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MSc Luis Daniel Carreras Martorell

Cuando Ronald Reagan asumió el poder en 1980, adoptó la determinación de ubicar en los altos cargos de su gobierno a personas que habían sido exitosas en el mundo de los negocios. La filosofía detrás de la acción fue que esas personas habían demostrado su capacidad de tener éxito convirtiéndose en ricos y que por tanto su motivación para servir al gobierno no era la de aprovechar su puesto para aumentar su peculio personal. Por el contrario, estaban en capacidad de utilizar su experiencia poniéndola en función del país y la sociedad en general.

No se puede negar que la idea resulta atractiva teóricamente hablando, porque en la práctica de los años posteriores a Reagan hasta la actualidad, el sector privado se ha empoderado de cargos gubernamentales para aumentar sus ganancias, fortaleciendo el concepto del Complejo Militar Industrial surgido a la zaga de los negocios que dejó la Segunda Guerra Mundial.

El multimillonario  Donald Trump portador de controvertidos valores éticos y morales, presentes durante toda su carrera en el mundo de los negocios y generadores de grandes escándalos bien documentados por los medios desde la década de los 80, se apoderó de la Casa Blanca en 2017 y haciendo honor al postulado de Reagan, no vino a robarse el tesoro público, pero sí vino a robarse al país en su totalidad y de ser posible también al resto del mundo.

Aunque explícitamente ha expresado su visión de eternizarse en el poder, lo cierto es que hasta ahora tiene que ganar las elecciones de noviembre de 2020 para agenciarse cuatro años más en la Casa Blanca.

En el contexto electoral estadounidense es vital ganar en el estado de Florida, y Trump ha asumido que para lograr ese objetivo, lo decisivo es ganar el voto de los estadounidenses de origen cubano, de los venezolanos y los nicaragüenses.

En el caso de los cubanos Trump ha apostado todo su dinero a los hijos de la Agencia Central de Inteligencia, personalizados en aquellos que pertenecieron a la tristemente célebre Brigada de Asalto 2506, derrotada en 1961 por el pueblo cubano en las arenas de Playa Girón en 66 horas.

Junto a ellos están todas las demás generaciones de cubano-americanos que han amasado riquezas a costa del aporte de los contribuyentes estadounidenses, pues fueron fruto del fenómeno de la contrarrevolución, creada y financiada por el gobierno de EEUU—desde los años 60 del siglo pasado con vigencia hasta la actualidad— como un instrumento esencialmente terrorista contra Cuba y otros países y movimientos progresistas de América Latina y el resto del mundo.

Miles de cubanos comenzaron a emigrar masivamente hacia EEUU a partir de 1959, eran simplemente batistianos huyendo de la justicia revolucionaria,  anticomunistas víctimas de las campañas del Macarthismo, personas que temían a una confrontación directa con EEUU, y una buena cantidad de elementos delictivos que abundaban en la Cuba pre revolucionaria.

Todos ellos fueron entrevistados a su llegada al territorio estadounidense por la CIA y el FBI tratando de obtener información de lo que estaba sucediendo en Cuba; la mayoría fueron reclutados de inmediato y enviados a campamentos militares para engrosar las filas de lo que luego fue la Brigada 2506.

El gobierno de Trump, tratando de ganar votos, viene desarrollando una feroz campaña de agresiones económicas y políticas contra la Revolución cubana, que desafortunadamente han tenido cierto impacto receptivo en cubanos residentes en la Isla, quienes a través de las redes sociales expresan su apoyo tácito a las mentiras y las manipulaciones que caracterizan posiciones carentes de un contenido ideológico serio, de fundamentos históricos, y de principios ético-morales, sin respetar a las generaciones de cubanos que han luchado y ofrecido sus vidas y sus patrimonios a la idea de la independencia y soberanía de nuestra república.

Con una máquina del tiempo virtual, es posible recrear lo que sucedió en 1961 para desenmascarar la verdadera naturaleza de la contrarrevolución de origen cubano y de la Brigada 2506, utilizando documentos desclasificados del gobierno estadounidense como para no dejar lugar a dudas de la veracidad de estas acusaciones.

El accionar de la CIA en 1961 estuvo avalado por el Programa de Acciones Encubiertas Contra Cuba, aprobado por el presidente Dwight Eisenhower el 17 de marzo de 1960, que específicamente ordenaba: “crear la disidencia hacia el interior de Cuba”, para lo cual se asignaron a la Agencia 4 millones de dólares, y en 1961 otros 40 millones.

