Internet
Internet

Por: Enrique Ubieta Gómez

Yo también lo he pensado y lo he dicho: no podemos ser aburridos, la verdad no puede carecer de glamour (tan impregnados de sus efectos estamos). Pero, ¿por qué las revoluciones y los revolucionarios atraen tanto a la juventud? El capitalismo encandila –el exceso de iluminación evita el escrutinio–, apela a las luces de neón y a los fuegos de artificio, ofrece castillos, princesas, alfombras rojas, la gloria posible en un juego de azar o en un amor imposible, según el manual no escrito de cualquier película hollywoodense.

No hay que subestimar su capacidad de seducción: en un mundo tan enredado, se siente bien flotar bocarriba en las aguas mansas de una playa. Todos no alcanzarán la gloria, pero quizás tú sí. Dicen que el socialismo, en cambio, es un largo y tedioso discurso en una ciudad semiluminada, y las luces –que no se encienden porque el bloqueo, que se presenta como un ser vivo, autónomo, irracional, lo impide de manera alevosa–, vienen o no con uno.

Y sin embargo, hay jóvenes valientes para los que hacer la Revolución es como hacer el amor, para los que el cuerpo de la amada puede transmutarse en el de la Patria, o viceversa. Hay una mística revolucionaria que no nos viste, ni nos arrulla con comodidades, ni promete sofisticados objetos de consumo y sin embargo, convoca y enamora, y hay miles de jóvenes que entre canciones y poemas, besos y risas, construyen, se juegan la vida. Nunca el cuerpo es más carnal, y a la vez, más espiritual. Nada es más serio, y más atractivo. Las revoluciones tienen algo que el dulce encanto de la burguesía no consigue: un sentido trascendente de la vida que embellece el rostro.

Lo que necesitamos conservar, entonces, no es el glamour del mercado, es la mística de la Revolución. Para un autor como José Manuel Prieto, la caída del socialismo este europeo se debió a su desprecio por «lo nimio, lo aparentemente falto de importancia: la moda, los hits musicales, los chocolatines suizos, las fragancias de marca» (1). No es cierto. Se debió a la extinción paulatina de la mística revolucionaria o, en algún caso, a su inexistencia de origen –causa y consecuencia a la vez de otras causas–, que dio paso entonces a «lo nimio» mercantil (la moda, los hits, las marcas) que desvirtuaba el intento socialista de humanizar el consumo, para nada ajeno, como ideal, a la belleza y al confort.

El capitalismo lo sabe e intenta apropiarse de la mística revolucionaria, usurpar sus conceptos y símbolos. Como no puede resignificarlos, los rellena de paja; vende un producto trucado, una «posverdad». Utiliza la palabra «revolución» para reconquistar el poder, pero evade su contenido inevitablemente antimperialista e intenta encandilarnos (es lo que sabe hacer): «revolución de colores», dice. Una «revolución» conducida por la ultraderecha, ¿puede ser tratada como tal?

¿Qué sucede cuando la mística revolucionaria es sustituida por el glamour?, ¿cuándo se propone una alegre, casi

ingenua sentada frente al Ministerio de Cultura de la Revolución –todo un símbolo–, y los jóvenes se toman de la mano y cantan, y alguien llena de regocijo sus corazones al afirmar: «ustedes están haciendo historia», cuando en realidad la hacen otros?, ¿cuándo se combinan los tenis converse, el vestuario ligeramente informal, pero de marca, con el puño en alto y las falsas huelgas de hambre (otra vez la posverdad), y se sustituye el grito de yanquis go home por el de Trump is my president? ¿Cuándo se construyen movimientos «a imagen y semejanza» de los que combaten el sistema, para defender el sistema?, ¿cuándo se organiza una rebeldía recompensada como forma de enfrentar la más alta expresión de la Rebeldía, que es la Revolución? Cuando las palabras se trasmutan en su antítesis para sojuzgar a los pueblos, estamos en presencia de métodos fascistas.

El atractivo de una Revolución está en su mística. Es el punto trascendente en el que confluyen la verdad, la justicia y la belleza. No es (solo) un problema de formas. No se reduce al uso de nuevas tecnologías, de materiales audiovisuales; no se trata de cambiar las palabras, de emplear un supuesto léxico juvenil. No emana de discursos mejor o peor elaborados, sino de actos, de acciones. Cada nueva generación descubre, descubrirá deslumbrada, las «viejas» palabras y los «viejos» actos de Martí, de Marx, de Mella, del Che Guevara, de Fidel.

(1) José M. Prieto: «Nunca antes habías visto el rojo», en Cuba y el día después, Mondadori, Barcelona, 2001.

Tomado de Granma

Dejar respuesta

¡Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí