Foto: Internet

Muy bien podría ser el corazón de Cuba. Las montañas escudan al lago Hanabanilla, como las cavidades de ese motor que bombea la sangre al cuerpo. Si algo palpita en la zona montañosa del centro del país es la vida y el respeto por la salud de cada uno de sus habitantes.

No importa en qué intrincado paraje viva, en qué rincón del Escambray villaclareño. Cada una de las embarazadas y de las madres que lactan bajarán de las lomas, atravesarán la presa y podrán tener su primer pinchazo de esperanza.

Ya funcionan los cinco vacunatorios de Manicaragua. Unas 302 gestantes y poco más de 500 madres también tendrán la oportunidad de inmunizarse, una oportunidad que puede marcar la diferencia entre la muerte y la vida.

¡Qué orgullo saber que nadie, absolutamente nadie, quedará desprotegido! En la televisión provincial acaban de decir que se han buscado estrategias para que la vacuna beneficie a los pacientes encamados en Santa Clara. Ellos tampoco serán olvidados. Ni mi familia, la que habita en mi pueblo amado, en un pedacito de Villa Clara, a quienes les llegará, en su momento, el pinchazo salvador.

Como ellas, como las mujeres que cargan la vida en su vientre o en sus manos, también yo tengo a mi hija conectada a mi pecho. Cada mañana le acaricio el pelo, mientras succiona el líquido milagroso de la maternidad.

¡Cuánto tiempo anhelando este momento! ¡Cuántas noches de insomnio pensando en estadísticas, índices de contagio, probabilidades! Poner el hombro es una oportunidad que hay que retribuir con redoblada dosis de responsabilidad y agradecimiento.

Agradecimiento, esa es la emoción que me invade y me llena de orgullo. Un orgullo total por mi Isla, que también tiene manchas, pero es más grande la luz poderosa que irradia.

Como las madres del lomerío, también yo pude recibir mi vacuna. Mis padres, mi esposo y mi hermano, están dentro de los más de 180 000 santaclareños que se vacunan desde este jueves.

También mi amiga de sustos de primerizas y maternidades, compartió mi alegría, desde La Habana, cuando casi inauguró el vacunatorio de su barrio en la misma mañana del día 29.

La doctora me toma la presión. Recoge los datos requeridos. Después del autorizo del médico, sacan del bulbo el líquido transparente, frotan mi brazo con alcohol. Tengo tremendas ganas de llorar, lo confieso.

Veo a mi vecino enfermo, al diabético que le amputaron los pies, a mi hermano con Síndrome de Down. Todos en el salón, como mismo aguardan, en medio de la serranía, las mujeres que colaron más temprano el café para estar en tiempo frente a la enfermera.

¡Qué grande eres Cuba! Hasta mi brazo y hasta el corazón de la montaña llegó Abdala. Eso es Patria, humanidad.

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