, en el que anunció que tomaría medidas para que, una vez más, Estados Unidos liderara el mundo.

En el mismo tono, el secretario de Estado, Antony Blinken, afirmó en su discurso de toma de posesión que el mundo es incapaz de organizarse solo, y que cuando EE. UU. se retiraba de algún lugar, otro país intentaba ocuparlo, y no para promover los intereses de EE. UU. También sostuvo que, en ningún otro momento de su carrera, como en el actual, habían desaparecido, por la renovación y la fuerza de EE. UU., las distinciones entre su política interior y exterior.

Sin necesidad siquiera de cuestionar la validez ni la viabilidad de las afirmaciones anteriores, coincidirá el lector en que tales ideas tienen muy poco de nuevo, y son congruentes con el viejo y desde siempre promocionado mito «americano» que representa a EE. UU. como paladín de la igualdad de oportunidades y la excepcionalidad de un pueblo que, elegido por Dios, recibió del creador, como «destino manifiesto», el don de gobernar al mundo, para hacerlo a su imagen y semejanza.

Pero resulta que el mundo que pretende liderar EE. UU., con su política (interior y exterior) y sus prioridades, es el de la crisis del capitalismo posglobalización neoliberal, cuya manifestación más evidente es su crisis sistémica y su acelerado declive.

Es el mundo en el que los fundamentalistas del mercado vivieron (algunos aún viven) convencidos de la autorregulación por la «destrucción creativa» schumpeteriana y la «nueva teoría monetaria»; infravaloraron los daños que sus políticas provocaban a la economía, cuyos déficits suponían que podían cubrirse mediante la «expansión cuantitativa» emitiendo dinero y deuda, tanta, que es varias veces superior al Producto Global Bruto, con resultados finales previsiblemente catastróficos. Para tener una idea, y solo para el caso de EE. UU. , basta señalar que su deuda federal asciende a 28,07 billones (millones de millones) de dólares, en tanto su Producto Interno Bruto es de 21,6 billones; a su vez, su deuda total (incluye hipotecas, préstamos estudiantiles, tarjetas de crédito…), llega a los 82 billones 699 mil millones, cifras que aumentan cada segundo.

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Y hablando ya de prioridades, la primera tendría que ver con resolver, de alguna manera, la profunda división y polarización existente en EE. UU.  entre demócratas y republicanos, globalistas y nacionalistas, supremacistas blancos anglosajones y protestantes y «negros, amarillos y marrones», también entre los antiguos y los nuevos y no tan nuevos inmigrantes, con su racismo estructural, las desigualdades abismales, el negacionismo científico y la desinformación rampante.

Prioridades para la nueva administración son detener la pandemia y su transmisión, lo que, a pesar de que todos sabemos es imposible sin la cooperación a escala global, EE. UU. insiste en el egoísta control local.

También prioritario resulta revertir el deterioro de la economía del país. Ello debería comenzar por una reforma fiscal que elimine las rebajas de impuestos que hicieron «más ricos a los ricos», realizadas por administraciones previas (demócratas y republicanas) y con la instrumentación de políticas –fiscal y monetaria– que, a la vez, les permitan disponer de los trillones (billones en español) de dólares requeridos para financiar la lucha contra la pandemia; la recuperación pospandemia y el sistema sanitario, también relacionado con la pandemia y la economía real (que implica mucho más que el crecimiento de las bolsas), lo que también supondría la modernización de la más que deteriorada infraestructura, la lucha contra el calentamiento global, y el mejoramiento de la educación prometidos durante su campaña.

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Pero, por supuesto, siempre asumiendo la «excepcionalidad» y siguiendo el discurso de Blinken, lo anterior solo se lograría «garantizando que la economía mundial ofrezca seguridad y oportunidades al mayor número posible de estadounidenses a largo plazo», con «políticas adecuadas» como «el paquete de ayuda que el Presidente está impulsando» y gestionando: «la economía mundial de forma que beneficie realmente al pueblo estadounidense»  (los entrecomillados son sugerentes del papel que le corresponde a EE. UU., según Blinken).

Como para Blinken las «lecciones aprendidas» por los defensores del libre comercio darían forma a la economía mundial de «la manera que queríamos», habría que revisar los acuerdos comerciales (por cierto, algo impuesto ya por Trump a México y Canadá) que fueron suscritos por EE. UU., sobre la base del liberalismo y la teoría clásica del comercio internacional de que todos se beneficiarían de los mismos. Solo que también es claro que, para la revisión de los acuerdos a su satisfacción, EE. UU. tendría que contar con los firmantes, entre ellos, China.

