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Frente a la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana, el 14 de agosto de 1881, el insigne médico cubano Carlos J. Finlay explicaba con precisión matemática el principio por el cual se regía la transmisión de la fiebre amarilla: el mosquito Aedes Aegypti.

Aun cuando nadie concebía que un pequeño insecto fuera el agente propagador del también llamado «vómito negro», Finlay no cesó en el empeño, ni flaqueó la fortaleza de su espíritu, muy por el contrario, plasmó sus opiniones en muchísimos escritos que, a la luz de los años, avalaron la certeza de sus postulados.

Pero Finlay no solo tuvo que hacer frente a oídos sordos, desacreditadores del descubrimiento, sino que además le intentaron arrebatar el mérito del hallazgo.

Luego de que la intervención norteamericana despojara a los mambises del triunfo de las armas independentistas, EE.UU. se interesó por sanear el país, atacado por la fiebre amarilla, y envió a La Habana una comisión médica presidida por el comandante Walter Reed.

Sin embargo, todos los esfuerzos por erradicar la enfermedad fueron en vano, hasta que el eminente investigador caribeño donó a Reed, generosamente, las larvas del mosquito, para que así verificaran su tesis, ya antes anunciada en diversos escenarios nacionales e internacionales.

Fue entonces cuando quisieron adjudicarse, como propio y sin ningún escrúpulo, el aporte del sabio cubano, ya reconocido por realizar importantes estudios en el área del tétanos infantil y de la propagación del cólera en La Habana.

Para refutar la patraña no solo se unieron las voces de destacados médicos cubanos de aquel tiempo, el mundo elogió igualmente la grandeza del científico camagüeyano y las academias internacionales lo reconocieron como único autor del descubrimiento capaz de apartar a la humanidad de la fiebre amarilla.

El mundo habla hoy también de esta Isla pequeña capaz de hacerse gigante a base de moral y razón, de sus logros en la ciencia, de la entrega de sus profesionales, de las vacunas y candidatos vacunales que ha desarrollado en medio una pandemia devastadora, que sigue arrebatando vidas.

Y aunque el vecino del Norte nunca ha escatimado —ni escatimará— en artimañas con tal de desacreditar los logros que alcanza nuestro país, sabemos que cuando las causas son justas, la verdad siempre se impone por más intentos de acallarla.

Tomado de Granma

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