por J.A. Téllez Villalón

El 12 de octubre de 1936, en el paraninfo de la Universidad de Salamanca, el general franquista Millán Astray gritó: “¡Muera la inteligencia! ¡Viva la muerte!”. Ante lo que el entonces rector, Miguel de Unamuno, ripostó: “Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis. Para convencer hay que persuadir, y para persuadir necesitaréis algo que os falta: razón y derecho en la lucha”.

La del Astray, era expresión del desprecio del fascismo histórico, y de los fundamentalismos teológicos, por la cultura. “Cuando oigo la palabra cultura, saco mi pistola y disparo”, repitió “epilépticamente” el jerarca nazi Hermann Wilhelm Göring un parlamento de una obra teatral de 1933. “Tengo a gran orgullo —berreaba Benito Mussolini lo que antes otro— no haber atravesado nunca el umbral de un museo. Ni haber leído jamás una página de Benedetto Croce”.

Las “fuerzas divisorias del odio” temían —y temen— a las ideas, a las nubes y a las trincheras de ideas. A la poiesis (creación), y al arte, “el modo más corto de llegar al triunfo de la verdad, y de ponerlo a la vez que perdure y centellee en las mentes y los corazones”, al decir martiano.

Por eso atacan y persiguen a los intelectuales y a los creadores, especialmente a los que tratan de establecer profundas conexiones con el pueblo.

Adolfo Hitler, en el Congreso del Partido Nacional Socialista Alemán de 1935, declaró: “La misión del arte no es acercarse a la podredumbre ni describir al ser humano en estado de putrefacción”.

Con 44 balazos intentaron matar a Víctor Jara, no más instauraron su dictadura en Chile. “A ese hijo de puta me lo traen para acá”, gritó un oficial golpista, al identificar al trovador entre los que conducían al interior del Estadio Chile, el miércoles 12 de septiembre. Allí lo golpearon y torturaron más de una vez, le quebraron las manos a pisadas y culetazos. “¡Cantante marxista, comunista concha de tu madre, cantor de mierda!”, le gritaron antes de asesinarlo.

Pablo Neruda resultó también una amenaza para el fascismo de Pinochet. Ya el 12 de septiembre comenzó el acecho, llegó a la casa de Isla Negra un jeep con cuatro militares con sus rostros pintados de negro. En la mañana siguiente, llegaron más de 40 soldados en tres camiones, como si fueran a la guerra. Destruyeron parte importante del inmueble, objetos y cuadros de la colección del poeta, robaron y quemaron libros… Por la tarde llegaron los marinos, para lo mismo. También allanaron sus casas en Santiago y Valparaíso, supuestamente en busca de armamento. Les temían a las otras, a “las armas del juicio”, por ello lo preferían muerto.

Pero los fascistas eran, al menos, más explícitos. Los neoliberales no muestran la pistola; no vociferan que van a matar a la cultura, solo la dejan morir. Privatizan la gestión cultural, extinguen los ministerios de cultura y convierten en mercancías toda producción artística. Y no solo porque es de las recetas del FMI para reducir el presupuesto público, también por preferir un “rebaño” lo más desconcertado posible.

Chile vino a tener Ministerio de Cultura en marzo del 2018. Había sido creado por una Ley promulgada pocos meses antes de concluir el segundo mandato de Michelle Bachelet.

Fue inaugurado por ella, pero dio sus primeros pasos bajo la égida del neoliberal Sebastián Piñera. Un trayecto marcado por recortes sucesivos de su presupuesto que se ha mantenido en un 0,4% del total del presupuesto fiscal. El año pasado, el Proyecto de Ley de Presupuesto enviado al Congreso proyectó la disminución de un 30% de los fondos estatales destinados al funcionamiento de varias instituciones dedicadas a la cultura y al arte, y a la enseñanza artística. Para el 2020 la reducción debe ser de un 20%.

Y no es de extrañar, su ministro de Hacienda hasta hace unos días, Felipe Larraín, con vínculos con la dictadura, tuvo como su tutor en la Universidad de Harvard al émulo neoliberal Jeffrey Sachs, famoso por sus “terapias de choque”. Es “el espíritu de Milton Friedman” que aún aletea sobre Chile, como dijera Bret Stephens, columnista del Wall Street Journal. Friedman recomendó a Pinochet en su carta de marzo de 1975, reducir de forma drástica el gasto público (un 25% en seis meses) y reducir el peso del Estado. A lo que se suma la herencia ideopolítica de la dictadura que sesga las designaciones y la distribución de las partidas.

El 9 de agosto del 2018 Piñera designó como Ministro de Cultura al converso (exMIR) Mauricio Rojas, quien era director de la Academia Liberal de la Fundación para el Progreso, organismo financiado por Nicolás Ibáñez y donde participa el apologista de la dictadura Axel Kaiser. Fue el pago a Rojas por sus críticas al legítimo Presidente Allende y al movimiento popular que lo llevó al poder, vomitadas en su libro Diálogo de conversos; en el que, junto al también renegado y ministro entonces de Relaciones Exteriores Roberto Ampuero, se autodeclaran “destructores de la democracia en Chile”.

Cuatro días después, el además miembro de la Fundación Internacional para la Libertad que dirige Vargas Llosa, tuvo que renunciar. Se hicieron públicas unas declaraciones, en un libro del 2005, en las que decía que el Museo de la Memoria era un “montaje”.

Fue sustituido por Consuelo Valdés Chadwick, prima lejana del exministro del interior Andrés Chadwick, vinculado con Pinochet y quien dirigió las recientes represalias contra los estudiantes.

Valdés, entre 1982 y 1988, creó y asumió la Coordinación Nacional de Museos en la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, donde trabajó estrechamente con el escritor Enrique Campos Menéndez, asesor del dictador Pinochet y redactor de sus discursos. Meses después de su toma de posesión, fue noticia la inconformidad por la designación de Andrés Rodríguez Pérez como presidente del directorio del GAM. Rodríguez Pérez fue tildado “Delfín cultural de la dictadura”, como “sustentador de una férrea censura artística” y de ser el encargado de ofrecer las famosas “galas” de Pinochet. Según un anterior reportaje de El Mostrador, era cercano al senador de la UDI, Carlos Bombal, así como con el ya mencionado Campos Menéndez.

En Argentina, igual tendencia se informa.

En noviembre de 2015 el presidente electo Mauricio Macri designó a Pablo Avelluto como ministro de Cultura, en reemplazo de Teresa Parodi. En menos de un año comenzaron los ataques a la cultura, los recortes al presupuesto y los despidos. Como parte del plan de achique del Estado en el Centro Cultural Kirchner, 600 trabajadores y trabajadoras se quedaron sin trabajo. Tres años después Avelluto dejó de ser ministro; Macri, para “dar una señal de austeridad”, redujo a Secretaría el organismo que dirigía.

En 2014, en sentido inverso al del presidente neoliberal, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, mediante el decreto 641, lo había elevado a rango de Ministerio. Para “perfeccionar el uso de los recursos públicos, incrementando la calidad de la acción estatal, además de concretar las metas políticas diagramadas”. Anteriormente, tres gobiernos habían tenido a Cultura como Ministerio, el de Héctor Cámpora, el de Roberto Viola y el de Fernando de la Rúa.

Reacción equivalente se ha dado en Brasil. La extinción del Ministerio de Cultura fue una de las primeras medidas del gobierno golpista de Michel Temer. Repetía las medidas adoptadas por el expresidente Fernando Collor de Mello, al asumir el gobierno en 1990. Ante las fuertes críticas de la comunidad artística brasileña, Temer se vio obligado a reinstalar el ministerio.

