Foto: Internet

Frustrada la primera operación dirigida por la CIA contra la Revolución cubana en el poder

Pedro Etcheverry Vázquez

Andrés Zaldívar Diéguez

Luis Rodríguez Hernández

A finales de 1957 el Gobierno de Estados Unidos y la Agencia Central de Inteligencia (CIA) comenzaron a hacer  todo lo que estuvo a su alcance para evitar el triunfo del Movimiento Revolucionario 26 de Julio (MR-26-7) dirigido por el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz.

Desde entonces, la CIA trató de crear una “tercera fuerza” (ajena al tirano Fulgencio Batista y al líder insurgente Fidel Castro) que fuera capaz de tomar el poder en Cuba y deslegitimara la continuidad de la lucha revolucionaria.

El grupo insurreccional denominado II Frente Nacional del Escambray (II FNE)  bajo el mando de Eloy Gutiérrez Menoyo que se había establecido en el macizo montañoso del Escambray, fue utilizado como la “tercera fuerza” militar que la CIA necesitaba para oponer al MR-26-7.

El 5 de febrero de 1958 arribó al Escambray el agente de la CIA William Alexander Morgan, que en poco tiempo supo ganarse la con­fianza de Gutiérrez Menoyo, de tal manera que lo ascendió directamente a comandante y lo designó jefe del Departamento de Organización General del Estado Mayor.

En diciembre de ese mismo año, en respuesta a la solicitud realizada por el Gobierno de Estados Unidos a los gobiernos latinoamericanos, en aras de impedir el triunfo de la Revolución cubana, el dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo ofreció a Fulgencio Batista cinco mil hombres armados y entrenados para detener el impetuoso avance del Ejército Rebelde.

Pero en horas de la madrugada del 1ro de Enero de 1959  Batista abandonó el país junto con sus principales colaboradores y se produjo el inevitable triunfo de la Revolución cubana, lo que frustró la intervención militar extranjera en la guerra de liberación que el Ejército Rebelde había llevado a cabo exitosamente en todo el territorio nacional.

Durante los primeros meses del año 1959 la CIA trató de fomentar un levantamiento contrarrevolucionario armado en el Escambray, que sería apoyado por el desembarco aéreo de una brigada de ex militares batistianos y una fuerza mercenaria internacional basificadas en el territorio dominicano a la que Trujillo denominó Legión Anticomunista del Caribe (LAC).

La realidad era más compleja, ya que para el Gobierno de Estados Unidos esa operación subversiva formaba parte de un plan mucho más abarcador, como resultado del cual se intentaría demostrar la “amenaza comunista” que había traído el triunfo de la Revolución cubana para el  Hemisferio Occidental.

De acuerdo con los planes en curso, haber provocado tal inestabilidad en la región del Caribe debía enfrentarse mediante una acción interamericana contra la Revolución cubana a través de la Organización de Estados Americanos (OEA), poniendo en práctica los mecanismos intervencionistas previstos desde la firma en 1947 del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR).

En esta ocasión, contando con el apoyo de algunos representantes de la mafia italo-norteamericana asentados en el hotel Capri, en La Habana, William Morgan volvió a involucrar a Gutiérrez Menoyo en una nueva aventura contrarrevolucionaria.

Tras varias semanas de conspiración con Trujillo, para organizar un levantamiento contrarrevolucionario que respaldara una invasión militar desde República Dominicana, a principios de abril, temerosos de ser descubiertos, Morgan y Menoyo decidieron informar al Estado Mayor del Ejército Rebelde la situación en que se encontraban involucrados, para emerger en ese instante como  “héroes”, y esperar otra oportunidad que les permitiera golpear a la Revolución definitivamente.

A partir de entonces, la Dirección revolucionaria asumió el control de la situación, dando inicio a un juego operativo dirigido magistralmente por Fidel, que dio al traste con una operación que desde la óptica del dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo y su jefe de Inteligencia Militar Johnny Abbes García, perseguía el derrocamiento de la Revolución cubana.

El joven Manuel Cisneros Castro fue designado para mantener las comunicaciones radiales de forma permanente con la Inteligencia Militar trujillista, mientras otros compañeros del Departamento de Investigaciones del Ejército Rebelde (DIER) cumplirían importantes tareas en la penetración y el control de los complotados.

En dos viajes realizados a Miami en abril y mayo, Morgan coordinó los planes con el cónsul dominicano, coronel Augusto Ferrando y con el representante especial de Trujillo, el sacerdote Ricardo Velazco Ordóñez.

