Imagen: Adaptada de Russia Today
Imagen: Adaptada de Russia Today

Por: Luis Gonzalo Segura

La ilusión de la democracia occidental sufrió una caída temporal, como si de un servidor se tratara, cuando se anunció que el Tribunal Supremo de Reino Unido extraditará a Julian Assange a Estados Unidos. Pero no se preocupen, solo duró unas horas, poco después los servidores fueron restablecidos y todo continuó con normalidad. Con la misma normalidad de siempre: Guantánamo en su sitio, los aliados occidentales que descuartizan periodistas tan campantes y el rey emérito Juan Carlos librándose de otro de sus múltiples delitos cometidos, ya nadie sabe muy bien ni cómo. Tampoco importa, la Estatua de la Libertad sigue en su sitio, para qué más.

Julian Assange, ya saben, ese terrorista para Joe Biden por haber publicado informaciones que demostraron los crímenes de guerra de Estados Unidos, incluidos asesinatos de periodistas como los que callan y de niños como los que ni saben ni les informan, permanece retenido en la prisión de máxima seguridad de Belmarsh, en el Reino Unido, después de la petición de extradición presentada por Estados Unidos.

Justicia británica: de Pinochet a Assange

La decisión jurídica, en cualquier caso, resulta chocante si tenemos en cuenta que, según Stella Moris, la prometida de Assange, Julian sufrió el pasado 27 de octubre un derrame cerebral en la prisión de máxima seguridad de Belmarsh mientras participaba en una videoconferencia con motivo del proceso del Tribunal Supremo de Reino Unido que finalmente ha concluido en la aceptación de la extradición de Julian Assange a Estados Unidos. Si pensamos en la no extradición de Pinochet, no es que la decisión sea más incomprensible todavía, sino todo lo contrario, demuestra hasta qué punto un dictador asesino y genocida como Pinochet tiene más derechos en Londres que el periodista que filtró una de las informaciones periodísticas más importante de las últimas décadas.

Assange, entre la depresión, el derrame cerebral y el suicidio

De hecho, desde el derrame cerebral, Assange recibe medicación para paliar los daños causados. Así lo explicaba Moris: «Miren a los animales atrapados en jaulas en un zoológico. Les acortan la vida. Eso es lo que le está pasando a Julian. Los interminables casos judiciales son extremadamente estresantes mentalmente… le faltaba aire fresco y luz solar, una dieta adecuada y los estímulos que necesita». 

Por todo ello, Julian Assange habría sufrido tal estrés que tendría daños neurológicos, problemas con la memoria y el párpado derecho caído. Unos daños que serían visibles para cualquiera, tal y como señaló el periodista Kevin Gosztola, de Shadowproof, cuando pudo verle físicamente junto a varios periodistas en la sala de vídeos en la que Assange debía declarar.

Además, cabría señalar que los problemas psicológicos de Julian Assange no son nuevos, ya que en el mes de enero la jueza Vanessa Baraitser, del tribunal de primera instancia, ya aseveró que Assange había intentado autolesionarse y que tenía tendencias suicidas.

Quejas de la ONU y los movimientos sociales

Por su parte, Nils Melzer, relator de la ONU para casos de tortura y castigos crueles o degradantes, se preguntaba cómo se puede discutir la extradición de Assange para un juicio ‘de espectáculo’ cuando los Estados Unidos se niegan a enjuiciar a sus torturadores y criminales de guerra o cuando el propio Assange no se encuentra ni siquiera en condiciones médicas para asistir a su propio juicio a través de un enlace de video. Es igual, no es un juicio, es una ejecución.

Pase lo que pase, los norteamericanos, los occidentales y toda su parafernalia de la democracia ya han ganado, ya han amedrentado públicamente a potenciales periodistas y denunciantes de corrupción. Ya han conseguido su objetivo.

En el mismo sentido se expresó Ben Wizner, director de la Unión Estadounidense por las Libertades Civiles, cuando afirmó que lo he hecho por Assange es lo mismo que llevan décadas haciendo los medios internacionales y que mientras estos fueron galardonados por publicar la información de WikiLeaks, a Assange se le pretende juzgar por unos delitos que, en todo caso, fueron cometidos por Chelsea Manning. Quedando, además, impune lo más relevante del asunto: los crímenes de guerra que militares de Estados Unidos y del Reino Unido cometieron en Irak y en Afganistán.

