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Poseído por la megalomanía congénita que le caracteriza, desde que era un adolescente Donald Trump sueña con pasar a la historia como un personaje famoso. En sus delirios de grandeza, tal vez se crea un Alejandro Magno o un Napoleón Bonaparte. Al respecto, estamos convencido que de seguro será recordado, pero no como un benefactor de su país y mucho menos de la humanidad, sino como el mediocre político que transformó a los Estados Unidos en una “República bananera” en llamas, destruyendo para siempre su endulcorada imagen de nación civilizada.

Como si actuase conforme a un siniestro plan preconcebido, durante su mandato presidencial Trump se ha dedicado con demostrada eficacia, a destruir, socavar y pervertir las instituciones que conforman el aparato estatal burgués estadounidense, y lo que es peor, los fundamentos morales de su país. 

De hecho, cada vez son más los analistas norteamericanos que consideran que el corrupto presidente es en estos momentos el “enemigo público número uno” de la nación. Su actuar es tan corrosivo que los Estados Unidos corren el peligro de explotar desde adentro, como le ha ocurrido a tantos otros decadentes imperios.

Bajo Donald Trump Estados Unidos se ha convertido en un serio problema para la comunidad internacional.

Con el correr de su mandato ese país ha devenido una fuente importante de inseguridad para sus habitantes y de desorden para el mundo.

No se trata solo del resultado de un estilo personal, sino de una serie de políticas públicas internas y externas.

La pandemia epitomizó, entre otros, el desmantelamiento prolongado del Estado (con graves efectos, entre otros, sobre el sistema de salud), el auge de la desigualdad (afectando más a las minorías y los vulnerables) y el grado de polarización política (no solo partidista, sino también en materia de federalismo).

El pueblo estadounidense contra la dictadura fascista de Trump

Las palabras “dictadura” y “fascismo” se escuchan cada vez más en las concentraciones antirracistas que se celebran en Estados Unidos. Esos términos no aluden a gobiernos golpistas en Bolivia o Centroamérica. Las pronuncian en referencia a la deriva militarista de Donald Trump, presidente de la supuesta democracia más antigua del planeta cuya imagen se está resquebrajando a escala global.

Acaso estas impresionantes escenas ocurren en el Brasil de Bolsonaro o en el Chile de Piñera o Pinochet?. No, es en Nueva York, Los Ángeles o Washington.

En una tensa reunión en el despacho oval, centro neurálgico de la Casa Blanca, Trump solicitó el envío “inmediato” de 10.000 soldados a las calles de la capital para reprimir las protestas y atacar a sus propios conciudadanos. Mark Esper, secretario de Defensa, le contuvo y le convenció de que con la guardia nacional sería suficiente. Tras la “limpieza” de las protestas, el presidente hizo esa tarde su paseo triunfal a la iglesia de Saint John, Biblia en mano, una de las imágenes que definirá su primer mandato.

Nancy Pelosi, portavoz de la Cámara Baja, y tercera en el escalafón nacional, se planteó frente esa exhibición de represión injustificada: “¿Qué es esto, una república bananera?”.

Esta expresión se atribuye al escritor O. Henry, que la acuñó a principios del pasado siglo. “República bananera evolucionó para describir cualquier país (con o sin bananas) que tiene un líder despiadado, corrupto o loco que confía en los uniformados y destruye las instituciones en una búsqueda egomaníaca para prolongar su poder”, señala Robin Wright en The New Yorker .

“ Cuidado Trump, ¡el mundo nos está mirando!”.

Con su acostumbrada arrogancia el inquilino de la Casa Blanca exclamó: “He dado la orden a la Guardia Nacional de iniciar el proceso de retirada de Washington, ahora que todo está bajo perfecto control. Se van a casa, pero pueden regresar rápido si se necesitan”, tuiteó Trump este domingo. A pesar del éxito de la multitudinaria marcha del sábado en Washington, en su Twitter señaló que “hubo muchos menos manifestantes de los que se esperaban”.

Al empezar la agitación social después de la muerte de George Floyd en Minneapolis, que se suma a la crisis de la pandemia que se ha llevado hasta ahora a casi 115.000 estadounidenses, el gobernador de Minnesota Tim Walz lanzó una advertencia: “Nos están mirando”.

 La reiteración de protestas en numerosos lugares, entre estos países aliados, ha situado en arenas movedizas a los diplomáticos estadounidenses sobre cómo afrontar en el exterior las demandas de derechos humanos, democracia y respeto a la ley, mientras que en el interior de sus fronteras se muestran los tics que definen el autoritarismo.