Velazco Ordóñez viajó a Cuba en el mes de junio para precisar la participación en la conjura de un grupo de representantes de la alta burguesía criolla, encabezados por Arturo Hernández Tellaheche y Bernardo Caíñas Milanés, quienes actuarían en coordinación con ex militares batistianos en servicio activo que mantenían fuertes vínculos con la Embajada de Estados Unidos en La Habana.

Para controlar a este singular visitante el DIER designó un chofer que actuando como agente se mantuvo todo el tiempo junto al sacerdote durante su estancia en la capital.

El 28 de julio en un viaje realizado por Morgan a Miami recibió de Augusto Ferrando una fuerte suma de dinero, además de una antigua lancha torpedera convertida en embarcación de recreo, cargada de armas y otros pertrechos.

De acuerdo con las indicaciones recibidas, una parte de ese cargamento debía desembarcarse en los cayos de San Felipe y Los Indios, próximos a la Isla de Pinos. Las restantes armas serían descargadas en las cercanías de Trinidad, a fin de abastecer a los hombres del II FNE,  presuntamente sublevados en esa región.

Esta indicación revelaba que se trataba de un plan de mucho más amplio alcance, con la participación de otras fuerzas, encaminado a crear una situación de inestabilidad interna en Cuba que le facilitara la consecución de sus planes al Gobierno de Estados Unidos actuando en función de “pacificador”.

El 6 de agosto Morgan zarpó de Miami en dirección a La Habana, llevando consigo 78 mil 750 dólares, cuarenta ametralladoras calibre 30, varios fusiles y suficiente cantidad de municiones para esas armas, todo lo cual había sido entregado por el Cónsul dominicano para hacer llegar a los “sublevados”.

Cuando se conoció que Morgan regresaba, Fidel decidió iniciar la operación que neutralizaría las acciones enemigas, planteándose como objetivos capturar a los conspiradores; ocupar el dinero que los latifundistas y Trujillo iban a proporcionar a la contrarrevolución; ocupar las armas que se habían adquirido en el territorio estadounidense, y derrotar a las fuerzas que osaran invadir el país.[1]

Al día siguiente, Fidel indicó iniciar las detenciones de los elementos participantes en la conjura que radicaban en La Habana, Managua y San Antonio de los Baños. Junto con el máximo líder de la Revolución participaron en el arresto de los complotados en la capital los comandantes Ramiro Valdés Menéndez, Juan Almeida Bosque, Efigenio Ameijeiras Delgado  y Augusto Martínez Sánchez, entre otros jefes y oficiales del Ejército Rebelde.

Al detener a los conspiradores, la primera medida tomada por el Jefe de la Revolución fue inspeccionar personalmente el área de Isla de Pinos, donde no se detectó ninguna señal de enterramientos de armas.

El 9 de agosto, durante una reunión del Consejo de Ministros, Fidel informó sobre las medidas de neutralización de esta conspiración internacional. Acto seguido indicó al canciller  Raúl Roa García que viajara a Santiago de Chile para asistir a la V Reunión de Cancilleres de la Organización de Estados Americanos, con la misión de denunciar la conspiración y rechazar cualquier propuesta que pusiera en tela de juicio la soberanía de Cuba.  Lo acompañarían el ministro de Economía Regino Boti León y el subsecretario de Estado Marcelo Fernández Font.

En horas de la noche, un avión de la Fuerza Aérea dominicana sobrevoló la carretera de Cienfuegos a Trinidad, pero ante la falta de iluminación existente en una pista de aterrizaje que el II FNE había improvisado frente a la playa El Inglés, el piloto decidió regresar a su base en Ciudad Trujillo.

El 11 de agosto, alrededor de las dos de la madrugada, una segunda aeronave C-46 dejó caer cerca de la misma playa, veinticinco paracaídas con cuatro cajas cada uno que contenían catorce mil proyectiles de diferente calibre. Una parte de los paracaídas cayó en el mar, pero las fuerzas revolucionarias recuperaron todo el cargamento.

El 12 de agosto Fidel y Camilo arribaron al aeropuerto de Trinidad, en cuyos alrededores ya se encontraban desplegadas las Fuerzas Tácticas de Combate del Ejército del Centro bajo el mando del comandante Filiberto Olivera Moya y un grupo de combatientes del II Frente Nacional del Escambray dirigido por el comandante Lázaro Artola Ordaz.

