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No hace mucho, El Nuevo Herald volvió sobre un tópico hartamente tratado: la hora final de Cuba. Un titular sensacionalista dictaminaba: «el fin de la fiesta se acerca», en alusión al inminente colapso del socialismo cubano. Una vez más, obnubilada por sus deseos frustrados y sus sueños incumplidos, la grey fundamentalista que tiene secuestrada la vida política miamense tiende a confundir esperanza con certeza. Dan por sentado que «ya viene llegando» el día de su triunfo, como cantaba cierto entusiasta salsero hace ya décadas.

El hegemón septentrional del sistema capitalista afila sus dientes y saliva ante la posibilidad de que se desate el caos en nuestra isla, y aprovecha esta coyuntura para amenazar con más sanciones. En palabras de un funcionario del gobierno de Joe Biden, las condiciones «han cambiado» y la promesa electoral del vetusto presidente de volver al proceso de «normalización» parece cada vez más lejana. Y ante ese enemigo prepotente e injerencista, ¿debemos creer en las buenas intenciones de los que actúan acorde a intereses imperiales?

A Maceo se le atribuye aquella frase en la que se afirma que si los estadounidenses invadieran Cuba sería la única ocasión en la que combatiría al lado de los españoles. Debemos tener siempre claro quién es el (peor) enemigo e, incluso, establecer «prioridades entre las alarmas» (como diría Benedetti). Por eso se hace inconcebible que, ante la amenaza de sanciones, los organizadores de la hipotética marcha del 15 de noviembre próximo no hayan desistido (al menos, no del todo) en sus infaustos esfuerzos o, algo aún más paradójico, no hayan condenado la injerencia estadounidense en los asuntos internos de nuestro país.

Lo cierto es que este lunes nuestros niños comenzarán a asistir a las escuelas primarias y se abrirá el país al turismo, con cientos de viajes ya confirmados. Y será una fecha de celebración que algunos van a intentar arruinar, porque les molesta que Cuba salga adelante, que se recupere la economía, que vayamos recobrando esa «nueva normalidad». No soportan pensar que «se les va el tren» y que no logren aprovechar, una vez más, momentos complejos por los que atraviesa cualquier nación.

Ante la evidente falta de apoyo popular, se inventaron variantes de contingencia: no salir de la casa, vestir de blanco, apagar el televisor a la hora del Noticiero de Televisión… y ya, con eso se demuestra el repudio del pueblo hacia el proyecto socialista. Uno de sus principales líderes ha llegado a afirmar que no marchará el lunes, sino que caminará por una céntrica calle habanera con una flor en la mano y 24 horas de adelanto, el 14.

En ese sentido, la pequeña «manifestación» planificada para este lunes se parece cada vez menos a una marcha y cada vez más a un performance. No extraña que haya un actor encabezando el asunto. Y podrán montar un show bastante atractivo, con mucha «liturgia»: subirán algunos videos a Facebook, harán alguna campaña en Twitter, de esas que en dos minutos alcanzan cientos de retuits, postearán fotos hermosas en Instagram de cómo desafían a la cruel dictadura sentándose en un contén del barrio o poniendo una etiqueta bien atrevida, osada…

Pero en la concreta, en la calle, les va a faltar el apoyo popular. Porque este pueblo, en buen cubano, no está para eso; porque este pueblo sabe, perfectamente, qué pasaría si se derrotara a la Revolución y quiénes serían los beneficiarios verdaderos.

Por eso haremos de este lunes 15 una fiesta. Nuestros niños irán a la escuela, a reencontrarse con profesores y amistades; cientos de familias podrán verse de nuevo, tras mucho tiempo de separación; miles de turistas podrán venir a disfrutar de nuestras playas, de nuestros paisajes, de la calidez de nuestra gente, de la cultura inconmensurable de nuestra Patria. Hemos logrado enfrentarnos con éxito a la pandemia y nos enfrentaremos con éxito a cualquier otro obstáculo, humano o natural, que se interponga en el camino. Estamos vacunados contra la COVID-19 y contra el miedo.

Con Lezama decimos que nacer en esta isla es una «fiesta innombrable»: es una fiesta quererla, vivirla y defenderla; es una fiesta intentar construir este socialismo reyoyo y cumbanchero, auténtico y siempre alegre, que no ha terminado ni terminará aún, pero que desde hace mucho nos identifica como pueblo y como nación. Esa fiesta no la van a impedir ni con mil tuits, ni con 2 000 publicaciones de Facebook o cuatro millones de estados en Instagram. No, no nos van a aguar la fiesta.

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