Foto: Internet

Mi amistad con Alberto Korda empezó a fomentarse debajo del agua y después en la vida misma.

Ya él era un experimentado submarinista y yo solo un pichón de playa cuando en 1967 fuimos designados por la dirección de Granma para cubrir el Campeonato Mundial de Caza Submarina, que tendría lugar en Cayo Ávalos, el 6 y el 7 de septiembre, ¡hace 53 años!

Coincidimos en el mar dos semanas antes, durante un recorrido en goleta por la zona de pesca junto a un grupo de ejecutivos extranjeros vinculados con la organización del certamen.

De repente aparecieron en cubierta equipos de buceo para todos los que quisieran conocer las profundidades. No faltó nadie en engancharse los arreos con el tanque de oxígeno.

–¿Te lo has puesto? –me preguntó un marinero cuando se paró a mi lado.

–¡Hombre! –le contesté con la irresponsabilidad de un muchacho de 21 años que por nada del mundo se iba a quedar solo en el barco.

 No me ahogué de pura casualidad. Más de media hora sin saber qué hacer con la boquilla, y las olas, y aquel horrible peso en la espalda. Cuando el barco estuvo de vuelta recogiéndonos, traté de disimular el susto al subir a cubierta. Ya Korda estaba secando sus cámaras submarinas y se me acercó discreto:

–Por poco no escribes ni una línea del campeonato.

Y me enseñó a bucear.

Durante casi tres años nos enrolamos en expediciones patrocinadas por la Academia de Ciencias con el propósito de localizar tesoros submarinos con un valor arqueológico (y si aparecía «lo otro», el radiante metal, ni hablar):

Las costas del cabo de San Antonio, Cayo Coco, Guardalavaca, la entonces Isla de Pinos, la Bahía de La Habana, con el crucero español Sánchez Barcaíztegui todavía hoy allá abajo, a 23 metros de profundidad.

Reportajes de cuatro y ocho páginas en el rotograbado de Granma recogieron aquellas historias ilustradas con bellísimas fotos de Korda, que hacía de las expediciones un verdadero disfrute, a toda hora con su pañuelo rojo, de pirata, anudado a la cabeza.

Por las noches, sin luz eléctrica, leíamos, o hablábamos mucho.

Korda se había iniciado en la fotografía publicitaria, en especial retratando agraciadas modelos, y había desarrollado lo que se llama «un ojo clínico» para atrapar el toque mágico en la belleza.

No retratar lo lindo –me explicaba–, sino captar lo que las imágenes pudieran sugerir más allá de lo evidente. Y entonces empezaba a hablar de las interrogantes y evocaciones que pudiera encerrar cada persona en un retrato.

Hay tantas anécdotas de Korda que no cabrían en un libro.

Una de aquellas noches me contó una relacionada con Fidel, de quien había sido su

Fotógrafo durante varios años: Irían en un viaje a la urss a principios de los 60 y se imponía viajar con trajes verde olivo nuevos. Korda pidió la tela y se confeccionó su propia vestimenta. Al llegar al aeropuerto, integrantes de la delegación se sorprendieron: «¿pero qué has hecho?, los uniformes no se transforman».

Y en eso estaban cuando llegó Fidel, que mirándolo de arriba le tiró un brazo por encima de los hombros y dijo sonriente: «Korda, siempre un artista».

Fotos de la época lo muestran muy feliz en aquel viaje luciendo su atuendo.

La relación que estableció con la icónica foto del Che (que ahora cumple 60 años) lo caló profundamente y puedo asegurar que le hizo ampliar sus perspectivas sobre la condición humana.

Cuando cumplió los 70 años de edad lo invité a volver al mar con sus cámaras, su regulador especial y su punta explosiva, siempre a mano para ajustarse al arpón en caso de aparecerse un tiburón mientras estábamos buceando.

Tomándonos un añejo Havana Club siete años, su favorito, me confesó que sus días de buceador se habían acabado.

Moriría dos años más tarde, en mayo de 2001 y hoy, mirando las viejas fotos de cuando el Mar Caribe era nuestro, por supuesto que lo extraño.

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