Para reforzar las fuerzas fieles a la Revolución en esa región, una tropa dirigida por el comandante Demetrio Montseny Villa había arribado al aeropuerto de Trinidad desde la provincia de Oriente, con indicaciones expresas del comandante Raúl Castro Ruz para proteger la vida de Fidel ante cualquier eventualidad.

Lo ocurrido entonces fue fruto de la genialidad del Comandante en Jefe, al hacer creer al enemigo que la región estaba tomada por fuerzas contrarrevolucionarias, con el objetivo de ocupar el armamento que enviaran por vía aérea y neutralizar rápidamente a los batistianos y trujillistas que participaran en la planificada invasión procedente de República Dominicana.

El 12 de agosto fue tan verosímil el teatro de operaciones instalado, que resistió una inspección en el aeropuerto de Trinidad del sacerdote Ricardo Velazco Ordóñez, quien viajó expresamente en el tercer avión cargado de armas como “enviado especial” de Trujillo, y pudo apreciar en el terreno una compañía de supuestos rebeldes que disfrazados de campesinos gritaban ¡Viva Trujillo! entre otras expresiones contrarrevolucionarias.

Antes de retirarse, alrededor de las siete y treinta de la noche, Velasco Ordóñez entregó a los “sublevados” diez bazucas con sus municiones y parque calibre 30 y 50, tres mil pistolas, cinco radios portátiles y accesorios de comunicaciones.

Las comunicaciones radiales con Ciudad Trujillo tenían como fondo el ruido de las explosiones, las ráfagas de ametralladoras y los disparos de los combates ficticios que se desarrollaban en los alrededores del aeropuerto de Trinidad. Al regresar a su destino Ordóñez le informó a Trujillo que disponía de todas las condiciones para realizar un desembarco en la región central de Cuba.

El 13 de agosto, alrededor de las ocho de la mañana, aterrizó en el aeropuerto de Trinidad el cuarto avión trujillista, con un cargamento de pertrechos de guerra y once tripulantes encabezados por Luis del Pozo Jiménez (hijo del ex alcalde de La Habana) como “enviado especial” de Trujillo y Roberto Martín-Pérez Rodríguez (hijo de un connotado esbirro batistiano que se había marchado en el mismo avión de Batista).

Seis de ellos proyectaban quedarse en el “teatro de operaciones”. A los otros cinco les correspondía precisar en un mapa los lugares que serían objeto de ataques aéreos, definir las misiones de las fuerzas invasoras y regresar para informar personalmente a Trujillo.

Inesperadamente, un grupo de combatientes bajo el mando del comandante Filiberto Olivera Moya arrestó a los que pensaban quedarse en Trinidad. Mientras tanto, otro grupo al mando del comandante Lázaro Artola Ordaz procedió a la neutralización de los tripulantes que habían quedado en la nave.

Durante esta acción se produjo un intercambio de disparos en el que perdieron la vida los primeros tenientes Eliope Manuel Paz Alonso, Oscar Reytor Fajardo y el combatiente Frank Hidalgo Gato. El enemigo tuvo dos bajas mortales y hubo heridos de ambas partes, pero la operación de la CIA había sido neutralizada.

El 14 de agosto los comandantes Raúl Castro Ruz y Manuel Piñeiro Losada arribaron a Santiago de Chile con las pruebas documentales de esta conspiración internacional, y el canciller cubano Raúl Roa denunció la conjura yanqui-batistiano-trujillista en la V Reunión de Cancilleres de la OEA que se celebraba en esa ciudad.

Esa noche, durante una comparecencia por la televisión cubana Fidel expresó: “Es evidente que hay actividad contrarrevolucionaria desde el primer momento… […] Esto forma parte de una gran trama internacional contra la Revolución […] parte de una conjura gigante […] que es la conjura de una serie de intereses nacionales y extranjeros, de tipo económico, de tipo político […]”[2]

La derrota de aquella operación subversiva del Gobierno de Estados Unidos contra la Revolución cubana, la primera de una larga cadena de agresiones que arriba ahora a su aniversario 62, puso de manifiesto el excepcional calibre del Comandante en Jefe Fidel Castro como estratega político-militar, y el apoyo del pueblo cubano a las ideas liberadoras que él representaba.


[1] Fidel Castro Ruz: “Comparecencia ante la televisión nacional para explicar al pueblo las acciones realizadas para liquidar la conspiración trujillista”. 14 de agosto de 1959.

[2] Periódico Hoy, 15 de agosto de 1959.

Dejar respuesta

¡Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí