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Como se ha difundido, el presidente Trump no satisfecho al parecer con sus ataques contra la OMS y China, ahora la ha emprendido contra las redes sociales y en especial Twitter. La semana pasada la popular red bloqueó dos trinos del mandatario estadounidense por considerarlos mentirosos y en su lugar estampó una etiqueta en la que redirige a los usuarios a otros medios de comunicación donde se informa sobre el tema con veracidad.

En sus  polémicos mensajes Trump alegaba que las movidas de algunos estados para permitir la votación por correo se traduciría en un fraude electoral de enormes proporciones.

Pero según Twitter, los trinos de Trump «contenían información potencialmente engañosa y fueron etiquetados para suministrar contexto adicional sobre el voto por correo».

Furioso por esta justa crítica, además de lanzar todo tipo de amenazas e improperios, el corrupto inquilino de la Casa Blanca respondió dictando un decreto contra las redes sociales con el cual les retira la protección legal a sus publicaciones.

La venganza de Donald Trump contra Twitter no cabe en 280 caracteres, el espacio que la red social brinda a los mensajes de sus usuarios. Necesitaría una ristra de más de cincuenta tuits para recitarla literalmente.

La respuesta del presidente estadounidense a la decisión de la empresa de etiquetar por primera vez sus mensajes como información dudosa llegó en los seis folios de una orden presidencial sin precedentes –y pocos visos de ser aplicada sin apoyo del Congreso– en la que plantea cambios legales para privar a plataformas como Twitter, Facebook, YouTube y Google de su actual inmunidad frente a posibles litigios por los contenidos publicados por sus usuarios, así como su libertad a la hora de moderarlos.

A cinco meses de las elecciones presidenciales de noviembre Trump ha declarado la guerra a las mismas redes sociales en las que se apoyó para llegar a la Casa Blanca.

El borrador es “una pieza diabólicamente inteligente de teatro político”, dice la experta legal Julie Cohen.

Ataques y detenciones de periodistas en las protestas de EEUU

El Comité para la Protección de los Periodistas  en EE.UU (CPJ) exige a las autoridades y fuerzas de seguridad que dejen de atacar a los periodistas que cubren la histórica ola de protestas antirracistas en Estados Unidos tras la muerte de George Floyd a manos de agentes racistas de policía en Mineápolis.

La aplicación Press Freedom Tracker, fundada por el CPJ ha llegado a contabilizar 125 ataques en sólo tres días. La mayoría de ellos cumpliendo órdenes directas de Donald Trump.

Igualmente se reporta la detención arbitraria de decenas de periodistas. Así por ejemplo, el equipo de CNN en Minnesota el viernes a pesar de que se identificaron repetidas veces como periodistas fueron arrestados y maltratados, y no fueron liberados hasta que el gobernador internvino personalmente.

«La demonización de los medios de comunicación por parte del presidente Trump durante años ha dado sus frutos, con la policía apuntando

a los periodistas claramente identificados con la violencia y las detenciones», dijo Christophe Deloire, secretario general de RSF. «Ha sido obvio durante

mucho tiempo que esta demonización llevaría a la violencia física. RSF ha advertido sobre las consecuencias de esta hostilidad flagrante hacia los medios de comunicación, y ahora estamos siendo testigos de un brote de violencia sin precedentes contra los periodistas en los EE.UU.».

Donald Trump volvió a cargar contra la prensa el domingo pasado en una de sus andanadas de Twitter. «Los Medios Patéticos de comunicación están haciendo todo lo que pueden para fomentar el odio y la anarquía. Mientras todo el mundo entienda lo que están haciendo, que son FAKE NEWS y realmente gente malas personas con una agenda perversa, podemos superarles y seguir nuestro camino a la GRANDEZA».

«Estamos horrorizados por el continuo recurso a acciones duras y a veces violentas de la policía contra los periodistas que hacen su trabajo. Son violaciones directas de la libertad de prensa, un valor constitucional fundamental de los Estados Unidos», dijo el Director del Programa CPJ Carlos Martínez de la Serna en Nueva York.

 El CPJ ofrece varios ejemplos de periodistas atacados con gases lacrimógeneos y otros materiales antidisturbios a pesar de haberse identificado a los agentes policiales. Incluso una periodista de la radio pública de Minnesota fue apuntada con las armas reglamentarias y los policías no bajaron las armas después de que se identificara.

«Realmente nunca he visto nada como esto»: Reporteros y fotógrafos de noticias describen haber sido maltratados, arrestados y disparados con proyectiles mientras cubrían manifestaciones en todo el país, reporta el New York Times.

Muchos comentaristas se escandalizan porque esto, propio de regímenes fascistas, esté ocurriendo en Estados Unidos, país que se jacta de defender las libertades.