Para intentar remediar la situación, Amnistía Internacional ha comenzado una campaña para recabar firmas que impidan la extradición a Estados Unidos, ya que según la ONG, si Assange fuera trasladado a Estados Unidos, «estaría seriamente expuesto a sufrir violaciones de derechos humanos». Además, WikiLeaks, por su parte, ha recordado que la información publicada por Assange demostró que Estados Unidos no solo cometió crímenes de guerra, sino que asesinó a niños y a dos periodistas de Reuters.

Para reforzar la posición de Assange, el Grupo de Puebla y del Consejo Latinoamericano de Justicia y Democracia (CLAJUD), formado, entre otros, por los expresidentes latinoamericanos Lula da Silva, Dilma Rousseff, Ernesto Samper o Fernando Lugo, ha intentado apoyar a Julian Assange con un comunicado en el que aseveran que «no solo es un grave error judicial que pone en peligro su vida, como lo afirman sus abogados defensores, sino que se trata de una decisión que sienta graves precedentes en la vulneración del derecho humano a la libre expresión y a la información».

Y es que, tal y como sostiene el mencionado grupo, lejos «de ser aplaudido, el acto de WikiLeaks desató una serie de castigos que incluyen la judicialización, denigración, desmoralización, estigmatización y criminalización de Assange, privado de la libertad en una cárcel de máxima seguridad para terroristas. Este proceso de humillación y denigración, trasciende definitivamente a un individuo, para transformarse en un correctivo a nivel internacional, mostrando paso a paso la crueldad a la que puede llegar el sistema instituido, para evitar que alguien se atreva a hacer algo similar. En última instancia, busca paralizar el instinto y el derecho a la búsqueda de la verdad, infundiendo miedo».

El destino de Assange ya está decidido

Seguramente, el destino de Assange, aun cuando saliera victorioso de este interminable calvario, ya está decidido. Porque, pase lo que pase, los norteamericanos, los occidentales y toda su parafernalia de la democracia ya han ganado, ya han amedrentado públicamente a potenciales periodistas y denunciantes de corrupción. Ya han conseguido su objetivo, porque desde que Assange publicara las revelaciones más importantes en décadas ha sido judicializado, desprestigiado, deslegitimado, apresado, maltratado, denigrado y humillado. Ejecutado socialmente delante de todo el planeta como forma de ejemplarizar, de avisar de lo que le espera al que se atreve a demostrar que la democracia occidental no es lo que aparenta ser. Por eso, Julian Assange es física y psicológicamente un despojo de lo que fue, un cadáver en vida.

Esa es la maldición de Assange, la demostración de la ausencia real de valores democráticos y la razón fundamental por la que su destino está decidido: jamás será el héroe que merece ser, sino el villano que Estados Unidos desearía que fuera.

Una demostración de hasta qué punto ha quedado estigmatizado para siempre Assange lo encontramos en las manifestaciones del vice primer ministro de Australia, Barnaby Joyce, que, en su intento de defensa, no ha tenido empacho en descalificar de forma gratuita al propio Assange. Y es que Joyce ha aseverado en una columna publicada en varios medios de comunicación —The Sydney Morninng Herald o The Age— que Julian Assange no debe ser extraditado a Estados Unidos, dado que no robó información en Estados Unidos, sino que, en el caso de cometer algún delito, lo habría cometido en Reino Unido. Por esta razón, considera Joyce que Assange debe ser juzgado en Reino Unido o enviado a Australia, donde es ciudadano: «Assange no robó documentos secretos estadounidenses, sino que lo hizo la ciudadana estadounidense Chelsea Manning. Assange los publicó, por lo que en Australia recibió el Premio Walkley». Ante tal sinrazón jurídica, el vice primer ministro australiano cuestiona que si Assange va a ser extraditado en Estados Unidos, entonces un ciudadano que insultara el Corán, también debería ser extraditado a Arabia Saudí.

Pero lo sorprendente de la tesis de Joyce se encuentra cuando afirma que no conoce a Assange y que asume que «no me caerá bien». ¿Por qué un héroe que ha desvelado los crímenes de guerra de Estados Unidos y Reino Unido en Irak o Australia no le caería bien? ¿Por ser honesto o por haber desvelado tamañas brutalidades? Lo triste del asunto es que seguro que el director de la CIA, que planificó el secuestro y asesinato de Assange cuando este se encontraba en la embajada de Ecuador en Londres, no le cae tan mal. Esa es la maldición de Assange, la demostración de la ausencia real de valores democráticos y la razón fundamental por la que su destino está decidido: jamás será el héroe que merece ser, sino el villano que Estados Unidos desearía que fuera.

Tomado de RT

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