Foto: Liborio Noval

La verdad por delante. No puede ser de otra manera si se quiere corresponder a la dimensión ética del proceso de transformaciones revolucionarias que defendemos y, por encima de ataques y contratiempos, nos hemos empeñado en profundizar.

Dejo a los filósofos despejar el antiguo dilema conceptual sobre la verdad que ha ocupado a esta rama del conocimiento desde los tiempos de Platón y Aristóteles. Me apego a la ética. Al hecho de asumir realidades desde una perspectiva honesta y diáfana.  A la necesidad de exponerlas y actuar en consecuencia.

No es fortuita la inclusión de esa categoría moral en el concepto de revolución enunciado por Fidel el primer día de mayo del 2000: «…es convicción profunda de que no existe fuerza en el mundo capaz de aplastar la fuerza de la verdad y las ideas». Tampoco es fortuita la frase que antecede la cita:

«…es no mentir jamás ni violar principios éticos».

Al reflexionar sobre la frase recordé al joven abogado que tras encabezar el asalto al cuartel Moncada, en el juicio a que fue sometido por aquella acción y donde ejerció la autodefensa, subió al estrado para decir verdades como puños, aun sabiendo que el régimen tiránico intentaría desacreditarlo.

Por eso anticipó en el mismo inicio del alegato: «Sé que me obligarán al silencio durante muchos años; sé que tratarán de ocultar la verdad por todos los medios posibles; sé que contra mí se alzará la conjura del olvido. Pero mi voz no se ahogará por eso: cobra fuerzas en mi pecho mientras más solo me siento y quiero darle en mi corazón todo el calor que le niegan las almas cobardes».

Con la verdad por delante, Fidel, en muchas otras ocasiones, a lo largo de más de medio siglo, afrontó graves situaciones en las que junto al pueblo salió victorioso. En mi memoria guardo de manera particular, por la conmoción de los hechos, dos momentos: uno, cuando anunció en el Malecón, el 19 de mayo de 1970, que no se cumplirían los diez millones de toneladas de azúcar en la zafra más larga de la historia nacional. A la euforia popular por la devolución de 11 pescadores secuestrados por los enemigos de siempre, siguió la noticia de la imposibilidad de alcanzar el compromiso económico, dicha en su propia voz. Hubo dolor compartido, pero también confianza en que sabríamos, como él dijo, convertir el revés en victoria.

Un segundo momento imborrable me lleva a la entonces recién estrenada Plaza de la Revolución Antonio Maceo en Santiago de Cuba, el 14 de octubre de 1991. Anochecer lluvioso en la clausura del iv Congreso del Partido. Ante la debacle de la Unión Soviética y los países socialistas europeos, y la crisis económica que nos venía encima –no pocos afuera, y también algunos dentro de la Isla, sacaban cuentas acerca del costo terrible que se derivaría de tales acontecimientos-, Fidel puso la verdad por delante. Dos años atrás, en la celebración del 26 de Julio en Camagüey, había advertido premonitoriamente lo que podría sobrevenir.

Casi al final del discurso aseguró: «Bajo la dirección de la Revolución y del gobierno socialista, adoptaremos las medidas que haya que tomar para que nuestras fábricas marchen, para que nuestros obreros trabajen, para salir adelante en estas difíciles condiciones, y siguiendo el principio de proteger a todos, de que no quede un ciudadano desamparado en nuestro país, repartiendo lo que tengamos, buscaremos fórmulas para salvar la patria, para salvar la Revolución, para salvar el socialismo».

Así fue entonces, y bajo ese fundamento en la gestión de gobierno, hemos llegado hasta hoy. Pero tan importante como el enunciado de esa práctica solidaria y responsable, lo fue también otro planteamiento: «Los hombres pueden morir, ¡pero los ejemplos no morirán jamás!; los hombres pueden morir, ¡pero las ideas no morirán jamás!».

La relación entre la defensa de la verdad y la justeza de las ideas atraviesa no solo el pensamiento de Fidel, sino el de la vanguardia política cubana en su continuidad. Discípulo del líder y líder él mismo, Raúl nunca ha faltado a la verdad por muy dura que sea, y en ese principio ha educado a cuadros y militantes, a quienes exige absoluta transparencia y honestidad en actitudes y actos.

De tal sustancia se ha construido la fortaleza de un país asediado por décadas, tanto en el orden económico, financiero y comercial, debido al implacable bloqueo de sucesivos gobiernos estadounidenses que insisten en la aplicación extraterritorial de sus medidas, como en el campo mediático por parte de empresas y canales que responden a intereses hegemónicos.

En la guerra que se nos hace, bien lo sabemos, la verdad es una de las principales víctimas. Basta con revisar lo que en esos medios se dice de la sociedad cubana para comprobar la proliferación goebbelsiana de lugares comunes. Incluso cuando se hace insostenible determinada versión distorsionada de la realidad cubana, hay quienes echan mano a una especie de relativización posmoderna de la verdad, mediante la cual justifican el derecho a mentir o a descalificar ideas.

Pero como afirmó Fidel hace 20 años, y aun antes, en los días posteriores al Moncada, la verdad, por mucho que la obstaculicen, termina por abrirse paso. A fin de cuentas, nuestra historia nos ha enseñado la validez de la frase del escritor francés Romain Rolland retomada y desarrollada por el marxista italiano Antonio Gramsci: «La verdad siempre es revolucionaria».

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