Gracias a Trump, la diplomacia yanqui afronta hoy el desafío de tratar de defender los controvertidos y de por si muy criticados valores de EE.UU. frente a la difusión de esas escenas de violentos enfrentamientos entre las fuerzas de seguridad y manifestantes, pacíficos en su gran mayoría.

La expresión de violencia y brutalidad uniformada pone en duda la falsa autoridad moral que el país intenta proyectar.

Así, unos 160 legisladores británicos reclamaron que se ponga fin a la exportación a Estados Unidos de material antidisturbios, gases lacrimógenos y balas de goma. Es una prohibición similar a la que Trump solicitó al Congreso en el 2019 respecto a Hong Kong.

El Departamento de Estado emitió un comunicado en el que reconoció la dificultad de esta situación, pero reiteró el compromiso con la libertad de expresión y el cumplimiento de la legalidad.

Con un cinismo colosal ese texto plantea: “Estados Unidos está orgulloso del papel que ha tenido como defensor en el avance de los derechos humanos en todo el mundo”..

Pero diplomáticos y antiguos embajadores recalcaron que en el extranjero han visto que a muchos estadounidenses se les deniega la justicia de manera sistemática por el color de su piel, se les asesina y apalea impunemente, se persigue a los inmigrantes como si fueran alimañas y se dispara a diestra y siniestra contra los periodistas como en la Alemania nazi.

El Departamento de Defensa y el general Colin Powell contra el presidente de un país “sin control”

El presidente Trump anunció su intención de involucrar a los militares en tareas de control y represión de las marchas pacíficas y los saqueos furiosos. En esencia, por la ley de Posse Comitatus de 1878, el ejecutivo no puede desplegar a las fuerzas armadas para cuestiones de orden público.

Puede invocar la muy raramente utilizada ley de Insurrección de 1807.

Históricamente, el Departamento de Defensa ha interpretado dicha ley como una forma de “apoyo” a las autoridades civiles. En todo caso, el uso de la fuerza letal de los militares contra saqueadores sería violatorio de las normas al respecto.

Por su parte, el general retirado Colin Powell, primer afroamericano que fue secretario de Estado y presidente de la Junta de Jefes del Estado Mayor, arremetió contra Donald Trump por su intento de poner a los militares contra sus propios ciudadanos. “Tenemos una Constitución y la hemos de seguir. El presidente se ha alejado de la Constitución”, dijo a la CNN.

Es uno más en la lista de altos mandos que rechaza la manera en que Trump ha afrontado las protestas por la muerte del afroamericano George Floyd. Powell echó más madera y aseguró que votará al demócrata Joe Biden. “Este es el mayor movimiento de protesta que he visto en mi vida. Me sugiere que el país es más sabio y no hay vuelta atrás”, insistió.

Esto provocó la ira de Trump. En un tuit calificó a Powell de engreído, “responsable de llevarnos a las desastrosas guerras de Oriente Medio”. El adjetivo engreído se lo aplicó también a Biden. Previamente tuiteó que una encuesta le daba el 96% de apoyo en el Partido Republicano. Por supuesto, ni una palabra sobre otro sondeo (NBC-Wall Street Journal) en el que el 80% considera que el país está fuera de control. Así lo creen el 66% de republicanos, 92% de demócratas y 78% de independientes. Además, indica que hay más preocupación por la discriminación racial que por los saqueos protagonizados por una minoría.

Como bien señaló quien fuera el ex Jefe del Estado Mayor Conjunto (2007-11), el almirante Mike Mullen, las ciudades no constituyen un “campo de batalla” de las fuerzas armadas y los ciudadanos no son sus “enemigos”. En breve, los militares estadounidenses no son una fuerza de ocupación de su propio país.

El desgarrador mensaje del hermano de George Floyd ante el Congreso de EEUU:

“No merecía morir por 20 dólares”

Philonise Floyd pidió justicia por su hermano y dijo a los legisladores norteamericanos que de ellos depende que “su muerte no sea en vano”: “Honren la memoria de George haciendo los cambios necesarios», imploró.

Philonise Floyd, el hermano de George, el hombre cuya muerte a manos de la policía de Minneapolis ha desatado una ola de protestas contra el racismo y la brutalidad policial en Estados Unidos y varios países del mundo, habló este miércoles ante el Congreso norteamericano y conminó a sus miembros a que actúen para evitar que la pérdida fuera “en vano”. También les pidió que se hagan la pregunta de cuánto “vale la vida de un hombre negro”.