Los planes de invasión y asesinato de dirigentes claves, fueron diseñados por Richard Bissell, subdirector de la CIA y fueron  concebidos bajo el concepto de “acción encubierta” y la doctrina de la “negación plausible”.

El presidente John F. Kennedy insistió en que la invasión debía aparecer como una guerra entre cubanos y que Estados Unidos daría apoyo a una fuerza unificada de las organizaciones contrarrevolucionarias (en su momento se debería convertir en un denominado gobierno cubano en el exilio), que  representara la fuerza invasora, a partir de su plataforma política y que debía establecerse en territorio cubano tan pronto como las condiciones militares lo permitieran.

El problema era que no existía ni la organización contrarrevolucionaria con estatura para convertirse en  gobierno en el exilio y mucho menos una plataforma política.

Aun cuando la CIA había fabricado la organización Frente Revolucionario Democrático (FRD), los miembros del grupo no resultaban del agrado de los más altos ejecutivos del gobierno de EEUU ni gozaban de suficiente liderazgo para cohesionar las diferentes tendencias políticas propugnadas por los diversos sectores de la emigración contrarrevolucionaria.

El 20 de marzo de 1961 Arthur Schlesinger Jr., Asistente Especial de Kennedy, le informó al Presidente que Miró Cardona fue designado como Primer Ministro de conjunto con su gabinete, y propuso que se le diera la tarea al periodista liberal Arnold Beichman de ocuparse de las relaciones públicas y se hiciera todo lo posible para que en pocas semanas pudiera creársele estatura y dignidad al gobierno en el exilio como una organización funcional.

El anuncio público debería incluir también una declaración de principios de ese gobierno que acababa de crear la CIA. Algunos de los postulados de la plataforma política del frente contrarrevolucionario, que habían sido colegiados con Adolf Berle del Departamento de Estado señalaban:

  • Estimular las inversiones del capital privado tanto nacional como extranjero, y garantizar la libre iniciativa y la propiedad privada en su más amplio concepto como función social.
  • Devolver a sus legítimos dueños las propiedades confiscadas por el Gobierno de Castro […]
  • Disolver las Milicias
  • Ilegalización del Partido Comunista y erradicación del comunismo y toda actividad anti democrática.

Más tarde Schlesinger describió esta plataforma como “tan sobrecargada de exaltación y estéril en reflexión que hacía a uno preguntarse qué tipo de gente estábamos planificando enviar de regreso a La Habana”. A continuación reclutó a dos académicos de Harvard, John Plank y William Barnes, para que ayudaran a darle al documento una nueva redacción.  La dependencia de la CIA del  Consejo Revolucionario fue total y no sólo tenía que ver con problemas operacionales, sino que teniendo estos contrarrevolucionarios una proyección política tan obtusa, los asesores del Presidente se veían obligados a redactar los manifiestos de la organización sin conocimiento previo de los miembros del Consejo.

Schlesinger plantea que sus dirigentes tendían a concebir posiciones llenas de atractivos para los inversionistas extranjeros, los banqueros privados, los propietarios desposeídos, pero tenían poco que decir a los obreros, los campesinos y los negros.

Cabe peguntar ahora a los supercríticos de las redes sociales  si las posiciones que defienden hoy a ultranza coinciden de plano o no con las ideas y estrategias desarrolladas por EEUU desde 1961 para la dominación de Cuba.

Cuando menos, es sospechoso coincidir con las ideas de los que tratan de oprimirnos. Podrían ser no obstante personas decentes perdidas en la marea anticubana. Si los elementos que se le brindan no sirven para que cambien de criterio, por lo menos adquirirán conciencia de que lejos de estar defendiendo al país, están tratando de entregarlo a EEUU.

Que nadie se llame a engaños. La economía cubana no es todavía lo suficientemente eficaz o eficiente; está sujeta a muchos cambios, algunos quizás radicales, que tendrán que ser implementados sistemáticamente a partir de opciones objetivas, no de teorías.

Todo lo malo hay que combatirlo, pero aquellos que se suman a la ola propagandística del enemigo solo van a servir a los intereses de este, y lo peor, no solo estarían abogando por perder todo lo alcanzado por la Revolución incluyendo el derecho a vivir con dignidad, sino que ellos mismos serían víctimas de la opresión, pues ricos no va a ser si no tienen capitales y habiendo vivido en un país comunista y estar influenciados por las ideas de corte social, nunca serán lo suficientemente confiables como para merecer cabida dentro de las filas enemigas.

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