Todo lo anterior, la nueva administración deberá hacerlo recuperando la capacidad de compra de los salarios de los trabajadores que, según todos los cálculos, y para igualarlos a los de los años 50 del pasado siglo, deberían más que duplicar la propuesta del Presidente durante su campaña. Y ello, sin que las ingentes emisiones de dólares Fiat, necesarias para financiar todo lo anterior, no continúen depreciando la moneda que todavía hoy es la divisa más utilizada, pues ello haría a EE. UU. perder el privilegio de que el resto del mundo financie su economía, ventaja que disfruta en el actual orden (¿o desorden?) mundial.

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Entre las prioridades de política exterior, sin duda se encuentra lo que EE. UU. considera su «traspatio». En la declaración del Almirante Jefe del Comando Sur de EE. UU., del 16 de marzo de 2021, este «alerta» sobre la necesidad de contrarrestar la influencia de naciones foráneas como China, Rusia e Irán…, y también de Cuba por «su corrosiva influencia inspiradora de regímenes autocráticos en el hemisferio» (Sic) en lo que denomina «nuestro vecindario».

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Se incluyen también entre las «prioridades», la «renovación de la democracia amenazada por el aumento del autoritarismo y el nacionalismo (en el que, como vimos, se incluye a Cuba); establecer un sistema de migración (que seguramente será selectivo y garantizaría el robo de cerebros); la revitalización del sistema de alianzas, reinventando las asociaciones que se crearon hace años, para que se adapten a los retos de hoy y de mañana» (en lo que Blinken llama interés propio ilustrado); la crisis climática, impulsando la revolución energética verde y garantizando el liderazgo en la revolución tecnológica mundial que actualmente se desarrolla, lo que hoy parece inalcanzable.

Y como de prioridades se trata, una reflexión final se requiere. Periodistas de poca monta –y politiqueros aún peores– se regodean en EE. UU.  cuando insisten en que Cuba no es una prioridad, y que por ello no hay interés en la actual administración en reanudar las relaciones interrumpidas por Trump, sus promotores y aduladores. Por supuesto que es difícil saber qué piensan los hacedores de políticas en EE. UU., pero lo que sí sabemos es que a los cubanos dignos –y eso incluye a la inmensa mayoría de los que viven en EE. UU. y en el resto del mundo– nos guían las enseñanzas de Martí: «El mejor modo de hacerse servir, es hacerse respetar. Cuba no anda de pedigüeña por el mundo: anda de hermana, y obra con la autoridad de tal. Al salvarse, salva».

Aunque no sepamos si somos o no prioridad, sí sabemos cómo impidieron nuestra independencia de España, cuántas fueron las intervenciones militares, cómo perdimos parte de nuestro territorio… Precisamente por todo ello y más, y al margen de la historia de las relaciones conflictivas que durante nuestra historia común ellos han estimulado –y en la que los cubanos hemos demostrado convicción espartana–, es que también aspiramos a relaciones con el mundo, y con EE. UU., respetuosamente civilizadas y mutuamente ventajosas.

Por lo anterior es que a los cubanos nos interesa, y confiamos, en que en las relaciones que más tarde o más temprano mantendremos con EE. UU., podremos aprender lo mejor de cada uno de nosotros: sobre derechos humanos, en particular comparando los problemas a resolver sobre la discriminación racial; sobre los derechos de las mujeres, como el del aborto, la igualdad salarial por igual trabajo de mujeres y hombres; también sobre las proporciones de todo ser humano en la población económicamente activa y en toda profesión u oficio, incluyendo a los graduados universitarios y los científicos; sobre los derechos de los niños, la calidad de la educación y la salud, su costo y su acceso…  aquí y allá.

Nuestra capacidad de resiliencia, nuestro prestigio, nuestra relación con el mundo, basada en el respeto, el declive del imperio y nuestra capacidad de producir ciencia y servicios turísticos y médicos altamente competitivos, seguramente, y en fecha muy temprana, pudiera hacer prescindible para Cuba, a pesar de su proximidad y las inmensas posibilidades para ambos, el mercado «americano». Tampoco será esta nuestra decisión.

Tomado de Granma

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