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Ustedes no me van a creer, pero escribí esto a las 4:00 de la madrugada. No por insomnio, sino por roña. Tengo la misma sangre de mi abuelo. No por exceso de energía (hasta tenía migraña), sino porque recordé a Agramonte decir que la patria se iba a defender “con la vergüenza de los cubanos”. Por eso no hay tiempo para dormir, o muy poco tiempo, cuando se debe salvar su honor.

Desde que Karima Oliva Bello se pronunciase respecto a la reciente mesa de diálogo (virtual) convocada por la “Articulación Plebeya” ha recibido algunos comentarios respetuosos; pero la mayoría han sido, unos sutilmente ofensivos; otros, insoportablemente falsos (que cada polemista se coloque donde le parezca).

Comencemos por aquí. La Articulación Plebeya está compuesta por un grupo de personas que luego del suceso del 27 de noviembre firmaron una declaración. No está mal que esto haya ocurrido. En su mayoría son personas que desean un diálogo nacional en el que, sin falta, estará también nuestra voz. Lo chocante es que muchas de estas personas, algunas de las cuales se reconocen como revolucionarios (de izquierda) y, prefieren mirar, como dice Ailynn Torres Santana «hacia las posibilidades de democratización necesarias dentro de Cuba» (algo que apoyo y que solo es posible en el socialismo) terminen articulados, asombrosamente, con personas que reciben dinero federal del Departamento de Estado (U.S.A) para forzar un cambio de régimen en Cuba, lo cual es la primera y principal violación a la democracia y soberanía de este país.

¿Qué revolución, qué profundidad, qué cambio, qué diálogo, qué democracia se construye articulados con quienes son pagados públicamente por organizaciones injerencistas? ¿Cómo podemos hablar de democracia si dentro de esa misma Articulación la democracia nacional es impunemente violada por este motivo?

Pero ahí no queda todo. Es aún más escalofriante que una periodista del Estornudo, firmante de la «Articulación Plebeya» y paradójicamente pagada por la NED (National Endowment for Democracy) intente darle en su perfil de Facebook clases de democracia a la Doctora Karima Oliva tildándola, incluso, de irrespetuosa.

Alude Mónica Baró Sánchez en su respuesta a la trilladísima «necesidad» del pluripartidismo, algo que violaría automáticamente la decisión directa del pueblo cubano que en 2019 eligió con 86, 85 % un Partido como la organización rectora de la sociedad. Pero quizás a Mónica violar esa decisión popular no le importe, pues ella viola todos los días, en cada letra de sus escritos, mi soberanía y la de usted y la de sus familiares y la de sus vecinos, al recibir dinero de una organización enlazada directamente al gobierno norteamericano que, a la par que envía ese dinero para sus beneficiados, aumenta las sanciones económicas contra todo el pueblo cubano. Es penoso que así sea, pero así es.

Mónica le llama en su escrito «simulacros de procesos electorales» a las votaciones ejercidas por el pueblo, algo que se parece bastante a la posición que asumió Donald Trump tras perder la elección. Deja en evidencia, al llamarle «simulacro», su no reconocimiento al proceso electoral-popular, su rechazo a los resultados y, por tanto, su tajante negación a la democracia. Entonces ¿cómo puede exigirnos «democracia» si ella misma niega los resultados democráticos?
Continúa Mónica Baró afirmando festinadamente cosas como: «En Cuba la posibilidades de los ciudadanos de participar en la transformación del país se encuentran restringidas». Si bien es cierto que la implicación popular en las decisiones gubernamentales y, recíprocamente, la rendición de cuentas de los funcionarios públicos al pueblo, deben mejorar, porque es esta vinculación una de las bases más importantes del socialismo, es una mentira decir que los ciudadanos cubanos no participan en la transformación de su país; porque para decirlo Mónica Baró tendría que seguir dándole la espalda a la consulta y a la discusión masiva que en cada centro de trabajo, en cada universidad, en cada CDR, en cada organización y hasta en cada núcleo familiar se ejecutaron para elaborar (me atrevo a decirlo) una de las Constituciones más progresistas del mundo. Una consulta minuciosa, donde cada persona tuvo el poder de participar, aunque sea para opinar que se cambiase una palabra que no creía correcta. Eso, creo yo, no se hace en muchos lugares del orbe.

