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Cuba es el laboratorio donde los yanquis aplican cuantas ideas se les ocurran a sus especialistas en subversión, incluido el terrorismo de Estado, la guerra biológica y psicológica, adicionadas a las comercial y financiera, en su intento desesperado por hacer fracasar el modelo socialista escogido por el pueblo.

Los yanquis se oponen a los programas sociales de la salud y educación gratuitas, pues ellos mantienen esos sectores como mercados apetitosos para sus grandes empresas, sin importarle que mueran inocentes por carecer de recursos financieros para sufragar los altos costos de la medicina, o que el analfabetismo aumente.

Tampoco les importa que el acceso a la cultura sea un derecho del pueblo, ni la carencia de programas de seguridad social y para personas discapacitadas, o de la tercera edad.

Es tal el negocio en Estados Unidos que no se ha podido limitar la venta de armas, incluidas las de alto poder de fuego, porque la Asociación Nacional del Rifle sufraga campañas de senadores, representantes y hasta de presidentes, sin importarles la muerte de cientos de estudiantes y buenas personas.

Nada de eso sucede en Cuba, Venezuela, Nicaragua y Bolivia, pero los yanquis pretenden estrangularlos para que su modelo nunca sea imitado, como afirman, sin el menor sonrojo, los tanques pensantes del Council on Foreign Relations:

“La oposición de Estados Unidos a la Revolución cubana y el apoyo a la democracia y al desarrollo en este hemisferio, lograron frustrar las ambiciones cubanas de expandir su modelo económico e influencia política”.

Guerra Ecónomica.

El propósito que persiguen con sus medidas de guerra económica, es provocar la escasez de productos de todo tipo, y hacerle cree a la población de esos países que el único responsable es el modelo político-económico adoptado, idea que plasmó el Grupo Especial Ampliado del Consejo de Seguridad de Estados Unidos, en el Proyecto Cuba, aprobado por el presidente J.F. Kennedy en 1962, el cual dice textualmente:

“La acción política será apoyada por una guerra económica que induzca al régimen comunista a fracasar en su esfuerzo por satisfacer las necesidades del país, las operaciones psicológicas acrecentarán el resentimiento de la población contra el régimen”.

Ante los continuos fracasos de una caduca política, el presidente Donald Trump, insiste en apretar las tuercas para estrangular la economía de esos países, adoptando torpemente nuevas medidas que ponen de manifiesto sus verdaderas intenciones: la violación de los derechos humanos y el deseo de matar de hambre y enfermedades a los pueblos, situación que incrementa el rechazo popular.

La persecución a los buques tanqueros que llevan petróleo a Cuba es implacable, algo que constituye un delito internacional, al convertirse en un acto de piratería y una cacería de brujas contra un país que decidió defender su soberanía, al costo que sea necesario.

Contra Venezuela aplican medidas para robarle el dinero depositado en bancos extranjeros, congelan sus activos, se apropian de empresas en Estados Unidos, persiguen sus compras y ventas en el exterior, chantaje sobre terceros países para que desconozcan al presidente electo por el voto popular, incitan al terrorismo, planes de magnicidio, intentos de golpe militar y para colmo, obligaron a otros a reconocer a uno de sus agentes pagados, auto proclamado presidente en una calle de Caracas.

Las presiones y maniobras en la OEA, el Parlamento Europeo, el Grupo de Lima y la conformación de matrices de opinión en la prensa contra el presidente Nicolás Maduro, no tienen antecedentes en la historia, pero, aun así, el pueblo venezolano se mantiene firme y resiste los embates de la bestia imperial que demuestra una voracidad nunca vista, para derrocar a un gobierno que no se doblega ante sus órdenes.

Cuba lleva 60 años de victorias enfrentado todas las formas de subversión que los yanquis ejecutan. Ninguna de las decenas de planes para asesinar a Fidel Castro tuvo resultados, todos fueron descubiertos. Tal fue el escándalo, que el Senado de Estados Unidos se vio obligado a conformar una comisión para investigarlos, aunque nadie fue condenado.

Cuba ha podido sortear inteligentemente la guerra económica, comercial y financiera, sin doblar las rodillas; el gobierno informa al pueblo las medidas que se adoptan para seguir adelante, a pesar de las graves limitaciones, y los cubanos saben perfectamente que el único culpable de sus males es Estados Unidos, por eso resisten y refuerzan su ideología. El tiro le salió por la culata y no logran dañar el apoyo al socialismo, ese que les enseñó a leer y a escribir, para no ser más engañados como en épocas anteriores a 1959.

Los venezolanos van por la misma ruta, enfrentan estoicamente la peor crisis política, económica y social de su historia, y reconocen que no es el gobierno de Maduro el responsable de sus penurias, sino el gobierno de Estados Unidos con su guerra implacable, iniciada por el presidente Barack Obama y continuada por Donald Trump.

Medidas criminales adoptan los yanquis para hacer desaparecer a Venezuela y liquidar a sus ciudadanos por hambre y enfermedades, todo ante los ojos del mundo y de aquellos que se autocalifican “defensores de los derechos humanos”.

Datos oficiales del Banco Central de Venezuela, afirman que el producto interno bruto ha caído, al menos, 52% desde que Maduro está en el poder, a partir de las medidas aplicadas por Estados Unidos. Su industria petrolera es el blanco principal de las acciones subversivas, desde actos terroristas hasta el robo de sus activos en el exterior, la prohibición a otros de comprarle petróleo y las amenazas de fuertes sanciones a los países que no acaten las ordenes imperiales.