La cultura tampoco es una prioridad para el actual presidente brasileño. A la cultura no dedicó ni una línea en su programa electoral. Solo, con el siniestro del Museo Nacional, Jair Bolsonaro prometió eliminar el ministerio del ramo y absorber esas competencias en una secretaría específica. Con la misma justificación de los otros, “encoger la Administración y ahorrar”. Y lo cumplió: al segundo día de su mandato, redujo al Ministerio de cultura en una cartera junto al Deporte y la Ciudadanía.

Vale relacionar que el ministro de Economía de Brasil, Paulo Guedes, es un Chicago boy que trabajó en Chile hace 40 años y que de las preferencias culturales de Bolsonaro, solo se conoce una, el libro A verdade sufocada (La verdad sofocada), escrito por el coronel Brilhante Ustra, un torturador de la dictadura. En eso también se parece a Donald Trump.

En una sociedad fragmentada, las demandas se proyectan, mayoritariamente, como un deseo realizable a escala individual: “yo soy”, “yo quiero ser”, “yo pido”. Dividir es vencer, marear es obtener más ganancias. De eso se aprovechan para precarizar la cultura, con la trampa de hacer creer que no hay otro modo de hacer las cosas, que es eso o el caos, que poco o privado es mejor que nada.

El fascismo quería soldados, autómatas chovinistas. El neoliberalismo prefiere consumidores, no ciudadanos, ni patriotas. Las dictaduras corporativas se organizan e invierten para destruir las instancias comunitarias creadas por la humanidad. Su proyecto de atomización de la sociedad se dirige a reducir a los seres humanos a la mera condición de zombis, desconectados de su espacio y de su tiempo. Intentan, por todos los modos y los medios, mutilarles toda conexión socio-político-económica, distintiva y orientadora. La (contra)cultura popular, como reservorio de identidad, fortalece el orgullo patrio y se constituye en sustrato de un proyecto edificador común.

Como cemento de un estado nación, se constituye entonces en un obstáculo para sus apetencias económicas.

Los consumidores son mejores si creen, si confían en los “letrados” del marketing. Si se adscriben a esa creencia pasiva, que Martí relaciona con el aldeano vanidoso y con el soberbio en su iluminador ensayo Nuestra América, en el que, como señala Omar Sánchez, el humanista cubano contrapone la triada creer/dormir/imitar con la de crear/despertar/fundar; una anclada con el pasado, la otra proyectada al futuro. Crear o creer es como un ser o no ser libres.

Los creadores de las riquezas son más cómodos si se abstienen de cualquier pensamiento crítico. Si se les bloquea —o se les entretiene—, el órgano de pensar y discernir. El ideal es un autómata, comprometido con las marcas. Con una sola bandera, la de su equipo de fútbol, y una ideología, la del “Hakuna Matata”. Afiliado a páginas de Facebook y a clubes de admiradores, o a los consejos de los gurús, de los libros de autoayuda. “¿A dónde irá un pueblo de hombres que hayan perdido el hábito de pensar con fe en la significación y alcance de sus actos?”, se preguntó y respondió José Martí en un texto sobre Walt Whitman.

Porque el neoliberalismo, más que un modelo económico, es una configuración ingenierilmente concebida y operativamente articulada de dominación, también social y cultural. Hegemónico en la medida que instauran un patrón particular de significación y jerarquización. Con prácticas y retóricas con la capacidad de formar el sentido común predominante, de modelar deseos y de conformar “un individuo solitario, centrado en sí mismo y estimulado a la competencia, que busca resolver la angustia de su propia finitud a través del consumo”, como plantea la argentina Susana Murillo. Naturalizan una axiología y una visión sobre la política y las relaciones políticas mismas.

Y vuelven credo, irrebatible, de que todo se vende y muta en mercancía, incluso la cultura y las creaciones artísticas.

Los hechos confirman lo que dice Sergio Villalobos: es “una organización general de los cuerpos de acuerdo a criterios productivistas que emanan de una determinada antropología filosófica, no exenta de elementos fascistas”.

