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Autor: Manuel Hevia Frasquieri 

La doctrina de la «resistencia no violenta», conocida también como «golpe suave» o «desafío político», constituye una forma moderna de subversión imperial, un modelo más sofisticado de desestabilización política contra estados soberanos, considerados por el Gobierno de Estados Unidos como adversarios.

Esta novedosa doctrina subversiva genera un complejo entramado de hilos virtuales, que autores y medios informativos conectan con diversos conflictos y procesos de desestabilización interna ocurridos en diversas naciones a partir de los años 90, algunos de los cuales han sido bautizados como «revoluciones de colores» o la «primavera árabe». Esta doctrina intervencionista liderada por Estados Unidos ha dejado también su impronta en países latinoamericanos como Venezuela y Cuba.

La «no violencia» maquilló la sedición en la Europa del Este en los 80. Los ideólogos del neoconservadurismo estadounidense no descuidaron detalles en aquella acometida que dio al traste con el socialismo europeo y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. La instigación contrarrevolucionaria después de 1981 adoptaría abiertamente el financiamiento de instituciones y agencias millonarias dentro de Estados Unidos y Europa Occidental y la manipulación masiva de organizaciones no gubernamentales (ONG) creadas dentro de los países socialistas.

Como gran paradoja, la instigación de estos actos de intimidación y desobediencia civil se esgrimirían supuestamente para «democratizar el mundo en defensa de los Derechos Humanos». En esto radicaba la cínica singularidad del Proyecto Democracia, que mientras promovía la subversión y la guerra económica, aprovechaba los errores político-económicos internos de esos países, agudizaba la hostilidad, promovía la traición y el ascenso de la contrarrevolución al poder, contribuyendo al desplome del socialismo.

De aquella doctrina surge en 1983 el Albert Einstein Institution (AEI), en Boston, Estados Unidos, «obra» del ideólogo anticomunista Gene Sharp, con un novedoso esquema de «lucha política» ampliamente utilizado contra el socialismo europeo y la URSS. Se trataba de nuevos métodos de desestabilización abierta, bajo una supuesta bandera de no violencia, pero diferenciados de los tradicionales conceptos de «pacifismo y desobediencia civil».

El naciente AEI fue diseñado para elaborar y enseñar teorías y estrategias para derrocar gobiernos, enfocando su atención en el entrenamiento de jóvenes como elementos de movilización y choque sedicioso en las calles, siguiendo la agenda de Washington, y creció con asignaciones de la National Endowmend for Democracy (NED), canalizadas a través del Instituto Republicano Internacional (IRI), creado junto a su homólogo el Instituto Demócrata Internacional (IDI).

Sharp organizó el «Programa sobre las Sanciones No Violentas» en la Universidad de Harvard, donde transformó el uso de nuevas técnicas de desobediencia civil con un perfil intervencionista más agresivo. Según Sharp: «La acción no violenta es un medio de combate, tal y como es la guerra. Incluye el pareo de fuerzas, y el librar batallas requiere de una sabia táctica y estrategia y demanda de sus soldados coraje, disciplina y sacrificio».

Esta técnica tiene por base una copiosa literatura, de libre acceso en internet. Dos de estos libros fundamentan los 198 métodos de «desestabilización interna» y otros conceptos, expuestos por Sharp en De la Dictadura a la Democracia [1] y

El rol del poder en la lucha no violenta [2], en el que exalta el empleo de la «protesta y persuasión», a las que denomina acciones simbólicas, como paradas, asambleas, mítines, marchas y vigilias. Hace un llamado a la «no cooperación con el adversario», como la huelga y el desabastecimiento en sectores privados, y la llamada «intervención no violenta» que acrecienta la intensidad de la provocación, convocando a obstruir calles y avenidas, «ocupar pacíficamente» instituciones oficiales y otros actos de irrespeto a la autoridad, para propiciar una respuesta represiva y el encarcelamiento, enfatizando el apoyo mediático.

Según otros trabajos consultados, esta capacidad para promover la protesta, la indocilidad o la desobediencia civil se asienta en tres factores: 1) El financiamiento de agencias e instituciones para el sostenimiento de estos movimientos. 2)

La participación de ONG –entiéndase partidos políticos, organizaciones y sindicatos, medios privados de comunicación y prensa de derecha– los que desempeñarán un importante rol organizativo y de dirección. 3) Un fuerte nivel movilizativo, tanto en la dirección de sus «centros» de preparación como en la conformación de grupos de choque entre estudiantes, profesionales o mercenarios a sueldo, que tendrán el peso principal en enfrentar la posible represión e implantar el caos y la violencia en las calles bajo la bandera de la «democracia».

Según Sharp, «…la represión es una respuesta esperada… el grupo de acción tiene que desafiar la represión […] una represión más dura, puede incrementar, lejos de reducir, la resistencia y hostilidad al régimen […] la violencia de la represión puede alienar el apoyo al adversario».[3] Contradictoriamente a este juicio, las acciones contrarrevolucionarias en la República Bolivariana de Venezuela causan mucho más muertes y heridos en las filas de los manifestantes que apoyan al gobierno, convertidos en blanco de criminales armados pagados por la oposición, lo que revela la naturaleza fascista de esta doctrina golpista a la que es sometida esta revolución latinoamericana.

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