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Por:  Israel Rojas Fiel

Después de varios días fuera de Facebook, ya entiendo porque tantos buenos amigos desde fuera de Cuba o con VPN, me alertaban: «No entres, no te hará bien».

Ya me di mi buen baño de odios ajenos. Odios inducidos o renacidos. Impostados, miméticos o genuinos. Pero odios, al fin y al cabo.

Debería estar acostumbrado, pero siempre me entristecen los insultos y las rabias de los demás. Y no tanto por mí, se los juro, sino porque quisiera de todo corazón, poder curar y hacer sentir alegría, amor, algo de paz. ¿PAZ? No, la paz que se quería era la de los «corredores humanitarios», que es la antesala de la paz de los sepulcros y las fosas comunes.

Las manifestaciones de desacuerdo y descontento (a la cual debe tener derecho cualquier ciudadano) eran convocadas en medio del pico pandémico. Lo cual me pereció insensato entonces y me parecerá terrible mañana.

Cuál es mi pecado:

Decir lo que pienso honestamente, como siempre. Entender que al pueblo lo salva el pueblo. Y que, a la angustia pandémica, no se le debe imponer la angustia de la inseguridad social. CREER que el bloqueo no impone un daño colateral, sino ESENCIAL (y en era de pandemia, genocida) a mis hermanos.

¿Otros artistas tienen otro punto de vista? Es su derecho. Lógico que puedo estar equivocado en mis pareceres.

Aceptaré el veredicto de la historia. Los demás corren el mismo riesgo. No importará ni la elocuencia de los solistas ni la estridencia del coro.

A Giordano Bruno por predicar que el universo era infinito, que no tenía un único centro y estaba lleno de mundos como el nuestro le quemaron ante cientos de personas, con tribunal y juicio.

Si estoy equivocado, no soy nada más que un simple cantautor. Al menos salí a la calle a vivir lo que sucediera. No a pulsaciones virtuales desde el teléfono.

No quiero el halago fácil de nadie. Prefiero que mañana haya menos contagiados. No me importa si mañana están llenos los conciertos.

Prefiero que vuelvan a estar llenas las escuelas. No me importan miles de likes o dislike robóticos u orgánicos. Prefiero que un niño o una sola niña entienda «Patakí de Libertad» como un canto contra el racismo o «Dijo el Diablo», como una metáfora de respeto al que piensa, siente o actúa diferente.
GRACIAS A LOS QUE SE SUMAN A AYUDAR EN ESTOS DIAS CONTRA LA PANDEMIA.

Mi corazón para los que construyen la paz y el entendimiento entre los cubanos y los humanos todos.

Tomado de Granma

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