Ante la resistencia popular y el apoyo a su presidente Maduro, Estados Unidos desconcertado por sus fracasos, decidió tomar nuevas sanciones, al mejor estilo nazi, para impedir cualquier transacción comercial y financiera que oxigene al gobierno bolivariano, ante la contemplación pasiva de la ONU, la Unión Europea y otros países del mundo, a los que Estados Unidos chantajea con cortarles la ayuda financiera o romper tratados comerciales, política del garrote ejecutada en pleno siglo XXI.

Estados Unidos rabioso ante sus fracasos, busca nuevas sanciones con el sueño de derrocar al presidente Nicolás Maduro, de ahí la insistencia de Elliott Abrams, representante especial para Venezuela, de que la Unión Europea comience a imponerle sanciones a Maduro y a sus aliados.

Ese viejo halcón de la política exterior yanqui, quiere hacerle creer al mundo que la grave escasez de alimentos, medicamentos y de agua que padecen los venezolanos, sumando a los repetidos cortes de energía eléctrica provocados desde el exterior, es por culpa del gobierno bolivariano, como si los venezolanos de hoy día, no hayan recibido educación facilitada por Hugo Chávez, padre de las misiones que alfabetizaron a quienes no sabían leer ni escribir, permitiéndoles alcanzar, gratuitamente, nivel superiores de educación.

Para contrarrestar las acciones de Estados Unidos, el gobierno distribuye alimentos y medicinas a precios subvencionados, y mantiene los programas de salud apoyados con los médicos y enfermeros cubanos, algo que poner a rabiar a los yanquis.

La CIA contra Venezuela

Los intentos de la CIA por penetrar las fuerzas leales a Maduro fracasan, a pesar de copiar los planes que diseñaron contra Cuba en 1962, cuando en la conocida Operación Mangosta expresaron:

“La CIA propondrá, el 1ro de febrero 1962, un plan para la defección de altos funcionarios gubernamentales cubanos, con el fin de dividir el régimen desde dentro. Este empeño debe ser imaginativo y bastante atrevido para considerar el “nombre” de un desertor valorado al menos en un millón de dólares. Esto puede ser la clave de nuestro objetivo de acción política y debe ser llevado sin demora como un proyecto principal de la CIA”.

“La CIA completará los planes del 1ro de febrero 1962 para las acciones encubiertas y de engaño, para ayudar a dividir el régimen comunista en Cuba. Son colaboradores en esto los Departamentos de Defensa, de Estado y el FBI”.

Con sus medidas de guerra psicológica pretenden confundir al mundo al asegurar que:

“Las grietas dentro del régimen de Maduro se están multiplicando y ensanchando, y su tiempo se está acabando. No puede resolver ni incluso paliar los problemas desesperados que aquejan al pueblo de Venezuela”.

Pero la realidad se impone y los que creyeron tales falacias impuestas por Washington y que Juan El Títere Guaidó, tenía un amplio respaldo popular, incluso dentro de las fuerzas armadas, se han dado cuenta que los engañaron y pasado casi un año de ese show mediático, cada vez son menos sus seguidores, a pesar del amplio financiamiento con el que lo mantienen desde Estados Unidos.

Los acuerdos alcanzados entre el gobierno y partidos de la oposición, dejan sin credibilidad al Títere Guaidó, abriendo un camino para revertir la situación interna, solicitarle a Estados Unidos el cese de su guerra económica y mejorar los niveles de vida del pueblo, a lo que se oponen El Títere y sus jefes en Washington.

Michelle Bachelet se prestó para la componenda diseñada por los yanquis, con el fin de darle un viso legal a las inventadas violaciones de los derechos humanos en Venezuela, pero se manchó para siempre al quedar demostrada su parcialidad con Estados Unidos, cayendo sobre ella más porquería al no pronunciarse contra la brutal represión ejecutada en Ecuador, los asesinatos, las desapariciones y las detenciones arbitrarias contra la población que exigió en las calles durante 10 días, la derogación de un paquete de medidas económicas, impuestas por el FMI.

Con un cinismo sin par, Elliott Abrams expresó ante la prensa que:

“Estados Unidos seguirá ejerciendo presión sobre el régimen de Maduro y sobre aquellos que facilitan sus tácticas represivas, incluidas Rusia y Cuba”.

Si el gobierno de Venezuela es tan despreciado por el pueblo y no tiene apoyo popular, ¿Por qué Estados Unidos tiene que presionarlo y sancionarlo económicamente?

La respuesta es clara, la población apoya a Maduro y por eso hay que incrementar las sanciones para que paguen caro por ese respaldo, tal y como hacen desde 1959 con los cubanos. Los yanquis no aprenden de sus fracasos, su prepotencia los ciega y de ahí el descalabro de sus políticas.

Para criminalizar aún más sus medidas contra Venezuela, impiden el desarrollo de su industria petrolera y provocan una escasez de combustible que afecta también el servicio a las ambulancias, víctima actual de la crisis que enfrentan los venezolanos, debido a los problemas para abastecerse de combustible.

Algo similar pretenden hacerle a Cuba y por eso la persecución de los buques tanqueros para impedir la llegada de combustible a la Isla.

El error de Estados Unidos está en no reconocer que los pueblos no se pueden comprar con dinero y que no hay entendimientos cuando está en juego su independencia y la soberanía, porque como afirmó José Martí:

“Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra”.

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