Pero al parecer Mónica Baró también desconoce que ante la preocupación del pueblo se cerraron con prontitud las escuelas y varios centros laborales a inicios de la epidemia en Cuba. Mónica Baró obvia que por la presión del pueblo se deshizo el muro que se estaba haciendo en 1ra y 70 del municipio Playa. Mónica Baró desentiende por completo que gracias al reclamo del pueblo se bajaron los precios de la tarifa eléctrica, de los servicios jurídicos y del Coppelia habanero, por solo citar 3 cambios tras las primeras propuestas de precios de la Tarea Ordenamiento. Mónica Baró olvida que por la solicitud de la sociedad civil en Cuba se está elaborando un Decreto Ley (próximo a concretarse) para proteger a los animales y se hará luego un Código de Familia más inclusivo. Entonces ¿cómo es eso de que el pueblo cubano no transforma su sociedad? ¿Dónde dejamos estos ejemplos que demuestran lo contrario?

Pero si usted ha llegado hasta aquí leyendo y permanece de pie, puede sentarse para conocer que la periodista Mónica Baró declara convencida que «las conquistas alcanzadas en los últimos 62 años le parecen pocas y que son nuestras (del pueblo)», obviando absolutamente la implicación directa del proceso revolucionario en ese empoderamiento popular que generó las conquistas, negando los pasos radicales que se dieron para que ese pueblo fuera defendido ante los mil y un intentos de restauración capitalista, entre los cuales está, vale recordarlo, la financiación del medio para el cual ella escribe.

Pues yo le respondo. Sí, colega. El resultado de estos 62 años de Revolución es del pueblo: sin él la Revolución no hubiese podido cambiar lo que debía ser cambiado. Un pueblo que acompañó a Fidel de la misma forma en que él los acompañó, codo a codo. Un pueblo que llenó las calles, los caminos y las veredas en enero del 59′. Un pueblo que entendió el Socialismo cuando la Revolución puso en sus manos lo que creían imposible. De esos imposibles también se hizo este pueblo. Un pueblo pobre que lloraba tras recibir su primera parcela de tierra, su primera escuela gratis, su primer libro de texto, su primer instituto de arte, su primer consultorio, su primera vacuna, su primera cancha de baloncesto, su primera vivienda. Un pueblo que nunca se acobardó ni en Girón, ni en la Crisis de Octubre, ni ante la Caída del muro de Berlín, ni en el período especial, ni ante ninguna ley de pacotilla firmada por los presidentes de Estados Unidos, un pueblo que aguantó 12 presidentes que quisieron nuevamente arrebatarles sus esencias.

Un pueblo que no echó patrá ni ante la guerra biológica, ni ante la guerra cultural tan viva en este momento, ni ante la guerra de la información de la cual usted es parte, ni ante una pijamada en San Isidro para intentar nuevamente lo que tanto han querido. Un pueblo sacrificado que todos los días se levanta a construir un mejor país, aunque un Bloqueo de mierda lleve casi 60 años sacándonos la sangre. Un pueblo mambí. Ese es mi pueblo. Un pueblo con vergüenza, “con la vergüenza” que nos entregó Agramonte.

No tengo más para decir. Yo sé que usted conoce muy bien a este pueblo, Mónica Baró. Por eso sabe bien lo que tienen delante aquellos que intentan menoscabarlo y arrancarle de las manos su obra más preciada. Mi única articulación es con ellos. Mi único diálogo es con ellos. El mayor orgullo de cualquier cubano es pertenecer a este pueblo crítico y sincero que no ha dejado de hacer porque sabe que la Revolución es un proceso dinámico, y no ha dejado de decir porque conoce de sobra que tiene la última palabra.

(Tomo de la página de Facebook del autor)

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