“Estoy cansado del dolor que siento ahora, del dolor que siento cada vez que matan a otro hombre negro sin ninguna razón. Estoy aquí para pedirles que hagan que pare. Paren este dolor. Hagan que no estemos cansados”, dijo Philonise Floyd en un emotivo testimonio ante el comité Judicial de la Cámara Baja.

 “Les pregunto, ¿es eso lo que vale la vida de un hombre negro? ¿Veinte dólares? Estamos en 2020. Ya basta. La gente que marcha en las calles les está diciendo que ya basta. Sean los líderes que necesita este país y este mundo”, afirmó.

Forzado por las circunstancias, en una maratónica sesión, el Senado norteamericano aprobó una propuesta que impide usar fondos destinados a la defensa para reprimir a los ciudadanos. De hecho, ello se considera un duro revés político para Trump.

Una estrategia internacional inquietante

En el terreno internacional la estrategia—si es que se trata de un cuerpo coherente de ideas, metas y medios–de Trump ha sido, y es, inquietante. Desde el comienzo de la Posguerra Fría su gobierno ha sido el que más sistemáticamente ha horadado el multilateralismo con sus dichos, propuestas y acciones en foros como Naciones Unidas, la Organización Mundial del Comercio, el G-20 y en regímenes tales como el medio ambiente, el control de armas y los derechos humanos.

Las fricciones con los principales aliados europeos en torno a cuestiones diplomáticas, comerciales y militares se han incrementado. Si en los ‘90 la Unión Europea avalaba el llamado “Consenso de Washington”, hoy lo que prevalece es el “Disenso con Washington”.

En Medio Oriente y Asia Central Estados Unidos ha combinado, de modo contradictorio y errático, la perpetuación de guerras irresolutas y algunas alianzas estrechas con las señales recurrentes de repliegue y el deslinde de ciertos amigos.

En América Latina, y en medio de la pandemia, ha reforzado las sanciones a Venezuela y Cuba y enviado una brigada del Comando Sur a Colombia para luchar supuestamente “contra el narcotráfico” y respaldar la “paz regional”, aunque todo el mundo sabe que lo que en realidad trama la Casa Blanca es crear condiciones para invadir Venezuela.

EL fenómeno Trump un reflejo del sector ultraconservador de la sociedad norteamericana.

Claro que el fenómeno Trump, en política interna y exterior, no debe malinterpretarse. Refleja creencias, convicciones y sentires profundos y arraigados en una parte ultraconservadora de la sociedad estadounidense, del establecimiento civil y del estamento militar.

Por ello, a principios de junio, su gestión era aprobada todavía por el 41% (encuesta de Politico), el 43% (encuestas de YouGov y Manmouth) y el 44% (encuestas de Rasmussen y CNBC). Sin embargo, pasados unos días su apoyo decreció al 38 por ciento.

Ello es así porque el fenómeno Trump refleja además el declive imparable de los Estados Unidos.

Desde cuando Trump lo asumió, el gobierno ha acumulado fracasos en política interior y no presenta ninguna coherencia ni visión en política exterior. Las encuestas

indican que su popularidad ha descendido a niveles no conocidos en presidentes anteriores en un período tan corto de tiempo, pero mantiene el apoyo entre

un grupo de alrededor de 50 millones de votantes de mentalidad conservadora y de extrema derecha.

Entre sus espectaculares promesas de la campaña presidencial, Trump está cumpliendo sólo las que se refieren a revertir políticas liberales y progresistas, como retirar a su país del Acuerdo de París sobre cambio climático y  la OMS, y las que afectan a sectores más frágiles, como la creciente expulsión de inmigrantes indocumentados y recortar la ayuda internacional al desarrollo.

Los Estados Unidos de Trump: un ejemplo de ingobernabilidad

Resulta paradójico que en el país que alardea de ser el más democrático y que se pasa la vida dando lecciones a todos de cómo se debe administar una nación, su presidente sea el primer promotor de la ingobernabilidad.

Para colmo, Trump no se apoya en un gabinete de políticos profesionales, sino que se ha rodeado de familiares incapaces, espías de la CIA, fanáticos racistas, empresarios oportunistas y fracasados exjefes militares, todos carentes

de experiencia de gobierno, pero cada uno de ellos pujando en favor de sus propios intereses económicos e ideológicos. Esto impide que existan unidad y coherencia gubernamental.