¡Las libertades de prensa y expresión en los Estados Unidos son una farsa!.¡Tal parece que bajo Trump estamos viviendo en el Chile de Pinochet o en la Alemania nazi!, comentó un camarógrafo que fue golpeado brutalmente por un policía.

Como destacan numerosos medios de prensa en todo el mundo, con esta reacción, el oligarca Donald Trump pisotea de nuevo la supuesta libertad de expresión existente en los EE.UU. 

No por gusto el candidato demócrata a la presidencia Joe Biden acaba de afirmar que Trump es parte del problema y que lo está acelerando mientras siguen los disturbios en todo el país.

Trump enemigo acérrimo de la libertad de expresión

Los lectores deben recordar que en su primer día completo como presidente, en enero de 2017, Trump definió a los periodistas como “los seres humanos más deshonestos de la tierra”. Tardaría poco en bautizarlos como el “enemigo del pueblo”, o en sugerir que podría adoptar represalias legales contra empresas periodísticas. Como ya hizo cuando era candidato a la Casa Blanca, ha tergiversado más allá del límite el concepto de “noticias falsas” para definir cualquier información que sea crítica con él. Ha llegado a convocar un concurso para premiar al medio “más deshonesto y corrupto”.

El multimillonario neoyorquino, que según un grupo de prestigiosos psicólogos norteamericanos es un declarado narcisista, ha vivido desde siempre obsesionado por la cobertura mediática bajo la premisa de que es mejor que hablen de ti aunque sea de forma negativa. “Está tratando de volver a dominar el ciclo de 24 horas de noticias como hizo en la campaña de 2016. De crear un mensaje de caos: de ellos o yo”.

David Kaye y Edison emitieron un comunicado donde declaran que estos ataques son contrarios a las obligaciones del país a respetar la libertad de la prensa y a la ley de los derechos humanos internacionales. Además, no han podido probar ni siquiera una vez que una noticia en particular ha sido motivada por otras razones inconvenientes, dijeron los representantes de la ONU.

No es nueva la ofensiva salvaje de Trump contra la prensa.

Es parte de su ADN divisivo. Pero ahora la cruzada se ha acelerado:

Para muchos especialistas en política interna norteamericana, esta es por una parte la peor época para los medios de comunicación estadounidenses, pero también la mejor. Tal y como nos recuerda la triste historia del otrora gigante Chicago Tribune, hace años que la industria de la prensa viene muriéndose lentamente. Sin embargo, para el puñado de empresas periodísticas bien financiadas que aún sigue en pie, la era Trump ha terminado convirtiéndose en una “época dorada”, un período de grandes negocios millonarios.

Entre los respetables miembros de la prensa en la costa este hay una increíble unanimidad en el desprecio al presidente. Están obsesionados con dejar constancia de su mal gusto, con encontrar errores en sus tuits y con terminar con Trump y sus socios por el escándalo ruso de acá o de más allá. Son más inteligentes que el simplón multimillonario. Las exclusivas que destapan son devastadoras. Las páginas de opinión parecen discursos de recaudación de fondos del Partido Demócrata. En verdad dan mucho dinero.

Nada extraño hay en ello, las supuestas libertades de expresión y de prensa norteamericanas no son más que otro lucrativo negocio de esa metalizada sociedad.

La ambición desmesurada por el poder y el dinero es parte de la mentalidad de EE.UU. Como escribió Borges, cuando el representante de una sociedad secreta que quiere crear un país distinto de todos los que existen presenta su plan a un millonario estadounidense, «éste lo deja hablar con algún desdén- y se ríe de la modestia del proyecto. Le dice que en América es absurdo inventar un país, y le propone la invención de un planeta, siempre que por supuesto, podamos dominarlo».

Cada uno de los grupos oligárquicos que integran el gobierno invisible de ese país, ha tenido su momento de poder en la historia de EE.UU. Y no ha sido fácil. Ha habido oleadas de fraude electoral. La mafia de Chicago arregló las elecciones de 1960 en Illinois para que John F. Kennedy, el hijo de un simpatizante de Adolf Hitler que además había cometido todo tipo de fraudes en Bolsa, se convirtiera en el primer -y, por ahora, único- católico en alcanzar la presidencia. Su vicepresidente -y luego sucesor- era Lyndon B. Johnson, quien llegó a afirmar que él arreglaba las elecciones en su Texas natal «sólo con una llamada de teléfono» y que lanzó a EE.UU. a una guerra en la otra esquina del mundo, en Vietnam, por una agresión a dos destructores estadounidenses que nunca existió.

