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Autor: Granma | internet@granma.cu

En la misma medida en que el pueblo cubano demuestra que no retrocede ante la hostilidad y el recrudecimiento del bloqueo, las campañas de nuestros enemigos se han hecho más burdas e impúdicas. Ahora pretenden levantar contra Cuba, aunque parezca increíble, las banderas de la defensa de los sectores más pobres, en particular de los negros y mulatos. 

Hoy la Revolución sigue siendo, como dijo Fidel el 16 de abril de 1961, en vísperas de Girón, «la Revolución socialista y democrática de los humildes, con los humildes y para los humildes». Es esa su esencia indiscutible.

Con la entrega de tierras a los campesinos, con las decenas de miles de becas otorgadas a sus hijos, con la extensión de la educación a todos los rincones del país, con la creación de un sistema de Salud universal y gratuito que ha logrado indicadores similares e incluso superiores a los del mundo desarrollado, con la formación masiva de profesionales en todas las ramas del conocimiento, puede decirse que pocos países en el mundo han hecho tanto, como la Cuba agredida y calumniada, por aquellos que Martí llamó «los pobres de la tierra».

Al propio tiempo, en medio del bloqueo reforzado y de procesos tan complejos como la actualización del modelo económico y social, se ha estudiado cuidadosamente cada medida para evaluar y prever sus posibles efectos en la población vulnerable. Como ha dicho reiteradamente Raúl, «nadie quedará desamparado». Nada más ajeno a la Revolución Cubana que los habituales «paquetazos neoliberales» con sus trágicas secuelas.

El enfrentamiento a la pandemia ha puesto de manifiesto la preocupación constante del Partido y el Gobierno, en las distintas instancias, por la salud y la vida de todos y cada uno de nuestros ciudadanos, sin distinción alguna. Esto nos diferencia visiblemente de otros países ricos y poderosos, como Estados Unidos, donde la COVID-19 se ha ensañado en los marginados, afrodescendientes, latinos, indígenas, inmigrantes y personas en situación de calle.

La práctica de la solidaridad hacia quienes más la necesitan no se ha limitado a nuestras fronteras. África, un continente ferozmente saqueado, víctima del racismo en su versión más monstruosa, embestido durante siglos por traficantes de esclavos, colonialistas e imperialistas, recibió desde los primeros años de la Revolución triunfante la ayuda fraterna de médicos, maestros y soldados cubanos.

Nelson Mandela, en su visita a nuestro país, el 26 de julio de 1991, dijo estas palabras inolvidables:

«África tiene una gran deuda con Cuba (…) ¿Qué otro país puede mostrar una historia de mayor desinterés que la que ha exhibido Cuba en sus relaciones con África? (…) Nosotros en África estamos acostumbrados a ser víctimas de otros países que quieren desgajar nuestro territorio o subvertir nuestra soberanía. En la historia de África no existe otro caso de un pueblo que se haya alzado en defensa de uno de nosotros».

¿Con qué moral se aspira desde Estados Unidos a acusar de racismo a la Revolución? ¿Cómo, desde un lugar donde florecen el odio y los crímenes raciales, donde subsiste un racismo sistémico, puede juzgarse a Cuba con ese pretexto?

Pretenden comparar los prejuicios raciales, que seguimos debatiendo en Cuba, con la violencia de estos fenómenos en Estados Unidos y Europa, agravados hoy por el crecimiento de las tendencias neofascistas.

Conscientes de que todo vestigio de este flagelo debe ser extirpado de raíz del seno de nuestra sociedad, inspirados en las discusiones sostenidas en la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac) y, en especial, en su Comisión Aponte, el Consejo de Ministros aprobó en noviembre de 2019 el Programa nacional contra el racismo y la discriminación racial, que analiza estos temas periódicamente, con la participación de los ministerios y organizaciones de la sociedad civil. Es un esfuerzo para perfeccionar nuestro Socialismo y hacerlo más democrático e inclusivo.

Otro tópico de las campañas anticubanas está asociado a la libertad de creación en el campo de la cultura.

La obra cultural de la Revolución es motivo de orgullo para todo nuestro pueblo. Fidel, siguiendo a Martí, estaba convencido de que «sin cultura no hay libertad posible» y de que el arte y la literatura elevan la calidad de vida del pueblo. 

A partir de 1961 se fundaron las primeras escuelas de instructores de arte y se trazaron las bases para el sistema de enseñanza artística. Los hijos de los campesinos, de los obreros, de los que cortaban caña solo tres o cuatro meses del año, de los que apenas ganaban para sobrevivir en condiciones de miseria, también obtuvieron becas para estudiar arte. Muchos de los principales creadores surgidos de estos planes provienen de las clases sociales más pobres y de los lugares más remotos de la geografía cubana.

Las instituciones culturales, auxiliadas por Consejos Asesores integrados por la vanguardia intelectual y artística y representantes de la Uneac y la Asociación Hermanos Saíz de creadores jóvenes, ponen en práctica una política cultural ajena a dogmas y a todo sectarismo. La caricatura del «artista disidente» enfrentado a entidades burocráticas concebidas para la censura es una vulgar fabricación propagandística.

No se habla, por supuesto, de la censura del mercado sobre los creadores de todo el mundo. La propia pandemia ha dejado sin protección a muchos artistas que dependían de sus actuaciones para ganarse el sustento. Ha puesto al descubierto los efectos de la ausencia de políticas públicas destinadas a salvaguardar manifestaciones valiosas, incapaces de sobrevivir allí donde el arte se trata como mera mercancía. El neoliberalismo es anticultural por definición.

Tampoco en este campo Estados Unidos –la mayor potencia productora de cultura chatarra a escala planetaria– tienen moral para juzgar a Cuba.

La cultura en Cuba ha estado siempre vinculada a la Revolución, a los ideales del humanismo y a la emancipación. Céspedes y muchos otros líderes independentistas que protagonizaron la gesta iniciada el 10 de Octubre de 1868 fueron intelectuales. Martínez Villena, Pablo de la Torriente Brau, Raúl Roa, Marinello, Carlos Rafael Rodríguez, entre muchos otros, forman parte de una tradición que funde inseparablemente el pensamiento creador y la práctica revolucionaria. Martí y Fidel coronan este itinerario.

Nuestros auténticos intelectuales y artistas rechazan las manipulaciones del aparato subversivo financiado por el imperialismo y la bochornosa actuación de mercenarios que se han propuesto enturbiar la relación transparente y fecunda de las instituciones y los creadores.

Derechos humanos, libertad, democracia, cultura, dignidad, son conceptos que nos pertenecen. Nuestros enemigos han querido apropiárselos para emplearlos contra Cuba. Resulta vergonzoso que los principales violadores de todos esos principios se permitan juzgarnos sobre la base de un torrente de mentiras.

Pero la verdad y el ejemplo de Cuba prevalecerán, como ha ocurrido con la admirable labor de nuestros médicos internacionalistas a pesar de la sucia campaña desatada contra ellos.

Como destacó Fidel en la clausura del v Congreso de la Federación Estudiantil Universitaria, el 25 de marzo de 1995:

«…no ha habido una revolución más humana ni una revolución más limpia que la Revolución Cubana. Esa verdad no han podido destruirla nuestros enemigos, a pesar de su gigantesco e inmenso aparato publicitario».

Y tres años más tarde, el 1ro. de agosto de 1998, en la inauguración del Monumento a las víctimas de Barbados, subrayaría:

«Lo que nunca podrán imaginarse aquellos que cometen grandes crímenes contra los pueblos en la embriaguez de su impunidad y en el carácter efímero de su poder, es que la verdad siempre se abre paso más tarde o más temprano».

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