Ese utopismo liberal o neoliberal está condenado a derivar en el autoritarismo, e incluso en el fascismo absoluto, como planteó antes el economista húngaro Karl Polanyi. “En un régimen donde las ‘buenas libertades’ —la libertad de conciencia, la libertad de expresión, la libertad de reunión, la libertad de asociación, la libertad de elegir el trabajo— se extinguen finalmente por la primacía de las “malas libertades”, la libertad de empresa puesta en función de “explotar a quienes nos rodean, obteniendo así enormes ganancias sin tener en cuenta el bien común”. Con la misma función con que los propietarios ejercen su libertad de “persuadir y sugerir”.

Esa libertad que el “padre de las relaciones públicas”, Edward Louis Bernays, calificó —nada más y nada menos— como “la esencia primordial en los procesos democráticos”. La “ingeniería del consenso” que entraña en su know how: 1) saturar el mercado de la información, 2) usar la agitación emocional para llevar a la elección racional y 3) demonizar al enemigo.

Así, la falacia neoliberal se petrifica en “pensamiento único”, como antes el derecho divino de los reyes o la creencia en el Superhombre (Übermensch) del fascismo. Por la fuerza y por el engaño convirtieron en idea que todos en el mercado somos libres y podemos manejar. Si no llegas es porque eres mal conductor, elegiste una mala marca de auto, o porque tomaste el camino equivocado.

“Porque te dedicaste a estudiar filosofía o a leer a los clásicos en lugar de inscribirte en un curso de habilidades autopersonales de gestión”.

Con el miedo hecho cultura, se vuelve un hábito la disciplina en las fábricas (y hasta en las casas), como se instaura instinto el cumplir la ley del Rey León. En no pocos, llega a ser citoplasmático ese “dispositivo gubernamental” y esa “lógica neoliberal” el núcleo de su hemoglobina. El dominio deviene biopolítico, aun después incluso de negarlo, bajo una careta de Guy Fawkes o del Dalí de La casa de papel.

Pero se abusa, las élites exprimen hasta el derrame de las anomalías, hasta irrupciones rizomáticas… Y un día, la plebe, los “alienígenas”, se despiertan, movilizan y organizan. Sin nada y sin miedo se autorreconocen sujetos y echan a andar, confiados en sus propios esfuerzos. Frente al “gigante de las siete leguas” con sus tanquetas, balines sacaojos y odios lacrimógenos. Como ha pasado por estos días en Chile, donde un gran clamor popular hace temblar a Santiago, inundado por los que creen activamente en un país mejor, recreado entre todos, sin exclusiones y voces menores. Impresionantes marchas que son reprimidas brutalmente por los carabineros de Pinochet y Piñera.

Como la del 25 de octubre, cuyo punto de encuentro fue la Plaza Italia. Aquel viernes, a una cuadra de la Calle Santa Rosa y Alameda, se juntaron la fotógrafa María Paz Morales, su esposo Oscar Seguel Mangiola y Catalina Duarte, bailarina del Teatro Municipal de Santiago, para una sesión fotográfica de su proyecto Danza en la Urbe.

Mas era esta una intervención distinta, su manera de “manifestarse y aportar su grano de arena a este gran movimiento social”. Allí, tomó María Paz la imagen que se hizo viral: Catalina en un salto grand jeté frente a dos carros y una tanqueta de las fuerzas policiales. Un “momento de luz” que capturó el contraste entre “la rudeza de las fuerzas armadas y la delicadeza del arte”.

En tanto, en Concepción, también la fotografía de una bailarina se viralizó y conmovió a las redes sociales. Se trata de una foto de Sarhay Flores (24 años) quien posa con sus zapatillas de ballet mientras sostiene la bandera chilena, al igual que su colega Catalina Duarte.

Tomado del blog Cultura y resistencia

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