Foto: Internet
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Por: Oni Acosta

El tema de la “feroz dictadura cubana” sigue siendo suculento y atractivo no solo desde los predios políticos. Desde hace un buen tiempo ha traspasado esos umbrales para atemperarse al universo musical. Es muy común constatar los ataques a instituciones gremiales, conservatorios, orquestas y determinadas personas, al punto de una esquizofrénica cacería de brujas, con tal de dejar plasmada una inconformidad personal con basamentos ideológicos.

Desde experiencias personales y colectivas, creo es insano el hecho del exorcismo musical y la simpleza con que se articulan esos posicionamientos en el espacio virtual y “circense” de las redes sociales, además de otros sitios de miopía evidente que se alimentan de las migajas que pueden encontrar para justificar salarios.

Un claro ejemplo en esa dirección son los adjetivos y titulaciones que suelen acompañar a esos adversarios musicales, obtenidos por su esfuerzo y talento, sin duda alguna, pero en la misma Cuba que hoy despedazan a brazo partido. ¿Cómo arremeter contra un profesor, o insinuar que determinado conservatorio regala notas o carreras como favoritismos políticos? ¿Cómo acusar de racismo a una escuela cubana?

Si todo ello fuera cierto, ¿cómo lograste graduarte tú, joven mestizo de clara oposición política al Gobierno cubano, pobre e hijo, supuestamente, de un preso político?

Obviamente, hay muchas contradicciones en esa falsa ecuación de libertad o de persecuciones, según convenga. En primer lugar debemos identificar el primer eslabón de esta cadena, el cual podemos focalizar en la imagen que se nos vende y proyecta desde los arquetipos tradicionales de opresor-oprimido, y donde la víctima es quien ahora narra su versión desde otros confines, 40 años después de los sucesos. A esta construcción de visible y oportuno matiz manipulador, se le agrega otro afluente bien sensible, como el supuesto acoso racista en la etapa estudiantil, contradictoriamente en la rama de la enseñanza artística donde más mestizaje hay, y no solo de alumnos.

De existir la más mínima coherencia entre esas acusaciones y la realidad, nuestras escuelas de música nunca hubieran graduado a un músico mestizo o negro desde la creación del Sistema de Enseñanza Artística gestado por la Revolución en 1962, para lo cual se crearon la Escuela Nacional de Arte (ENA) y la Escuela Nacional de Instructores de Arte (ENIA). Con el paso de los años y de manera escalonada, fueron inaugurándose conservatorios de nivel elemental donde los estudiantes comienzan desde los 8 años para, si deciden transitar el ciclo completo, culminar en la Universidad de las Artes (ISA). Nuestras orquestas de música popular, conjuntos, formatos sinfónicos, camerales, corales, claustros, centros de investigaciones y directivos, además de músicos emigrados durante más de 50 años, estarían conformados por blancos, si aplicáramos esa lógica desmedida y creída por miopes y aves carroñeras que aseguran la existencia de segregación en nuestras escuelas de música.

“El carisma del artista es asimismo creíble cuando su cara visible está perfectamente alineada con su intimidad, con sus vivencias más recónditas. Asumir narrativas (…) para posar ahora como mártir clamando lisonjas de un mercado excluyente, es de una cobardía infinita”.

A ello puede sumársele el curioso dato de las prebendas de nuestro sistema educativo musical, donde instrumentos y accesorios son garantizados gratuita e íntegramente por el Estado cubano, de lo cual muchos de estos músicos hoy reniegan y obvian con todo propósito. Sobre ese tema, he leído con tristeza cómo han querido deslindarse del hecho de que cada estudiante poseyera un instrumento en calidad de préstamo durante su paso por las escuelas, para, en lugar de visibilizar ese notable empeño, expresar que nunca tuvieron uno o que tenían que hacer magia para adquirirlos. En otras palabras, se nos quiere presentar a un individuo ajeno a las políticas inclusivas del sistema cubano de educación artística, y que no le debe nada a ese cúmulo de esfuerzos que sobre él se vertieron. Es decir, ese marginado artista en ciernes se creció y venció a su entorno hostil a base de tesón y fuerza interior, estilo Cenicienta del siglo XX, sin ser producto de nuestro sistema. Curioso y contradictorio, ¿no les parece?

Con esas características fundamentales, ya se ha edificado un prototipo ideal que sirve, a todas luces, como un falso David para su lucha contra el gigante represor que se quiere demonizar.

En esta lucha de antagonismos e incongruencias forzadas, noto una evidente distopía que surge desde el mismo ego de marras y que embarga y enturbia la militancia disidente que se nos quiere vender desde kilómetros de distancia. Si el músico hastiado y vejado por la dictadura, en realidad reboza de rabia y dolor comprometidos, debiera entonces enrumbar su brújula hacia el camino sutil de no aceptar o permitir que su pasado turbulento le siga acompañando. Es decir, ¿por qué sigue apareciendo en su curriculum su etapa cubana? ¿Cómo se permite citar a las escuelas de arte que tanto dolor le infligieron?

¿Acaso no fue humillado y discriminado hasta límites nunca antes conocidos?

“…se nos quiere presentar a un individuo ajeno a las políticas inclusivas del sistema
cubano de educación artística…”. Foto: La Demajagua

El carisma del artista es asimismo creíble cuando su cara visible está perfectamente alineada con su intimidad, con sus vivencias más recónditas. Asumir narrativas —ahora, en Miami y 40 años después— de ataques racistas, de escuelas y profesores que regalaban notas, para posar ahora como mártir clamando lisonjas de un mercado excluyente, es de una cobardía infinita. Si aplicáramos una simple lógica nada ontológica, podríamos decantar tanta falacia o, en sentido opuesto, preguntarnos si ese mismo músico es fruto del fraude que tanto denuncia, y ha sabido entonces colarse por un conveniente agujero de ocasión.

Pero ya sabemos que el análisis y un rápido repaso por acontecimientos artísticos no suelen ser herramientas usadas por quienes a estos menesteres se dedican. Lo epidérmico de sus criterios, las mismas y desgastadas citas a la UMAP, al quinquenio gris, a la prohibición de los Beatles o la respuesta popular ante lo acontecido en la embajada del Perú en 1980, cansan, y lo peor es que no tienen sustento en el debate ideológico de estos tiempos.

Hace pocos años, tuve la dicha de compartir y disfrutar de la actuación y el periplo en La Habana de la Jazz Band de Harvard, dirigida por un músico cubano de notable carrera musical en ambos países, durante un memorable viaje y hermosos encuentros. Increíblemente, para mi asombro y en aras de lograr entender cómo funciona el sistema de becas e ingreso a esa prestigiosa universidad, pregunté a los profesores que viajaron con ellos el por qué no había integrantes mestizos o negros en dicha orquesta.

Imaginen la respuesta…

Tomado del muro de la Jiribilla

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