Además de la falta de profesionalidad del gabinete de gobierno, los fracasos de Washington se deben, primero, a que el programa electoral de agitación populista que le permitió ganar a Trump la presidencia carecía de consistencia y no tiene continuidad en estrategias políticas.

Segundo, a la creciente brecha y desconexión entre el presidente y el Partido Republicano.

Tercero, porque las formas autocráticas y nepotistas de gobernar de Trump están creando una crisis insalvable de las instituciones norteamericanas.

Según David Blight, historiador en Yale, todavía no se ha llegado a la república bananera, aunque se está al borde de la misma.

Para los republicanos, Trump es un gran dolor de cabeza porque les está provocando una profunda crisis, precisamente, cuando controlan sólo una de las dos cámaras del Congreso.

La cuestión crucial es que la base social de Trump, sus votantes, no es necesariamente republicana. Se trata, en realidad, de un sector que desconfía de los partidos políticos, a los que acusa de haberlos abandonado a su suerte al haber aceptado la integración de Estados Unidos en la globalización y su impacto (especialmente pérdidas de empleo).

Es, a la vez, un sector culturalmente reaccionario contra la modernización, que añora volver a décadas atrás, a épocas de pleno empleo, religiosidad, liderazgo

de hombres blancos en núcleos familiares tradicionales, antes del feminismo, con mujeres y ciudadanos de color en un segundo plano, y sin la masiva presencia

de la inmigración latina. El país ha dejado de ser blanco de origen europeo, transformándose en una sociedad multicultural blanca, negra e hispana, más

otros componentes. Esto es poderosamente rechazado por los votantes de Trump.

Frente a esta reacción ideológica-cultural, el presidente y los republicanos coinciden en promover una agenda y un movimiento ultraconservador que se asemeja peligrosamente al fascismo.

El riesgo para los republicanos se agudiza porque Trump es un jugador que no guarda ninguna lealtad al partido. Si las investigaciones sobre los casos de corrupción en que está implicado o los conflictos de intereses de su familia avanzan, no dudaría en tratar de salvarse sin pensar en los republicanos, algo que contribuiría a hacer realidad la idea del  ultraderechista Stephen Bannon, sobre “destruir el sistema desde dentro”.

Tal es el representante del imperio norteamericano que pretende dar lecciones al  mundo de gobernabilidad.

Muchas son las acciones y criterios del presidente Donald Trump que se caracterizan por su total desprecio hacia el destino de los seres humanos, no importa si son estadounidenses o de otras nacionalidades. En esta larga lista se pueden incluir desde su racismo xenofóbico visceral, su obtusa y inhumana política con los inmigrantes hasta su obsesión paranoica de agredir a Cuba, Nicaragua y Venezuela.

Como expresara el compañero Miguel M. Díaz-Canel Bermúdez, Presidente de la República de Cuba, en su intervención en la conferencia virtual de alto nivel: Economía Pospandemia del ALBA-TCP, el 10 de junio de 2020:

“La paz y la seguridad regionales también se encuentran amenazadas. La administración norteamericana rehusó pronunciarse públicamente y con claridad ante un acto terrorista ocurrido en la capital de ese país contra la Embajada de Cuba, lo que confirma la actitud de complicidad y contubernio con quienes promueven actos violentos contra nuestros países, y ratifica que el lenguaje agresivo e incitador de posiciones extremas y violentas cumple objetivos estratégicos del actual gobierno estadounidense.

En lugar de atender las justas demandas de decenas de miles de personas que, dentro y fuera de los Estados Unidos, se pronuncian pacíficamente frente a los abusos policiales, el racismo, la xenofobia y el desprecio presidencial por los excluidos del “sueño americano”, la actual administración insiste en dedicar recursos y energías a sus maquiavélicos planes de intervenir en Nuestra América”.

Aunque este comportamiento del actual inquilino de la Casa Blanca luzca a primera vista irracional y suicida, responde por completo a la despiadada lógica capitalista neoliberal conforme a la cual, las ganancias de los círculos oligárquicos de poder que representa el mandatario yanqui, están por encima no sólo de los intereses del pueblo estadounidense sino de toda la humanidad, incluso al costo de que se extinga la vida en nuestro planeta.

Pero como subrayara en la precitada intervención el Presidente cubano: “No hay modo de rendir, ni siquiera con la rodilla sobre el cuello, a los pueblos que aprendieron a respirar la libertad conquistada con la sangre de sus mejores hijos y se deciden a luchar unidos”.

fin

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