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Desde que Donald Trump asumió la presidencia de los Estados Unidos, muchos especialistas y personas con suficiente inteligencia y ética, comenzaron a calificarlo como un hombre con profundos trastornos de personalidad y un peligro que podría afectar a toda la nación con sus decisiones. No se equivocaron, la historia les dio la razón y Cuba no fue una excepción, pues recibió en cuatro años 242 sanciones injustas y basadas en sus mentiras.

Ahora con la salida de la Casa Blanca, no pocos estadounidenses han perdido el temor de ser cruelmente reprimidos por Trump y reconocen sus falsedades y locuras, mientras Cuba continúa afectada injustamente.

Importantes diarios como el Washington Post, certifican que Trump construyó su propiomuro de desinformación, mentira a mentira, durante su presidencia.

Desde el 20 de enero de 2017 hasta el 12 de enero de del 2021, se le contabilizan más de 23 mil mentiras, incluso solo el día posterior a su toma de posesión, ya acumulaba 13 declaraciones falsas o engañosas. A mitad de su mandato, la cifra subía a más de 7 mil y terminaba su presidencia con cerca de 25 mil, lo que prueba de su capacidad para engañar y tergiversar la verdad.

Si esto es afirmado por los propios estadounidenses, ¿por qué aceptar los inventos desatados contra una pequeña Isla, que no resulta una amenaza para la seguridad nacional del país más poderoso militarmente del mundo?

Recordemos que el 16 de junio de 2017, Trump anunció en Miami la reversión del acercamiento con Cuba, iniciado por Barack Obama y ordenó redactar nuevas restricciones a los viajes individuales y el comercio, dejando sin efecto la directiva presidencial en vigor hasta esa fecha, todo para congraciarse con la mafia terrorista anticubana.

Tres meses más tarde, se fabricó la gran mentira sobre supuestos “ataques sónicos” en La Habana contra sus diplomáticos, situación inaudita que solo buscaba retrotraer el acercamiento con Cuba y servir de pretexto para romper nuevamente las relaciones diplomáticas establecidas por Obama.

Bajo esa calumnia acusaron a las autoridades cubanas, sin una sola prueba científica, de haber “afectado” la salud de una decena de sus funcionarios, por lo que el Departamento de Estado informó en septiembre de 2017, la retirada del 60 por ciento del personal de su Embajada en Cuba y ordenó la salida de 15 diplomáticos cubanos de la Embajada en Washington DC.  Unos meses después, suspendió la emisión de visas y el cierre de su consulado en La Habana, lo que afectó a cientos de miles de familias cubanas.

Si en Estados Unidos se aceptan como cierto tantas mentiras de Trump, esa falsedad también debe ser reconocida de inmediato y normalizar lo que nunca tuvo que ser dañado, entre ellas la modificación aprobada por el Departamento de Estado, sobre el otorgamiento a cubanos de visas B2, para turismo y visitas familiares, reducidas de cinco años con múltiples entradas, a una sola entrada con validez solo por tres meses, decisión inhumana que afecta la familia y no al gobierno de la Isla.

La historieta de los “ruidos”, elaborada por especialistas de la CIA cuando Mike Pompeo era su director (23 de enero de 2017 al 26 de abril de 2018), dio paso a nuevas restricciones de los viajes de norteamericanos y el comercio con Cuba, divulgadas el 8 de noviembre de 2017, donde se confeccionó un listado de 180 entidades y sub entidades cubanas, con las que los estadounidenses no pueden realizar transacciones. Dicha lista fue ampliada en otras cuatro ocasiones durante la presidencia de Trump.

Otra de sus locuras ejecutas contra Cuba fue la activación en 2019, del Título III de la Ley Helms-Burton, que permite presentar demandas contra personas y entidades que invierten en propiedades nacionalizadas en Cuba, y el corte del envío de remesas familiares a la isla.

A pocas horas de abandonar el despacho oval, Trump incluyó nuevamente a Cuba en la lista de países que patrocinan el terrorismo, acto repudiado por muchos países, incluidos sus aliados de la Unión Europea y el secretario general de la ONU, porque todos reconocen que es una mentira total.

Las falsedades del expresidente reafirman su trastorno psicológico y las afirmadas sobre Cuba no son las únicas, tengamos presentes las que dijo respecto al tema deinmigración hacia Estados Unidos, donde acumula más de 3 mil falacias en cuatro años. Además, se le contabilizan declaraciones inexactas sobre política exterior o el comercio y la pandemia de la Covid-19, con más de 2 mil 500 mentiras en pocos meses. La sugerencia de explorar la posibilidad de introducir luz ultravioleta dentro del cuerpo para matar la infección, o inyectarse desinfectante, no dejan dudas de su desvarío.

Estudiosos de sus discursos aseguran que ya en el momento de aceptar su nominación a la reelección, Trump había expuesto más de 22 mil mentiras, lo que hace que dijera más de 50 por día, situación nunca vista en un presidente de cualquier Estado.

Durante sus últimos meses en la Casa Blanca, desató el pandemónium en su país, con la enajenada mentira de que le “robaban” las elecciones,hecho que puso al descubierto el arcaico y poco democrático sistema electoral estadounidense. Esa campaña de falsedades terminó en un hecho terrorista impensable para los estadounidenses, el asalto violento al Capitolio nacional y la violación de las oficinas de altos funcionarios.

Con estos elementos, no es difícil para el nuevo presidente Joe Biden, defender un cambio en la política yanqui hacia Cuba, pues los desvaríos de Trump le sirven de sólida base para hacerlo y aunque sabemos que los objetivos de desmontar el socialismo desde adentro, no se modificarán, regresar a la política del acercamiento respetuoso, sin dudas, hará menos hostil el panorama para las familias cubanas a los dos lados del estrecho de la Florida.

No en vano José Martí afirmó:

“En casa del que nos codicia, lo primero es hacerse respetar”

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