Sin embargo, las críticas de la prensa a Trump parecen no funcionar. Cuando lo castigan y denuncian, cuando cacarean y lo ridiculizan, Trump parece disfrutar. Como un reflejo, el presidente devuelve contra la propia prensa esa increíble efusión de desaprobación. Ello es así porque se siente respaldado por la anodina masa de supremacistas blancos que manipulan a su antojo los círculos fascistas vinculados al Presidente.

De hecho Trump ha resucitado aquella vieja crítica contra los medios por su “sesgo progresista”, una creencia antigua que formaba parte de las paranoias republicanas en los días de Richard Nixon, que por cierto es el héroe que Trump y compañía usan ahora como teoría para explicarlo todo.

En la práctica, los medios de comunicación norteamericanos avanzan a marcha forzada hacia una era de descrédito total, no tanto por los ataques de Trump, sino porque siempre han estado al servicio de la mentira y los intereses de los círculos de poder económicos que representan. Su reputación cae cada vez más bajo. Esa es una de las claves detrás de todos los gigantescos errores del periodismo norteamericano en las últimas décadas:

Entre otros muchos, las guerras de Corea, Viet Nam e Irak, las agresiones contra Cuba, Nicaragua y Venezuela y el respaldo a las dictaduras fascistas latinoamericanas en la que fueron cómplices los gurús más importantes del periodismo; la ausencia total de visión para percibir la epidemia de falta de ética que permitió la crisis financiera de 2008; y el ascenso de Donald Trump, que (a pesar de la morbosa fascinación que sienten por él los medios) tomó por sorpresa a casi todos.

Se trata de definir lo que es legítimo para el imperialismo yanqui, por supuesto, y la llamada prensa “respetable” aún en pie está completamente fascinada con eso. Es lo que define por completo su guerra contra Trump, por ejemplo. Saben qué apariencia debe tener un político norteamericano, cómo debe actuar y cómo debe sonar. Saben que Trump no se ajusta a esas reglas y reaccionan ante él como si fuera un objeto extraño metido bruscamente dentro de su refinado mundo que contaminara con su presencia su sofisticado club de campo.

Se acabó en los Estados Unidos la farsa de la libertad de prensa que en realidad nunca existió.

Ignorando estas críticas Trump ahora se vuelca en la campaña de las elecciones presidenciales de noviembre, en las que los republicanos se juegan la Casa Blanca. A lomos de la polarización política, trata de erosionar la credibilidad de los medios. Y de dividir el mundo entre buenos y malos para unificar a sus votantes en torno a un enemigo. Es la misma táctica que ha empleado para enfrentarse a los inmigrantes, los servicios de inteligencia, los fiscales, políticos demócratas…

En un país donde la libertad de expresión se vende como sagrada, el presidente, alérgico a cualquier reproche, acusa a los periodistas de ocultar sus logros.

Como en la lista de invitados de una exclusiva fiesta de hampones, hoy solo un pequeño grupo de personas, publicaciones e ideas es aceptado en la Norteamérica de Trump. El resto, no. porque no hacen el juego a los círculos de ultraderecha que son los que ahora mandan.

Solo se salvan la cadena Fox News, con una cobertura afín al republicano, y un puñado de medios conservadores extremos.

Tim Weiner, un reputado experiodista de The New York Times, coincide con el diagnóstico de una profesora de Columbia: “Ningún presidente ha atacado jamás la libertad de prensa como Trump, nada que se acerque a su crueldad y vitriolo”. Autor de un libro de referencia sobre Richard Nixon, Weiner dice que este sería el más cercano a Trump en su hostilidad con los medios.

Nixon también había llamado enemigo a la prensa, pero no dijo que lo fuera del pueblo. Como Trump, tenía aliados en los medios conservadores y objetivos similares. Nixon buscaba desacreditar la investigación del Watergate, que acabaría con su presidencia en 1974.

Tal vez la mejor definición de este fenómeno la diera hace poco un politólogo estadounidense que por prudencia pidió seguir en el anonimato: Señores periodistas, ¡despierten y pongan los pies sobre la tierra! Se acabó en los Estados Unidos la farsa de la libertad de prensa que en realidad nunca existió. Donald Trump se quitó la careta y ahora habrá que escribir lo que sus socios de la ultraderecha desean oír o callar para siempre.

¡Recemos mejor para que los “camisas pardas fascistas” del Presidente Trump no tomen en noviembre a punta de bayoneta la Casa Blanca!.

Para los revolucionarios cubanos esta afirmación no es nada nuevo. Desde hace mucho conocemos bien la doble moral y el fariseísmo del sistema político, económico y social norteamericano, por lo que estamos convencidos que una verdadera libertad de prensa y expresión solo puede existir en una sociedad como la nuestra, en la que a partir del Primero de Enero de 1959, se hizo realidad el mandato de nuestro Apóstol José Martí: “Yo quiero que la ley primera de nuestra República sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre”

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