La necedad y el odio Una mina de oro para las redes sociales
La necedad y el odio Una mina de oro para las redes sociales

La abrupta irrupción de las redes sociales en nuestras vidas evoca la metáfora de Frankestein sobre la ambivalente función de la tecnología. ¿Es la tecnología mala per se o depende de quién la use y para qué la use?

En sus inicios, las nuevas tecnologías que conforman hoy la red de redes nacieron bendecidas por la promesa de facilitar la comunicación instantánea y de ser un reservorio del conocimiento mundial: «un gran cerebro universal tecnológico».

¿Pero ha ocurrido realmente eso? Puede que sí en lo que respecta a la comunicación, la internet nos ha servido para reencontrar familiares y amigos a quienes considerábamos perdidos y para ponernos en contactos con ellos sin importar las distancias geográficas. En cuanto a su papel como reservorio del conocimiento mundial, no creo que haya ocurrido lo mismo. Aunque la web ya contiene una gran parte del saber humano, no hace falta una estadística para notar que, aunque hoy probablemente se lea más que nunca, nunca se ha leído más basura.

Ya lo dijo hace algunos años mejor que nadie el semiótico y escritor italiano Umberto Eco cuando afirmó que herramientas como Twitter y Facebook permiten que la opinión de los «necios» tenga la misma relevancia que «la de un premio Nobel. Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban solo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad».

¿Qué pasó? ¿Como en la novela de Mary Shelley a los creadores de Silicon Valley se les cayó a última hora el frasco que contenía el «gran cerebro universal tecnológico» y no les quedó más remedio que echar mano al de algún idiota?

¿A dónde fueron a parar las promesas de democracia de unas redes en las que todos tendríamos, en igualdad de condiciones, la libertad de expresarnos?

Las llamadas redes sociales, si es que alguna vez lo fueron, dejaron de serlo cuando se convirtieron, gracias a las ganancias que generan las ventas de datos de sus usuarios, las promociones de contenidos y la inserción de publicidad, posiblemente en las empresas más prósperas y lucrativas del capitalismo.

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La fortuna de Mark Zuckerberg, cofundador y al frente de Facebook, alcanzó recientemente los 100 000 millones de dólares –84 400 millones de euros–, según el índice de milmillonarios de Bloomberg.

El mayor experimento sicológico del mundo, basado esencialmente en la necesidad de aceptación social innata del ser humano, atrapó en sus redes a millones de ingenuos que se creyeron el cuento de que su voz por fin sería escuchada en algún rinconcito de la nueva ágora virtual mundial. Hipnotizados por la magia de la tecnología, ahora, además de «informáticos», algunos se creen «periodistas», showman de Youtube y hasta grandes directores de cine en videos de Tik Tok.  

Las «gratuitas» redes sociales nos regalan el espejo de Narciso, para contemplarnos en selfies, y el espejo de la reina mala del cuento de Blancanieves, un espejo que habla a través de los likes y comentarios aprobatorios para inflamar el ego: «Si mi am@, usted es m@s bell@, ingenios@ y gracios@ que nadie en el mundo». Pero ese reflejo en ocasiones no es tan complaciente, y en vez de aprobación, destila el odio que insulta a algunos y genera el morbo en los demás.

A propósito del odio, un grupo de famosos, entre los que se encuentran Leonardo DiCaprio y Kim Kardashian, la actriz Jennifer Lawrence y el actor Sacha Baron Cohen, acaban de proponer un boicot a la red social Instagram, para pedir a Facebook, su empresa matriz, una lucha más eficaz contra los contenidos de odio y la desinformación en sus plataformas.

No es primera vez que tal tipo de denuncia ocurre. Por citar otra reciente, a finales de junio, un colectivo -que incluye nueve organizaciones como la asociación judía contra el antisemitismo Anti Defamation League (ADL) y la organización de defensa de derechos de los negros NAACP- lanzó la etiqueta #StopHateforProfit («Alto al odio con fines de lucro»).

La queja, sin embargo, ha caído en saco roto. A principios de julio, el director ejecutivo de Facebook, Mark Zuckerberg, se reunió con representantes del movimiento, quienes exigieron diez medidas inmediatas, pero solo aceptó una: el nombramiento de un líder de alto rango con experiencia en la defensa de derechos civiles.

Quién iba a pensar que algo como el odio, el bullying, o la violencia verbal, se convertirían en una fuente de ganancias. La explicación del surgimiento de esta nueva mina de dólares está en que las agresiones contra el otro generan grandes cantidades de las visitas, o vistas, que necesitan los anunciantes para promocionar sus productos. Mientras más publicidad, más ganancias para las redes sociales.

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La pandemia de imbecilidad ha infectado hasta la «alta política». En la foto, el Secretario General de la OEA, Luis Almagro, mientras participa en un programa de odio contra Cuba en Youtube.

Otro tanto pasa con la estupidez o las fake news. Según los expertos, una fake news en Twitter se ve seis veces más que una noticia verdadera. En cuanto a los necios a los que se refería Umberto Eco, la mejor prueba de su preponderancia es la proliferación de youtubers cuyo único mérito parece ser el de contar con un gran talento para la propagación de la imbecilidad. Como el odio, la estupidez es popular y, por lo tanto, lucrativa para los nuevos dueños de la nueva ágora virtual. Los algoritmos no se equivocan; mientras más necedad se consume, más necedad te ofertan: una verdadera y terrible pandemia en detrimento de la inteligencia.

Por suerte, son cada vez más, incluidos varios expertos de Silicon Valley que estuvieron involucrados en dar vida a este nuevo Frankenstein, quienes cuestionan el papel que juegan hoy, estas aplicaciones en la manipulación de las mentes. Utilizadas hasta ahora también como armas de guerra para subvertir gobiernos -el caso de Cuba es un buen ejemplo- o encumbrar presidentes en otros países, ya sea a favor o en contra de los intereses imperiales, las redes sociales, con su sobresaliente discurso de estúpido odio, han devenido un boomerang para la propia política interna de los Estados Unidos. 

Cada vez son más quienes acusan a Facebook y sus similares de desempeñar un papel en la «incitación a la violencia, la difusión del racismo y el odio, y de contribuir a la desinformación sobre el proceso electoral» en Estados Unidos. ¿Será que, como en la novela de Mary Shelley, el monstruo a lo Frankenstein la emprende contra sus creadores?

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